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ESCRITORES EN RUTA

Sobrevivir al Nilo

En esta entrega de la serie 'Escritor en ruta' el autor Gabi Martinez viaja a Uganda, a las fuentes del mítico rio, entre mosquitos letales y una salvaje inmensidad

GABI MARTÍNEZ

Las cataratas de Murchison, el paso más estrecho del río Nilo, en Uganda.

Las cataratas de Murchison, el paso más estrecho del río Nilo, en Uganda. / XAVIER JUBIERRE

A principios del 2002, recorrer el Nilo partiendo de las fuentes en el lago Victoria sonaba entre absurdo y kamikaze. La paranoia colectiva tras el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York había incluido dentro del Eje del Mal a la parte sudanesa del río, pero yo tenía 30 años, confiaba en las personas, y decidí seguir adelante con la idea de conocer los 6.638 kilómetros de uno de los cuatro mitos geográficos de la humanidad. Para salir de viaje tampoco se necesitan tantas razones. A menudo, basta con una: el deseo de partir.

Desde que en 1950 John Goddard terminó su descenso en kayak, existía muy poca literatura referente al cauce nilótico que fluye desde el lago Victoria. Sin embargo, en el último medio siglo, a la zona habían llegado las armas automáticas, la televisión por cable, las barcazas que por fin atraviesan el gran pantano del Sudd, las independencias nacionales y la gran presa de Asuán. Y en Sudán se libraba la guerra moderna más larga, que sumaba dos millones de muertos y prometía complicar el acceso al sur del país. Había, pues, un enorme tramo de Nilo por actualizar. Ante las presumibles dificultades, y aunque acostumbraba a viajar solo, esa vez busqué compañía.

"¿Quieres venir?", pregunté a mi amigo Agustí Villaronga, que es director de cine. Agustí acababa de presentar su última película y, como le cuadraron los ánimos y el calendario, volamos a Uganda.

Intuiciones del río Nilo

Nilo significa nada en latín, y lo primero que recibí de él fue una intuición: sobrevolando Kampala al alba, el río se proyectó perfecto en el cielo formando un reguero de nubes fruto de la evaporación provocada por el primer sol.

Ya en tierra, cientos de personas andaban por los márgenes de la carretera junto a bicis de inmensos radios entre plataneros que invadían la calzada. El aire olía dulce. En el backpackers, el recepcionista intentó pronunciar varias veces el apellido de Agustí hasta que le devolvió el pasaporte diciendo:

–Welcome, míster Vil.

Era un mediodía húmedo en Nakasero Road. Las chicharras cantaban emboscadas mezclando su cricrí con los aleluyas expelidos desde las iglesias en las colinas cuando nos dirigimos al local regentado por oficiales de una facción cristiana que combatía en el norte de Uganda y el sur de Sudán. Pedimos ayuda para movernos por la región donde se enfrentaban los cristianos del SPLA y el Gobierno musulmán de Jartum. Un hombre dijo:

–El viaje que quieren hacer no lo ha hecho nunca nadie. Pediré los permisos al alto mando. Pero si no consiguen permisos de Jartum, no tendrán los nuestros. Si matan a alguno de ustedes, no queremos que nadie nos venga a culpar.

No iba a ser fácil

Estaba claro que Jartum no nos concedería permisos para entrar en Sudán por el sur, pero aun así aguardamos unos días en Kampala con los bolsillos abultados de malolientes 'shillings' –la inflacionada moneda local–, mientras los marabús planeaban sobre nubarrones de hicrocarburo expelidos por un caos de vehículos de tercera mano. La letrina del 'backpackers' estaba infestada de minimoscas, y la combinación de insectos y reptiles por las paredes recordaba que en la zona criaban algunos de los mosquitos más letales del mundo.

Finalmente, emprendimos el viaje en matatu, la furgoneta que servía de autocar local. Entre chumberas, plátanos y termiteros gigantes pasó un camión de Fanta poco antes de atisbar el cartelón anunciando las fuentes del Nilo. Desde allí, el agua tardaba tres meses en alcanzar el Mediterráneo. "Yo solo quiero entrar en Sudán –dijo míster Vil–. Para eso he venido". Luego, practicó una especie de taichí rotando el cuello, estirando los brazos. Acampamos junto al río. Míster Vil encendió una vela que colocó junto a un pequeño retrato de Buda y meditó.

El fragor del agua fue una constante en la noche, como los gritos de las aves y alimañas entregadas a una orgía de fraseos y volúmenes. Al despertar, nuevos pájaros cantaban. En el exterior, incontables telarañas espesaban la jungla al amanecer. Los rápidos incrementaban la espumada a su paso entre rocas y farallones. En aquel recodo fangoso y exuberante, rodeado por la niebla, por las ramas invasivas y los bichos o las gotas que sacudíamos todo el tiempo de los hombros y el cabello; sospechando movimientos en el boscaje y largas sombras subacuáticas, creí pertenecer a un decorado. Era una realidad demasiado extraña a mi mundo. La vida en la salvaje inmensidad me inspiró alegría y nostalgia.

Primeros kilómetros

Al inicio del crepúsculo, viajé en moto por la tierra roja mientras desde las chozas los niños gritaban "mzungo" (hombre blanco) y me perseguían desnudos. Cenamos pescado frito localizando en un mapa poblados donde recalar en el futuro. Kamuli. Bukongo. ¿Dónde tomaríamos nuestro primer barco? ¿Hasta dónde llegaríamos? Las dudas y un miedo vago alimentaban nuestra curiosidad, confiando en que sabríamos dominarla, aún más cuando el periódico informó de que Kony, el carnicero líder de una guerrilla en horas bajas, vagabundeaba con sus jóvenes hordas por las sabanas del norte entregado al saqueo y las refriegas asesinas.

