Christina Scheppelmann: la Messi del Liceu

Una jornada de trabajo con la nueva directora artística del Gran Teatre

'Nabucco' es el primer gran título de la temporada de ópera

Christina Scheppelmann, en la platea del Liceu. Foto: Ferran Sendra

Christina Scheppelmann, en la platea del Liceu. Foto: Ferran Sendra

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CÉSAR LÓPEZ ROSELL

Abierta, inquieta, exigente, comunicativa, deportista, hiperactiva. Todos estos calificativos encajan para definir la personalidad de Christina Scheppelmann (Hamburgo, 1965), directora artística del Liceu. Su experiencia en teatros como la Ópera de San Francisco, la Washington National Opera o la Royal Opera House de Muscat (Omán) fue determinante para elegirla como sucesora de Joan Matabosch. Nueve meses después de su incorporación real al cargo que ocupa, esta ejecutiva a la que le cabe un teatro entero en la cabeza está plenamente adaptada a una gestión que ejecuta con mano firme y guante de terciopelo. 'Nabucco', de Verdi, es la gran puesta de largo para su primera temporada íntegra en el Gran Teatre.

Durante un día hemos seguido sus pasos para mostrar la intensidad de su tarea, en jornadas que a veces se inician a las nueve de la mañana y se pueden prolongar hasta las once de la noche. “Los primeros seis meses solo libré tres días”, dice para explicar la dinámica en la que ha estado metida para ponerse al día en las obligaciones de su cometido. La primera mujer que en la historia del Liceu ha asumido la responsabilidad artística y de producción del coliseo está demostrando con creces sus cualidades de gestora de equipos de trabajo.

Cuando, a las nueve de la mañana, después de un frugal desayuno en su piso de la parte alta de Balmes, sube a su moto para desplazarse al Liceu, ya ha interiorizado el 'planning' del día. Al llegar a su despacho deberá enfrentarse a la primera reunión con su equipo de trabajo, integrado por sus colaboradores en las áreas artística, musical y técnica. Hay mucho que hacer y, además de despachar con agentes y artistas, debe echar un ojo a los ensayos de 'Don Pasquale', que, en junio, regresó al teatro tras 30 años de ausencia.

Una mujer cosmopolita

Esta dinámica del día del reportaje se ha repetido ahora con la obra de Verdi. Pero la directora tiene también que viajar para ver montajes, asistir a audiciones, negociar coproducciones y formar parte del jurado de concursos de canto o de regidores de escena, como el último celebrado en Moscú. Ni siquiera en sus vacaciones abandona del todo este tipo de actividades, como le ha sucedido este verano en Santa Fe, San Francisco y Washington, en EEUU, y en Peralada, donde ha participado como mentora/lectora en unas jornadas organizadas por Opera Europa. Su facilidad para los idiomas –habla cinco a la perfección, entre ellos, el castellano, además de entender el catalán, el portugués y el ruso– le ayuda a adaptarse rápido a cualquier situación nueva, pero su integración aquí ha sido fácil porque ya conocía la capital catalana y el Liceu.

“A Barcelona vine de niña. Mi padre creció en la ciudad y tengo primos que viven aquí. También conocía el teatro y a Josep Pons, director musical de la casa. El Liceu forma parte de mi vida. A los 18 años ya había visto una función de 'Simon Boccanegra' en él, y durante dos años, a partir de 1992, fui adjunta de Albin Hanseroth”, rememora. Es como si hubiera estado predestinada a ocupar su actual cargo, al que ha llegado también por su reconocida experiencia en la gestión económica.

Junto al desaparecido director alemán, Scheppelmann aprendió muchas cosas del oficio. “Trabajamos intensamente, pero nos divertimos mucho. Albin era culto, directo y sincero, cualidades que intento aplicar profesionalmente”, dice tras resaltar que la disciplina es fundamental en un teatro: “Es un trabajo en equipo en el que la gente tiene que hacer lo justo, en el momento justo y todo al mismo tiempo”. Para conseguir resultados considera imprescindible actuar con una política “de buena comunicación y diálogo”. También valora mucho “el sentido de la anticipación a los problemas” para evitar que una situación conflictiva le coja “desprevenida”, como sucede con los cambios de cantantes.

La gestión económica

Tras 23 años ausente de Barcelona, tiempo en el que viajó con frecuencia a la ciudad como jurado del Viñas y durante la reconstrucción del coliseo después del incendio, considera que el Liceu ha experimentado un gran cambio: “Es un teatro diferente, mucho más grande y que necesita una estructura más ambiciosa”. Comparándolo con otros espacios, el Gran Teatre está en medio de modelos antagónicos: “Los alemanes tienen un 80% de subvención, mientras que en Estados Unidos hay una gran tradición de mecenazgo y no entra dinero del Gobierno. Cada sistema tiene sus ventajas, pero yo defiendo el respaldo oficial a la cultura. El arte necesita apoyo para desarrollarse y dar respuesta a las demandas de la sociedad. Un teatro de repertorio que programa 230 funciones al año necesita muchos empleados fijos. La Scala, por ejemplo, tiene 1.200 trabajadores, y la Ópera de Viena cuenta con 100 millones de presupuesto. Sin ayudas, sería imposible mantener estos proyectos”.

