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Leopoldo Pomés: "No llegan muchos encargos"

Pomés es muchas cosas, entre otras, potente apellido convertido en una marca. Un artista con la cámara, la de hacer fotos y la de rodar publicidad, que hizo soñar con sus imágenes a un país de color gris. Expone en Barcelona sus mejores fotografías

PAU ARENÓS

La cita con Leopoldo Pomés (Barcelona, 1931) es en La Pedrera, donde cuelga una exposición integral titulada 'Flashback' (hasta el 12 de julio). Pomés es el ojo de Barcelona. Y un esteta. Y un hombre comprometido. Y un bon vivant. Pomés es muchas cosas y también un hombre que dotó de sensualidad a lo publicitario. Sus mujeres no cabalgaban desnudas a lomos de caballos blancos, pero al público se lo parecía.

Hay otro Pomés, tal vez menos conocido, o recordado: el gran retratista de la cultura y de sus hombres. Y otro más: el fotógrafo de calle, de la gente anónima. La cámara en la acera. Y hay otro Pomés secreto: el poeta, con un libro por editar.

La mañana lluviosa de la entrevista, Pomés no se encuentra bien. Un catarro. Hace poco pasó por el quirófano. El corazón. El corazón hizo clic. Un octogenario que se resiste a la edad. La conversación será en su casa. La vivienda ocupa el viejo estudio. Bajo la claraboya, la gran sala, que fue plató. Mesa de trabajo, ordenador, la tele para las gestas del Barça, los sofás. Llega con el bastón, y aún imponente. La barba, la frente despejada, la melena: imagen y marca. Se estira en el sofá. Levanta la pierna mala. Pomés fuma, habla con voz baja y ronca, algunos silencios, y risas elegantes.

¿Un fotógrafo se jubila alguna vez? ¿Es posible jubilarse de la imagen?

Me impresiona mucho una frase de Cartier-Bresson, que dijo que ya no hacía fotos, que las veía. Eso no es jubilarse. Yo sufro muchas veces por no poder poseer aquello que me está llamando. No sé si un día me jubilaré de eso. Querrá decir que no miraré, que no tendré sensibilidad por nada. Creo que seguiré sufriendo siempre. En realidad, me paso la vida mirando.

Ha dicho "poseer". ¿Hacer fotos es poseer aquello, ser propietario?

Retener. Hay momentos en los que no retener es un tormento. Ves una imagen que te está pidiendo ser producida.

¿La fotografía es un arte de nostálgicos, de recuperar el tiempo perdido, del tiempo que ha pasado?

No. El argumento, en realidad, no me interesa mucho. La anécdota es muy divertida. Anécdotas que sí puedes captar son extraordinarias. En el fondo, lo que me interesa es que eso que he retenido, esa imagen que recuerdo, no acabe nunca, que haya 10.000 lecturas. Dicho de una manera poco ortodoxa: es el misterio, lo que me interesa.

¿Por qué hace fotos? ¿Por qué sigue haciendo fotos? ¿Qué finalidad tiene?

No voy con la máquina encima.

¿Nunca?

Alguna vez. Cuando supongo que habrá algo, me llevó una máquina.

¿Qué queda por hacer?

Retener aquello. Más de una vez me pasa. Son esas cosas que pueden despedir una energía que…

¿Le alimenta?

Me alimenta o me provoca. Lo veo y sé que tengo que hacer algo con aquello.

¿Cuál es la última foto con la que ha dicho 'soy yo, aún estoy en forma'?

En estos momentos… No recuerdo. Usted añade: "Estoy en forma". Eso es muy importante.

Pomés reencuentra a Pomés.

Tentativas…

¿Por qué?

Hay algunas tentativas, que son... frívolas porque no he hecho nada. Tantas tentaciones alrededor. La luz es una puñetera. Maravillosamente exaltadora, pone en orden las cosas y las hace más bonitas.

Usted no ha renunciado a la gran foto.

No, no. Pero el encargo es muy importante.

En su vida lo ha sido.

Muy importante. De entrada te ahorras la hoja en blanco. Te centra y además te reta y te compromete. Te tomas muy en serio que estás haciendo un trabajo... en serio. Y eso ayuda mucho a las personas como yo. Soy muy disperso. Me va muy bien que me centren.

¿Llegan encargos o dice que no a los encargos?

No digo que no. Qué va. Lo que pasa es que no llegan muchos encargos.

¿Porque le tienen miedo?

No sé, no sé. Nunca ha sido fácil, lo de la fotografía. Si trabajas para un diario y eres reportero... Es difícil y me quito el sombrero. Admiro a mucha gente que está haciendo prensa. La prensa tiene gente buenísima.

¿Qué encargo lo motivaría?

Una bonita pregunta. Me habría gustado que me hubieran encargado hablar de Madrid para ganar los Juegos Olímpicos. Como me encargaron los de Barcelona. Es pensar que puedes contribuir a que el mundo se fije en nuestra gente. Es una responsabilidad que tiene premio.

