Daniel Radcliffe: "Puedo ver el abismo en mi interior"

El actor británico, protagonista de la saga Harry Potter, estrena la película 'Horns'

Radcliffe y Juno Temple, en un fotograma de ’Horns’.

Radcliffe y Juno Temple, en un fotograma de ’Horns’.

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NANDO SALVÁ

Puede que en todas las entrevistas Daniel Radcliffe tenga que pasar por el momento Harry Potter. El actor británico, de 25 años, está hablando con entusiasmo sobre su nuevo proyecto y, de repente, sin previo aviso, se le arroja la pregunta sobre Harry Potter. Pero él no trata de evitarlo, no se tensa. "Todo el mundo piensa que voy a reaccionar de ese modo, pero de verdad que nunca lo hago", asegura él, estrella de ocho películas sobre un niño mago que componen la saga cinematográfica de mayor éxito de todos los tiempos. "¿Por qué iba a hacerlo? Me encantan esos años y esas películas. Rodarlas me hizo averiguar qué quería hacer con mi vida. Y, además, muchos chavales empiezan ahora a descubrirlas. Sería terrible para ellos ver que quienes las hicieron reniegan de ellas".

Radcliffe –enormes ojos azules que le dan un aire de franca inocencia, piel tan fina y pálida que casi trasluce y cabeza de un tamaño ligeramente desproporcionado– permanece de pie junto a la ventana abierta de su suite, apurando un pitillo, expulsando el humo al exterior. Es un fumador entusiasta, y consciente de que fumar en la habitación es un privilegio reservado a las estrellas de cine. "Me dejan hacerlo aquí, así no tengo que salir a la calle –se disculpa–. Allí habrá fotógrafos. Es lo único para lo que exploto mi posición: para fumar dentro". Vale, pero habrá quien piense que normalmente es su gente la que presiona para que tenga, por jemplo, la mejor mesa en un restaurante. "Sí, puede que eso suceda sin que yo lo sepa, pero le prometo que me da mucha vergüenza ir por la vida diciendo: 'Hola, soy Daniel Radcliffe, ¿verdad que te vas a portar bien conmigo?".

Las ocho entregas de la saga Harry Potter han recaudado unos 10.000 millones de dólares hasta la fecha, y desde que rodó la primera, Harry Potter y la piedra filosofal (2001), él ha amasado una fortuna de 100 millones de euros, aunque asegura no estar interesado en el dinero: su madre administra su patrimonio. "No importa a qué te dediques, nadie se merece ganar tanto dinero", concede. No tiene aspecto de ser el tipo de hombre que derrocha en ropa, coches o caprichos. "El dinero me sirve para estar tranquilo. No tengo que trabajar por motivos económicos, de modo que puedo hacer películas en las que creo". En todo caso, no deja de resultar irónico que haya acabado estableciéndose como el tipo de actor que puede ganarse la vida decentemente pero jamás obtendrá el salario que recibió siendo adolescente.

Tras la varita mágica, Radcliffe se ha abierto un camino audaz e impredecible como actor: cazando fantasmas en la piel de un joven viudo en 'La mujer de negro' (2012), o rompiendo convenciones en la del poeta beat Allen Ginsberg en Amores asesinos (2013). También ha protagonizado tres espectáculos teatrales en Broadway. Y pronto lo veremos en una nueva adaptación de Frankenstein, de Mary Shelley. "Nunca ha habido un esfuerzo consciente por mi parte por interpretar papeles oscuros. Pero mucha gente dijo que, después de Potter, no encontraría trabajos serios, y mentiría si negara que una parte de mí tiene como objetivo demostrar a esa gente que estaba equivocada", confiesa el actor, que habla tan rápido que resulta casi maniaco, como si pensara que cuanto más rápido hable antes acabará la entrevista. La cascada de palabras está puntuada por pausas ocasionales cuando pierde el hilo, probablemente porque piensa en demasiadas cosas a la vez. "Pienso muy lentamente –matiza–. Y hablo rápido, y eso es una combinación explosiva".

Fama infantil estratosférica, fortuna pornográfica, atención permanente… El que fuera el niño actor más famoso del mundo es consciente de que alguien puede pensar que es un divo. Nada más lejano. Es escrupulosamente gentil. "Siempre he odiado la arrogancia –sentencia–. Recuerdo que una vez, durante un rodaje, oí a alguien del equipo técnico hablar sobre Michael Caine. 'Hace que todos se sientan bien por estar en el rodaje', decía. Pues eso intento hacer yo". La honestidad, sostiene, es el único modo de mantener los pies en el suelo. "Cuando alcanzas cierto nivel de éxito, de repente todo el mundo se empeña en decirte a todas horas que eres genial, cuando lo que te hace falta son personas que te avisen de si estás siendo un cretino".