Con su experiencia en tres continentes, Scheppelmann estima que el Liceu es sostenible con el actual presupuesto de 41,5 millones de euros. “Es una cifra asumible. La clave es programar en función de donde estás. Hay que saber cuál es el contexto cultural musical en el que te mueves y qué tipo de público tienes. Barcelona recibe ocho millones de turistas al año y hay que tener en cuenta este factor. Algo parecido sucede en Washington, y en Omán tuve que adaptarme a la realidad de un proyecto multicultural y a las características del país”.

Variedad artística

Variedad artísticaReconocida amante de los autores del siglo XX, cree que tiene que dejar a un lado sus gustos personales a la hora de planificar las temporadas. “Ni yo ni ningún director artístico tiene que demostrar cuáles son sus preferencias, sino aplicar criterios profesionales. Hay que mirar qué es lo que se ha programado en los últimos años y no repetir. Si, por ejemplo, se han hecho ocho Strauss, es conveniente cambiar. Se trata de buscar un equilibrio entre clásicos y nuevas apuestas: “Esta temporada responde bastante a esta idea. Además de obras de repertorio, veremos 'Benvenutto Cellini', que solo se ha hecho una vez en el Liceu; 'Written on skin', de George Benjamin, dirigida por él mismo, y ofreceremos barroco con 'Serse', de Händel.

No le arredra haber llegado al teatro en una época de ajustes. “No me importa asumir esta realidad. He vivido 21 años en Estados Unidos, un país donde los centros operísticos no están subvencionados y no tienes garantías de una cantidad estable, lo que te obliga a adaptarte a esa inseguridad. Recortes hay en todo el mundo. En Washington tuve que enfrentarme a una reducción de 30 efectivos de la orquesta, y con mucho trabajo logramos superar el problema”. Insiste Scheppelmann en el valor de la cultura como nutriente del espíritu y las emociones, pero también como retorno económico. “Hay un círculo de influencia alrededor de cada institución cultural que devuelve parte de lo invertido generando negocio y puestos de trabajo”.

Con dos temporadas programadas, su criterio de la gestión se notará “gradualmente”. “Mi apuesta pasa por mantener la calidad de las producciones y de las voces”. Tiene un enorme respeto por los cantantes, “unos profesionales que desnudan sus emociones y su arte ante 2.000 personas asumiendo riesgos incomparables”. No tiene un modelo de divo. “Cada uno tiene una particularidad que lo hace diferente. Un artista lo es porque tiene personalidad, expresividad y sensibilidad emocional propias. Solo así se puede conmover”. Entre sus tareas está la de gestionar los cachés. “Normalmente, se ajustan a las leyes del mercado, aunque en algún caso, y con mi experiencia de 25 años negociando contratos, regateo un poco si la situación lo exige”.

En la intimidad 

Cómplice de la dirección musical de Josep Pons, defiende su línea de trabajo de mejora de la orquesta y juzga como “normal” que, además de los conciertos sinfónicos, asuma la dirección de dos o tres títulos por temporada. Habla también de su “estimulante” experiencia en Omán, donde gobernó un centro de artes que ofrecía tanto ópera como música de los países árabes, jazz, world music y danza. Una mujer con mando en un país árabe. “Yo no tuve ningún problema, ni es tan raro. Hay muchas mujeres en cargos importantes en aquel mundo. Mi jefa era la ministra de Cultura. Así que me sentí cómoda. Hay diferencias, pero no nos equivoquemos: en nuestra cultura, la mujer no ha alcanzado la igualdad. En cargos ejecutivos aún cobramos menos que los hombres. Ahora tenemos alcaldesas en Madrid y Barcelona y en otras ciudades, pero en proporción todavía son una minoría”, resalta.

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En casa escucha muy poca ópera. La música sinfónica, el jazz y cantantes que van desde Sinatra hasta Sting o Adele le sirven para desconectar. “La calidad está en todos los géneros”, destaca, aunque de vez en cuando se da un festín con las partitas y sonatas de Bach. “Su perfección musical y matemática ayuda a limpiar el cerebro”. Su obsesión está ahora en encontrar tiempo para poder jugar al golf, práctica que considera su “Bach deportivo”.

Muy aficionada al deporte, en Barcelona solo ha tenido la opción de ir al gimnasio. Entre sus pasiones está el fútbol. Durante su estancia en Washington, de hecho, jugó en una liga 'amateur' de mujeres. “No tengo el dríbling de Messi, así que a mí me tocaba correr y tirar los córners”, dice bromeando. Admira al jugador del Barça. “Lo que hace es arte y consigue que lo difícil parezca fácil. Detrás de tanta calidad hay mucho trabajo, como ocurre con artistas como Juan Diego Flórez, quien, por cierto, debutará aquí en diciembre como Edgardo en 'Lucia de Lammermoor”. La directora, que no solo le ha dado al balompié, sino que también ha jugado varios años a balonmano y ha practicado el baloncesto, la equitación y el squash, se muestra en plena forma y le sobra energía para pilotar una nave artística tan compleja como la del Liceu.

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