01 abr 2020

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Institut Guttmann: medio siglo reconstruyendo vidas

El centro cumplirá 50 años el 27 de noviembre convertido en una referencia mundial en neurorrehabilitación y con el orgullo de conseguir cada día que lesionados medulares y afectados de daño cerebral comprueben que pueden recuperar su vida

IMMA MUÑOZ

Antonia Riviere. 84 años.Viuda del fundador, Guillermo González GilbeyMi marido se volcó en este centro

Antonia Riviere. 84 años.Viuda del fundador, Guillermo González GilbeyMi marido se volcó en este centro / ROBERTO RAMOS

El que tenía que ser el acontecimiento más feliz de su vida le trajo a Mercè Tarruella apenas 45 días de dicha. Tras dar a luz a su hija, la infección de uno de los puntos de sutura le afectó las vértebras. Una especie de bolita de pus le tocó la médula entre los omoplatos y Mercè quedó paralizada desde el pecho.Corría 1963 y los médicos que la atendían no eran capaces de frenar la infección, ni otras muchas complicaciones que derivaron de ella. Pasó dos años y medio postrada en varios hospitales, los primeros meses sin tan siquiera recibir medicación, como si la guardaran allí en espera de una muerte que su fortaleza de mujer de campo se negaba a aceptar. Hasta que se cruzó en su camino el doctor Miquel Sarrias, recién llegado de Inglaterra para dirigir un hospital llamado a cambiar la vida de muchas personas como Mercè: el Institut Guttmann.

Para albergarlo se estaba acondicionando el hospital de La Magdalena, un centro en el que se habían tratado enfermedades venéreas y que entonces acogía a familias afectadas por las inundaciones del Vallès de 1962. Los albañiles trabajaban a las órdenes de Guillermo González Gilbey, un empresario medio inglés, medio jerezano, que se había propuesto montar en Barcelona, donde vivía, un hospital como el que a él le había salvado la vida: Stoke Mandeville, en Buckinghamshire (Inglaterra), el centro para lesionados medulares en el que trabajaba el doctor Ludwig Guttmann.

ASÍ EMPEZÓ

En 1958, con solo 33 años y cuatro después de haberse casado con Antonia Riviere, González Gilbey tuvo un accidente de coche que le dejó tetrapléjico. “No conducía él –precisa enseguida su viuda–. Llegó a Inglaterra moribundo. Aquí no sabían cómo tratarle, qué hacer con las infecciones y los otros problemas derivados de la parálisis. El doctor Guttmann le salvó la vida y le pidió que fuera su apóstol en España”. Stoke Mandeville le devolvió la salud y el coraje suficientes como para regresar a su casa, al cabo de un año, y remover cielo y tierra para cumplir la promesa que le había hecho al médico alemán. 

“Tardó cerca de cinco años en atarlo todo. Mi marido no podía mover ni las manos, pero siguió adelante con su negocio [las bodegas González Byass] y fue capaz de poner en pie este centro. Empezamos con un hospital viejito; con un solo médico, el doctor Sarrias, que se formó en Stoke Mandeville con Guttmann, y buscando nosotros a los pacientes, porque entonces nadie se planteaba que se pudiera atender a los lesionados medulares. Le decían a mi marido: ‘Hay un chico en tal pueblo que no sale de su casa’. Y él y su ayudante se iban con una furgoneta a buscarlo. Así empezamos. Y mire cómo estamos hoy”.  

LOS NUEVOS TIEMPOS

Hoy estamos celebrando una andadura de 50 años que ha convertido ese humilde centro de la Meridiana en un hospital de referencia internacional en neurorrehabilitación. Desde que el Institut Guttmann se inauguró, el 27 de noviembre de 1965, con dos pacientes (la primera, Mercè Tarruella), no ha dejado de crecer y adaptarse a los retos que le planteaba la sociedad. Uno de los mayores fue, una vez consolidado como centro puntero en el tratamiento de lesionados medulares, abrir la primera unidad de daño cerebral

“Fue en 1997. Teníamos 96 camas, y me ofrecieron la posibilidad de coger siete y poner en marcha esa unidad, para la que empezaba a haber demanda –explica Montserrat Bernabeu, la responsable del servicio–. Ahora hay 152, 70 para daño cerebral. Fue un cambio adaptativo que nos permitió seguir creciendo: la lesión medular ha ido disminuyendo (gracias a la mejora de los dispositivos de seguridad de los vehículos, a que la atención inicial a los accidentados ha mejorado muchísimo y a la implantación del carnet por puntos, entre otros factores) y, en cambio, el daño cerebral no traumático, resultado de ictus o demencias, va en aumento”.