Gracias a su nueva película, ‘Horns’, que este viernes se estrena en nuestro país, Radcliffe añade otro personaje turbio a su galería. Se trata de un joven torturado que se convierte en sospechoso de haber matado a su novia y a quien, de repente, le brotan de la frente un par de diabólicos cuernos. Si bien estéticamente arriesgadas, las protuberancias le otorgan la habilidad mágica de percibir los más oscuros pensamientos de todo aquel con quien entra en contacto, y así, finalmente, descubrir la verdad sobre el crimen. “El diablo es un personaje muy carismático, siempre lo ha sido –opina Radcliffe–. Un ángel que cayó del cielo, de modo que en él existe el potencial tanto para el bien como para el mal. Me parece fácil identificarme con eso, más que con Dios, que se limita a ser buenísimo todo el tiempo”.

El director de Horns, el francés Alexandre Aja, le confesó que le había elegido para este papel porque vio en su mirada algo genuinamente perturbador. “No es el primero que me lo dice. Yo mismo puedo ver el abismo en mi interior”. Es una afirmación sorprendente considerando la imagen de tipo amable que en persona proyecta. “¡Y lo soy! De verdad que no tengo ninguna intención de dejar que mi otro yo asome en una entrevista”.

Probablemente no exista otro intérprete en el cine actual con una relación tan ambivalente con el personaje que lo hizo famoso. Para muchos, Radcliffe es Potter y Potter es Radcliffe. “A veces resulta preocupante –puntualiza–. Recibes cartas de jóvenes que te dicen cosas como: ‘Eres todo lo que tengo en la vida’, y eso da un poco de miedo. Porque implica una carga de responsabilidad a la que no necesariamente soy capaz de hacer frente”. Asimismo, la identificación actor-personaje alimenta ciertos prejuicios alrededor de su figura. “Reconozco que a veces se gesta en mi interior una batalla entre mi cortesía natural y mi deseo de decir a los demás que dejen de decir estupideces. Porque hay quien se empeña en sentir lástima por mí porque creen que soy un tipo raro y triste que no tuvo una infancia. Pero la tuve, y fue extraña, pero absolutamente feliz y saludable”.

SU ÚNICO CONTACTO CON LOS EXCESOS de la celebridad tuvo lugar entre el 2009 y el 2010 cuando, según él mismo hizo público posteriormente, desarrolló una fuerte dependencia del alcohol. “La razón por la que hablé de ello es que sabía que si no lo hacía yo lo haría otra persona, y quería tomar el control del asunto”. Ahora, sin embargo, se arrepiente. “Me he pasado respondiendo preguntas sobre ello desde entonces”. No fue la única forma que la fama tuvo de revelar su reverso durante esa época. “Varios periódicos trataron de remover en la basura para encontrar trapos sucios que airear sobre mí, incluso llegaron a ofrecer dinero a mis amigos. Fue aterrador”. 

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La principal secuela de aquella crisis, reconoce, es cierto miedo a la interacción social. “Odio las alfombras rojas. Los fans se agolpan y empiezan a gritar, y a ratos me siento como una atracción de feria”. Paradójicamente, es en los rodajes, donde los focos brillan más y las cámaras son más grandes, donde se siente más protegido. “Llevo desde los 10 años en ellos y siempre me han resultado acogedores. Y allí nadie necesita mi autógrafo”.

Después de todo, es eso lo que siempre quiso ser: no una estrella infantil, sino un intérprete. Para empezar a lograrlo tuvo que desnudarse en el teatro, metafórica y literalmente. “En cada función me quedaba en pelotas sobre el escenario durante 10 minutos de reloj, pensando: ‘Tío, te están haciendo fotos, ¿por qué haces estas cosas?”. Efectivamente, su debut teatral en el 2007, con el montaje teatral Equus, supuso un punto de inflexión. “Diría que es la decisión profesional más importante que he tomado. Le demostré a la gente que estaba más preparado para este trabajo de lo que nadie imaginaba, que haría lo que fuera para ser actor”. Quitándose la ropa, Daniel Radcliffe empezó a liberarse también de Harry Potter. Quizá los cuernos le ayuden a completar el proceso.