Barcelona merece algún encargo. ¿No está dormida?

No sé cómo se podría hacer. Pensar que hay un grupo de tiendas que están en peligro… Eso clama al cielo. Una tienda es el espíritu de una ciudad. El suvenir es otro mundo. Esas tiendas con sombreros mexicanos de La Rambla. Es desesperante.

¿Qué se podría hacer?

No lo sé. Pero valdría la pena. Barcelona tenía el paseo más bonito del mundo. Tenía. Un paseo con libros, con pájaros, con flores. Ese trazado de la Rambla, cubierto con árboles, las manchas de luz, y esa frescura.

Usted no es nostálgico.

La nostalgia es peligrosa. Te duermes en la nostalgia. A lo mejor es necesaria para combatir lo que le estoy diciendo. Se ha demostrado que aquello era fantástico. La nostalgia es literaria, tiene argumento, y a lo mejor no es suficientemente objetiva. En el libro que hice sobre Barcelona en 1957 hay una foto de una tertulia en la Rambla de gente... Cada vez que la veo no diré que me emociono, pero casi. Era una gente estupenda.

Me da la impresión de que comenzó a hacer fotos para huir del entorno, de aquella España franquista. Usted buscaba algo sofisticado, sensual. Se inventó un mundo atractivo.

Decir que me inventé ese mundo... Ja, ja, ja.

No le gustaba lo que veía y quería ofrecer al espectador, al comprador, otra cosa.

He fotografiado a muchas mujeres y se han dicho muchas cosas de cómo he fotografiado a las mujeres. Seguramente, algo de eso hay. A mí me gustaba un tipo de personas que no eran ñoñas. Era muy fácil que te gustase aquello. Constantemente había provocaciones, cosas que te rechinaban, que no te gustaban. Me gustaba lo contrario de eso.

Hizo fotografía callejera, pero también mucha publicitaria: proponía una realidad alternativa.

No es que lo maquillase, sino que me gustaban cosas que resulta que han funcionado. En el 97 hice una exposición en La Virreina y una de las cosas que me llenaron de alegría es la gente joven que vino. En un par de ocasiones, tres o cuatro jóvenes se acercaron: "¿Eso lo hizo usted en el 52?".

En esta entrevista hay tres preguntas hechas por tres invitados.

Adelante.

La primera la formula un chaval de 14 años, Nil, después de ver la exposición de La Pedrera y fijarse en una de sus primeras fotos, la de Marquet. Nil quiere saber: "¿Cómo le influyó su peluquero, Marquet?".

Ja, ja, ja. Bueno, era fantástico. Era de Poblenou. Mi padre también lo era. Eran amigos. Este hombre era un personaje. Venía a casa una vez al mes. Me cortaba el pelo a mí.

Y a su padre, no.

A mi padre, no. La historia es potente: este individuo había estado encerrado en un manicomio. Tenía una especie de trastorno mental cíclico. En primavera, le pasaba aquello de la sangre altera. En invierno era un hombre serio, con criterio, de pocas palabras. Cuando algunos amigos tenían problemas, de familia, él actuaba como consultor.

En invierno, claro.

Sí. Cuando venía a casa era fiesta mayor. Fue el primer hippy que vi. No sé si friki. Iba vestido con un hábito de monje, con cuerdas que hacían de cinturón. Llevaba colgadas cosas. Un paquete de cigarrillos con una calavera: Peligro de muerte, no tocar. Una barrena de mano para poder colgar la ropa allí donde iba. Una botellita que llamaba “la medicinita”. Un día la probé. Una mezcla que ríase del cóctel más explosivo. Café, coñac, whisky, ron, azúcar. En casa trabajaba una chica con muy mala uva, le tenía una manía tremenda. Cuando llegaba, ya le ponía el cenicero, lo perseguía. Cada metro que caminaba, un cenicero. Un día llegó con un caliqueño, la ceniza tenía seis o siete centímetros, no sé cómo lo consiguió, era difícil de sostener y seguir fumando. Llegó a casa, me llamó: “Niño, ven”. Y, en el momento de ver a la chica con los ceniceros, comenzó a tirar la ceniza.

Usted siempre ha buscado la compañía de los otros. Le gusta la gente.

Ir a una tienda y encontrar a una persona que te trata bien es un regalo. Cojo muchos taxis, a veces tengo unas conversaciones… Me los llevaría a casa.

La fotografía ha facilitado esa sociabilidad.

Cuando la gente habla y está bien y es escuchada, mejora mucho. Se trata de comunicarse. Comunicarse es una gran base. Es por lo que haces fotos, por lo que escribes.

La segunda pregunta es del periodista Albert Om, que grabó con usted uno de los capítulos de 'El convidat' (TV-3). Los interrogantes de Om: "Se ha pasado la vida mirando, dice que su oficio es el de mirador. ¿Qué es lo más bonito que ha visto? ¿Y lo más feo?".