"O TE ATRAPA O TE SUPERA"

El otro gran salto del Institut Guttmann llegó cinco años más tarde: el cambio del edificio de Meridiana por un nuevo hospital en Badalona, un edificio de más de 20.000 metros cuadrados perfectamente equipado para cumplir su función: con amplios espacios, pistas deportivas, gimnasios, piscinas y hasta un helipuerto. Bañado de luz, amparado por la sierra de Marina, rodeado de verde. Un lugar que ayuda a buscar nuevos horizontes. A saltar el muro de la discapacidad y reunir las herramientas que permitan a quienes han visto truncarse su vida empezar a construir una nueva. 

“Ese es el lema de la casa: 'Ayúdanos a construir nuevas vidas'. Y es un propósito que satisface mis expectativas personales y profesionales”. Lo dice Maria Victòria Amargós, coordinadora asistencial del Institut. De ella depende que la atención a los pacientes funcione lo mejor posible y que, además, entre en el presupuesto. Aunque lleva muchos años dedicada a la gestión hospitalaria, es médica de formación. Y de vocación. “Llegar aquí me reconcilió con la profesión. Encontré a personas que todavía creen que si un médico no puede curar, al menos puede acompañar, y que el trato humano es fundamental. Y eso me atrapó. Porque ya lo dicen: Guttmann o te atrapa o te supera”. 

EL ESPÍRITU DE GUTTMANN

No es la única que hace esta reflexión: la suscriben otros médicos y enfermeros del centro. Normal: no debe de ser fácil asumir que, por muy buen profesional que uno sea, se enfrenta a algo que no tiene cura. Aunque puede hacer mucho, muchísimo, por ese paciente. Enric Portell, médico rehabilitador, lo explica a la perfección. “Yo soy médico porque mi padre lo era. De pequeño, veía que él por teléfono curaba, y me parecía algo misterioso. Pues yo, que me hice médico para curar, me dedico a una especialidad en la que no curo a nadie. Pero, en cambio, escuchando a mis pacientes y hablando con ellos, dándoles consejos, veo que se van más contentos de lo que han llegado a mí. ¿Caminan? No, pero cambian el chip y ven que su vida continúa, y que puede ser muy satisfactoria”.

Ese es el espíritu del Institut Guttmann, que emana directamente del talante de su fundador. “Mi marido era un hombre muy alegre, que nunca se quejó de su desgracia, con un gran sentido del humor. Estaba lleno de vida, a pesar de lo que le había ocurrido, y supo transmitirla. Yo siempre pienso que ese espíritu sigue en el centro. Lo palpas en cuanto llegas allí”, dice, emocionada, Riviere. Esa vitalidad inquebrantable encontró en el doctor Miquel Sarrias el conducto perfecto para llegar a los pacientes. Mercè Tarruella, que compartió con él los primeros tiempos del centro (estuvo ingresada desde el 1 de diciembre de 1965 hasta el 22 de octubre de 1967), puede contar mil anécdotas sobre su humanidad y la familiaridad con que los trataba: desde la primera cena de Navidad, que los trabajadores compartieron con los cinco hospitalizados que había entonces y sus familias, hasta el día en que, tras constatar que el reconstituyente que había recetado a los pacientes tenía un sabor realmente espantoso (la propia Mercè se lo hizo probar), decidió que no lo siguieran tomando. “Era más que un excelente médico: un padre para nosotros”, resume Tarruella. 