El día siguiente, la viajera más anciana del matatu me cogió varios pelos del brazo estirándolos con delicadeza. Todo el mundo empezó a reír. La atracción por lo latino era grande en una región donde hasta hacía pocos años lo más raro era un chino o un británico. Al cabo de unas horas, apareció el lago Kyoga.

Muchas cosas valen la pena por conocer el azul del Kyoga en la estribación sudeste de Nkondo. Por ver cómo se funden las líneas de cielo y mar en un solo punto blanco; o los centenas de mocosos tocados por coronas de moscas que exclaman "mzungo" riendo mientras te acarician la ropa; por navegar sobre aquel estático manto de agua plana.

Navegamos en una chalana a motor con un timonel acomodado sobre sacas de harina. El sol caía duro y los pasajeros se tocaban con pañuelos, sombreritos o paraguas multicolores mientras dos achicadores vaciaban palanganas por la borda porque el casco perdía agua.

Tribus pescadoras

Entre los juncos asomó la cabeza de un hombre. Muchas tribus pescadoras esquilmaban las orillas del Kyoga. Los Bakenyi. Los Jaluo.

Los Baruli. En el barco silencioso, alguien conectó un transistor para escuchar la telenovela mientras una señora se peinaba y dos jóvenes fumadores pedían la palangana para beber agua del lago. La experiencia del Kyoga fue una de las más oníricas y hermosas.

Cuando pienso en paraísos, aún rescato la impresión de aquel espacio.

Tras desembarcar, nos dirigimos al Parque Nacional de Budongo. Como íbamos con presupuesto ajustado, la solución más barata para seguir fue contratar a un chófer, Kisembo, y un matatu privado, todo un exotismo entre los 4x4 de última generación con los que solíamos cruzarnos. Rodamos por inmensas llanuras que certificaron la idea de África que había cultivado en Europa y donde nos defendimos de las moscas tse-tse rodeados de monos, elefantes y leones.

–Tengo 36 años –dijo Kisembo–. Y es la primera vez que veo un león.

En las cataratas Murchison, el paso más angosto del Nilo, un vigilante del parque se zampó una termita cruda mientras explicaba que el hipopótamo es el animal que más mata en Uganda, poco antes de que apareciera una tanqueta. Los soldados patrullaban para evitar que Kony cruzara el río. Preguntaron dónde íbamos. Dudaron de que alcanzáramos Sudán.

A las puertas de las bestias y la guerra

Ya estábamos ahí, a las puertas de las bestias y la guerra. Los sentimientos eran contradictorios, aunque en la ciudad de Pakwach, donde se halla uno de los tres puentes ugandeses del Nilo, la multiplicación de militares comenzó a asentar el miedo. Habíamos avanzado durante cinco horas por una carretera llena de socavones y barracas del Ejército, con camiones abrasados en los márgenes.

Después de cenar, mi desazón por las múltiples picaduras de los mosquitos se sumó a un malestar general que me desplomó sobre un camastro con mosquitera. Empecé a sudar. Me dolía la cabeza. Pedí algún remedio a una empleada del hotel, que dijo:

–Puede que tengas malaria. Deberías ir a Arua. Allí hay médicos.

Arua estaba a 147 kilómetros. La esperanza de vida en Uganda era de 39,6 años. Había 0,04 doctores por cada mil habitantes. Tumbado con un paño húmedo en la frente, seguí insomne mientras mi estómago se revolvía. Los otros huéspedes se encerraron en sus cuartos, llegó el silencio. En algún momento comenzaron a sonar tamtans y cantos primitivos. Me pregunté si sería una alucinación mientras comprendía que aquello aún era posible en Uganda. Temblaba sin saber bien por qué. Al rato, necesité correr hasta el baño.

Soporté tres horas y media de carretera bacheada en un memorable ejercicio de contención de esfínter, y en Arua, un otorrinolaringólogo, el único doctor a mano, me diagnosticó disentería recetando un cóctel de 16 enigmáticas pastillas que me sanaron lo bastante para embarcar en una achacosa nave de 12 metros de eslora cuyo motor se paró tres veces mientras cruzábamos el lago

Alberto, manteniéndonos a la deriva en medio de un agresivo oleaje hasta que los dos capitanes resucitaron la máquina. Para disimular el terror al naufragio, pregunté a un pasajero sobre el picozapato, un pájaro mítico en la zona.

–No lo he visto nunca –respondió el hombre–. Pero existe. Por aquí lo ha visto mucha gente. Lo que pasa es que es un pájaro solitario.
–Pero usted no lo ha visto.
–Eso no importa. El picozapato existe.

Una aventura inolvidable 

Conseguir visados para entrar por el sur de Sudán parecía tan factible como ver un picozapato, así que intentamos volar a Jartum como turistas, pero el Gobierno nos rechazó alegando lógicamente que había algo extraño en nuestro itinerario. Insistimos en el ruego mientras desgranábamos jornadas sin agobios. Oyendo a los monos desde la ducha. Leyendo bajo mangos. Jugamos mucho al billar.

Aplastamos con naturalidad moscas de la fruta criadas a los vahos del orín. Visitamos el Museo de Uganda y hojeamos gastados ejemplares de 'Too late for Gordon and Khartoum'. De 'A través del oscuro continente'.

Luego, volamos a El Cairo con un tesoro de recuerdos y la tristeza de lo inconseguido. El segundo día en Egipto recibimos una llamada de Kampala: nos habían concedido el visado. Poco después, partimos hacia Jartum. Jartum. Esa ciudad desprende aún el perfume de los regalos. En la memoria emerge como el colofón ideal al primer tramo de una aventura inolvidable, cuando la atracción por la vida venció a muchas posibilidades de muerte enganchándome para siempre a la causa del viaje.

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