Aquí entra la nostalgia. He visto cosas muy bonitas, y cosas terribles. Lo más bonito: recuerdo a mi padre y a mi madre abrazándose en una situación que… Mi madre estaba enferma. Tenía las facultades mentales deterioradas. Un día le pidió un regalo a mi padre. Y mi padre se lo hizo. Eran como dos niños abrazándose. Es una de las cosas más impresionantes que he visto. A veces una mirada, a veces un gesto, son cosas difíciles de retener. A mí me han quedado. La primera vez que te enamoras y que esa persona te corresponda. Es una cosa inolvidable.

¿Y la más fea?

A veces una pareja discutiendo. Cuando una persona trata mal con una frase. ¡Se convierte en un ser tan feo! Y el acto, tan feo.

En ambos casos, para bien y para mal, habla de parejas. Amor, mujeres. ¿El amor ha sido lo más importante para usted?

Sí. El amor a una persona mayor. O el amor a un niño. Tengo una foto que encontré hace poco y que no recordaba: es una nena hablando con un viejecito sentado en una esquina. Es como un diálogo. Karin [exmujer, madre de sus hijos] me sacó un apodo: minero. Bajo la mina, encuentro joyas. Y el modo en que la niña habla con el anciano… Una belleza.

¿De cuántas fotos hablamos? ¿Cuántas fotos tiene en esa mina?

No lo sé. Encuentro cosas, pero no las he agotado. Después de La Pedrera, una exposición de la mina. Son miles de fotos. Para mirarlas, tela.

¿Le ilusiona o le cansa?

Me ilusiona.

¿Qué no ha mostrado en La Pedrera?

La que no está es que, seguramente, no la he visto.

¿Y las recuerda? ¿O hay fotos que no es consciente de haber hecho?

Hay una que dudé si la había hecho en Barcelona o Madrid. Es una de unas monjas.

En el metro.

Sí, busqué todo el negativo a ver si salía una pista.

La tercera pregunta la formula el escritor Daniel Vázquez Sallés. "¿La 'gauche divine' tiene una fama inmerecida? En un país de tuertos la menos fea puede ser la reina del baile".

Los de la 'gauche divine' eran personas interesantes. La 'gauche divine' no era la más fea del baile. Era gente que tenía gracia. No solo pedigrí. Las conversaciones que mantenían anticipaban cosas. Aunque no fui mucho de eso...

Estaba trabajando.

Sí. Pero los conocía a todos.

¿La 'gauche divine' era un contrapoder?

No sé si había un poder. Es curiosa la pregunta. Tal vez no se veía tanto ese poder, operativo, que ha habido después.

¿Ha sido una personas de excesos?

No, no.

¡No ha sido una persona moderada con los gustos y placeres!

Defiendo el hedonismo. Me considero un hedonista que practica. Si eso es un exceso, sí.

El tiempo, la salud, ¿lo ha vuelto moderado?

Mire [enseña el cigarrillo]. No lo diga, porque mi médico...

¿Hace lo que le da la gana –bebe, come– o se frena?

Me freno algo. No he sido nunca alcohólico. Más comedor que bebedor. Hay un poco de vigilancia.

¿Ha perdido apetito?

Soy más comedido. He estado en clínicas. He comido tan mal… No había nada con sal. Aburrí comer.

Al salir de la clínica, ¿ha vuelto a la actividad normal?

Ya no como tres huevos fritos con medio kilo de patatas fritas.

Un huevo, sí.

De vez en cuando. Un día de la semana preparo una cosa que me como aquí, en esta mesita. Es muy importante que no tenga que levantarme para nada. Todo a punto. Hago unas tostadas de pan de molde. Tostadora. Tomate por los dos lados [le han ofrecido reeditar su célebre libro sobre el pan con tomate]. Aceite de botella, baño las dos caras. Después hago un huevo revuelto, lo tiro encima y lo como rápidamente. Cuchillo y tenedor. Ese momento es...

¡Un momento importante!

Cada vez que lo hago, pienso: "En 50 kilómetros a la redonda no hay un tío que lo pase mejor que yo".

Sigue contento de vivir.

No me moriría nunca. Es una putada, es feo, no me gusta nada.

Disfruta mucho, aunque la salud le dé mala vida.

No entiendo no disfrutar.

Se ilusiona por muchas cosas. Se le veía feliz contando lo de las tostadas.

Levantarse por la mañana con ilusión. Lo peor es despertarse a las cuatro o las seis. Me pasa a veces. Jodido. Hay pensamientos que no me gustan. Vienen.

¿Y se van?

Si quieres que se vayan, estás pensando en que se vayan. No hay un fusible, no puedes apretar un botón. Esta gente que duerme ocho, nueve horas seguidas... Eso sería fantástico.