EL DEPORTE COMO EJE DE REHABILITACIÓN

Con sus cuidados Mercè pasó de esperar la muerte en un hospital a ganar una vida, con hazañas que jamás habría podido soñar en Guspí, el pequeño pueblo de Lleida en el que nació, como ser de los primeros vecinos de Barcelona en moverse por la ciudad en silla de ruedas (“imagínese la cara de la gente. Se giraban a mirarme, y mi marido les decía: ‘Se le va a caer la nariz”) o la primera española que participó en unos Juegos Paralímpicos. “Competí en tiro con arco. El deporte era fundamental para nuestra recuperación, ya desde el inicio. Y yo tenía que fortalecer mis brazos, así que esa fue la manera de hacerlo”.

Como en Stoke Mandeville, el centro donde nacieron los Juegos Paralímpicos, el deporte ha sido uno de los ejes de la rehabilitación en Guttmann. A los evidentes beneficios físicos que conlleva para los pacientes hay que sumar los anímicos: favorece la relación entre ellos y es una fuente de motivación. La popularización en España del deporte adaptado a raíz de Barcelona’92, además, contribuyó a un cambio de percepción del colectivo, a darle visibilidad y concienciar a la sociedad de que esas personas a las que durante tanto tiempo se había dado por amortizadas tenían mucho que ofrecer. Y, desde hace ya más de una década, el centro ha dado un paso más en su visión integradora del deporte, al haber logrado que en muchas escuelas del deporte adaptado se haya pasado al deporte inclusivo

COMPROMISO SOCIAL

Carles Yepes y sus compañeros son pieza fundamental en ese cambio. Maestro de educación física, asesora, a petición de los colegios que escolarizan a niños con alguna discapacidad, a otros profesores de la materia, al tiempo que forma a estudiantes de Magisterio (30 al año), para que conciban sus clases como un lugar en el que todos los alumnos tengan cabida. “Se trata de que el que sufre una discapacidad no se deba separar del resto del grupo cuando llegue la hora de gimnasia. Eso se logra diseñando ejercicios, basados en el aprendizaje cooperativo, que puedan hacer todos, sin excepción”, explica. El objetivo: “Educar a la sociedad para que nuestros pacientes lo tengan más fácil cuando salgan de aquí”. 

La frase resume a la perfección el otro gran eje de acción de Guttmann, junto con la asistencia clínica y la apuesta por la innovación y la docencia: el compromiso social. “Lo recoge el punto 7 de nuestros estatutos: tenemos que luchar por el reconocimiento de sus derechos y por que gocen de una verdadera igualdad de oportunidades”, asiente Josep Maria Ramírez, el director gerente. El hospital ha sido el primero en darles esas oportunidades que pide para ellos: muchos de sus profesionales son antiguos pacientes. “Intentamos incluir en nuestro equipo al máximo de personas con discapacidad que puedan hacer bien su trabajo. Nadie mejor que ellos conoce las necesidades de nuestros pacientes, y además son un fantástico espejo para ellos. Yo puedo decirles: ‘Tranquilo, recuperarás tu vida’, pero si en lugar de decírselo yo se lo dice alguien que también va en silla de ruedas o se ha recuperado de un ictus, le ayudará mucho más”.

NUEVOS RETOS

Y echando la vista atrás, ¿cuál es el secreto del éxito de Guttmann? “La forma interdisciplinar de trabajar es uno de ellos”, coinciden los doctores Portell y Bernabeu. “El ser capaces de anteponer el 'nosotros' al 'yo”, añade Amargós. ¿Y el reto de futuro? “Cambiar nuestro lema –explica Ramírez–: hemos de empezar a plantearnos ya no adaptar a las personas a la nueva situación, sino lograr que vuelvan a ser las de antes. Hoy por hoy es ciencia-ficción, pero el gran reto de toda la neurología es la restauración”. ¿Y a corto plazo? “El nuevo proyecto Meridiana, que prevé construir 50 apartamentos de vida independiente en los terrenos de la antigua Guttmann. Y, en los bajos, una neuroclínica para extender la neurorrehabilitación a otros ámbitos en los que nunca hemos entrado: demencias, salud mental... Seguir adaptándonos a lo que necesita la sociedad, como hemos hecho hasta ahora”, concluye el director gerente. Maria Victòria Amargós añade otro: “Hacer un relevo generacional. Encontrar profesionales a los que se les pueda legar lo que hemos construido y que lo sigan cuidando, manteniendo el espíritu que ha hecho diferente al Institut Guttmann”.