UN LUGAR EN LA MEMORIA

Studio 54, ritos de iniciación

La icónica discoteca del Paral·lel cerró en 1994, pero sigue abierta en el recuerdo de quienes disfrutaron de ella en una época en la que Barcelona jugó a ser Nueva York

Studio 54, cuando era un referente de la noche barcelonesa. Al lado, el Café Español y el Hotel Auto Hogar. Los dueños del club Riviera compraron en el 2002 la sala y el hotel para hacer un macroprostíbulo.

Studio 54, cuando era un referente de la noche barcelonesa. Al lado, el Café Español y el Hotel Auto Hogar. Los dueños del club Riviera compraron en el 2002 la sala y el hotel para hacer un macroprostíbulo.

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IMMA MUÑOZ

Cruzar esa puerta era un rito iniciático. Casi 15 años, la melena hasta la cintura recogida en una coleta alta, la goma abrazada por un pañuelo negro enrollado, la cascada del pelo desbordando el hombro izquierdo. Un pantalón excesivamente alto de cintura, excesivamente corto de tobillo, con unas hebillas en los costados tan aparatosas como las hombreras y los zapatos de Frankenstein que horrorizaban a su madre. La camiseta, cuatro dedos sobre el ombligo, revelación inconsciente de la vergüenza que le daba querer gustar: si se quedaba quieta, el color del sujetador seguía siendo un misterio; si se dejaba llevar por la voz de Dave Gahan y hacía más sinuoso el serpenteo de las caderas levantando el brazo, asomaba la parte baja de la prenda. Negra, en un alarde de atrevimiento, pero aún de algodón.

1987. Fiesta del instituto. Primera vez en Studio 54. Sesión de tarde, por supuesto. El alcohol, en el interior de la sala, ni olerlo. Pero el puntillo se podía traer puesto del bar del Arnau. Un puntillo controlado y tempranero, como mucho de Malibú con piña, que papá no pudiera detectar cuando, a las nueve, se plantara a esperarla con el coche en la puerta de la sala. "Hasta las nueve. Ni un minuto más". "A mis amigas las dejan hasta y media, que es cuando cierran". "Pues a ti te dejamos hasta las nueve. En punto". "Jo, papá, que es una cosa del insti, para recaudar dinero para el viaje de los de tercero". "Y por eso te dejamos ir, pero a las nueve en la puerta. Y que no tenga que entrar a buscarte". Y no, mejor que no entrara a buscarla, no la fuera a sorprender con un cigarrillo en los dedos, que nunca llegaba a la boca, mientras aquel repetidor de tercero que ni la miraba en el patio –y que le había sido presentado con la socorrida fórmula "mi amigo quiere conocerte"– la cogía por la cintura y se acercaba un poco más de la cuenta para decirle algo al oído que le erizaba la piel y el ego: "Qué pena que en Studio no pongan lentas. Si estuviéramos en Apoca, te sacaba en cuanto empezaran".

Una iniciación colectiva

La apertura de Studio 54, el 10 de octubre de 1980, fue una iniciación colectiva, el momento en el que una ciudad manifestó su deseo de mirar hacia otra parte a la hora de divertirse, de apartarse de la presunta transgresión del "¿dónde estará la pulguita?" para sentirse un poquito neoyorquina. Porque, en aquel local del número 64 de la avenida del Paral.lel, Barcelona jugaba a ser Nueva York.

Esa era, al menos, la intención que tenía el estadounidense Mike Hewitt cuando se plantó ante el empresario del 'music hall' Matías Colsada con la propuesta de convertir el Teatro Español en una macrodiscoteca que, ya desde el nombre, importara el espíritu de un local de Manhattan que llevaba tres años haciendo realidad las peores pesadillas de lo más pacato de la sociedad norteamericana: el primer Studio 54, un islote de libertad donde una música del diablo invitaba a entregarse al sexo, las drogas y el alcohol como si no hubiera un mañana.

Por nuestro Studio 54, el barcelonés, no se paseó una Lady Godiva a caballo (y a pelo, claro) como si estuviera en el salón de su casa ni se podía ver a famosos fornicando en las escaleras, nublado el pudor por euforizantes varios, dos escenas habituales en el neoyorquino. Al fin y al cabo, el famoseo patrio estaba a años luz de los Warhol, Capote, Jagger (Mick y Bianca), Fawcett o Minelli que hacían de las suyas en el local de la calle 54. Pero, aun así, lo que ocurrió bajo la imponente lámpara de araña que coronaba la discoteca del Paral.lel transformó la noche barcelonesa (y la tarde: arrasaban las sesiones 'light') para siempre, sobre todo cuando Raúl Orellana cogió los mandos de la cabina del 'dj' y la solvencia de sus sesiones logró el milagro: que el guaperío de la ciudad bajara de la Diagonal y se mezclara con el petardeo (de plataformas, de lentejuelas, de crestas con estilismos imposibles, de marilyns con voz de camionero) que daba color a la sala y que no tenía que hacer cola en la entrada. "Oye, que llevamos media hora aquí esperando para que ahora lleguen estos y pasen por delante de todos como si nada", seguro que llegó a protestar alguna vez un tipo con traje y corbata. Seguro, también, que el pataleo fue inútil, y que no volvió a repetirse: enseguida aprendimos que los armarios roperos que controlaban la apertura y el cierre de la cuerda dorada no tenían los mismos criterios que nuestra abuela.

Una disco fuera de lo común

En Studio 54 aprendimos a aceptar ese nuevo orden social, y también que una pista de baile puede ser el mejor lugar para acoger una piscina o un toro mecánico. Cincuenta millones de pesetas de las de hace 35 años, según publicó la prensa del momento, se invirtieron en dotar a la sala de los equipos de luz y sonido que garantizaran el éxtasis a las más de 2.000 personas que se juntaban allí cuando el aforo estaba completo (que fue casi siempre hasta 1992, cuando empezó la decadencia). También en instalar cañones que lanzaban humo y confeti sobre la pista central, cuyo ecosistema uno podía estudiar, con lupa de entomólogo, desde la balconada del segundo piso, desde la del tercero (aquel del que las niñas buenas bajaban con carreras en las medias y con el relato escandalizado de que, pese a la oscuridad –o gracias a ella–, habían visto a gente vistiéndose. "Te lo juro: se estaba poniendo los pantalones") e incluso desde los urinarios masculinos. Privilegios de aligerarse de pie: ellos podían hacerlo mirando a la pista.

Studio 54 nos trajo por primera vez a Depeche Mode, y también a Ultravox, Duran Duran, Simple Minds, New Order, Soft Cell, Pixies, Tina Turner o Texas, en conciertos que el marco contribuía a mitificar. También a los bailarines del 'Vogue' de Madonna, que estuvieron contratados en la sala todo el mes de octubre de 1990. En cuanto esas estrellas desaparecían del escenario, emergían otras, también deslumbrantes: los gogós del local que calentaban el ambiente desde sus jaulas y los asiduos con suficiente morro y estilo como para subirse a la barra o al altavoz a sudar el 'Ride on time' de Black Box o el 'Work it to the bone' sin acabar con la huella de un zapato de segurata marcada en el culo.

Intentos por remontar el mito

Veinticinco años después, vuelve a haber cola frente al número 64 del Paral.lel. Es domingo, falta un cuarto de hora para las doce del mediodía y no hay cuerdecita dorada ni machaca que la controle. Lo que sí sigue habiendo son looks sorprendentes: princesas con corona y todo, superhéroes, una caperucita.

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Studio 54 cerró las puertas en 1994. El grupo Chic la reabrió ese mismo año, primero como Chic Studio, después, dejando claro que había llegado la hora de enterrar los 80 y a sus mitos, como Chic Gallery. El negocio jamás remontó. La ruina, literal, llegó en 1997: buena parte de la discoteca fue derruida, y en su lugar se levantó un local nuevo, Scenic Barcelona, que, con oferta de cena y espectáculo, pretendía recuperar el espíritu de otro añorado nombre del ocio barcelonés: la sala de fiestas Scala. Sonaba bien, pero la dificultad de cuadrar los números hizo que los promotores cambiaran de referente y acabaran montando un negocio que amenazaba con dejar pequeño al polémico Bailèn 22. Ahí finalizó su trayecto como local de ocio: entre las protestas de los vecinos y el endurecimiento de la ordenanza municipal, el local del Paral.lel acabó sin licencia y bajando la persiana de nuevo en el 2004.

Las princesas y los superhéroes que hacen cola hoy deben de tener entre 4 y 8 años. Caperucita no llega a 3. Sus padres los contienen con una mano, mientras en la otra sujetan las entradas para la versión operística de un cuento de los hermanos Grimm. Ya no llevan hombreras, ni el pelo cardado, ni los zapatos que odiaba mamá. Tampoco tienen la adrenalina disparada ante el riesgo de que un portero poco empático les deje fuera de Studio 54: saben que son bienvenidos a las matinales infantiles de la sala Barts. Pero en su cara se adivina una inquietud parecida a la que experimentaron al cruzar esa puerta por primera vez. Están a punto de vivir otro rito iniciático.

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