María Dueñas viaja por su novela

Arrasó con 'El tiempo entre costuras', que vendió más de un millón de ejemplares. Repitió éxito con 'Misión Olvido' y ahora llega la tercera: 'La Templanza', ambientada en México, Cuba y Jerez en el siglo XIX. Aquí ejerce de guía turísta de su propia obra

María Dueñas, en el Palacio de Minería, en México. 

María Dueñas, en el Palacio de Minería, en México.  / ARCHIVO PERSONAL DE MARÍA DUEÑAS

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MARÍA DUEÑAS

Uno de los privilegios que tenemos los escritores es la libertad absoluta para elegir los momentos y lugares por los que han de transcurrir las historias que brotan de nuestra imaginación: instantes del pasado o del presente, lugares que en algún momento nos cautivaron y a los que siempre queremos retornar.

México es el primer escenario por el que transita mi nueva novela, 'La Templanza'. La ciudad de México en septiembre de 1861: en el bullente corazón de la capital, en lo que hoy se conoce como el Centro Histórico, circunscribo parte de la historia de Mauro Larrea, un próspero empresario de la minería de la plata de origen español al que un mal día la fortuna se le vuelve en contra y le lleva a la ruina más absoluta.

Gran parte de la vida cotidiana fluía por aquellos días alrededor del Zócalo, la gigantesca explanada a la que en la etapa virreinal llamaron primero plaza Mayor y después plaza de la Constitución, en recuerdo de la Pepa gaditana. Allí entró triunfal Agustín de Iturbide al mando del Ejército Trigarante en tiempos de turbulencias independentistas, y de ella fue retirada en 1824 la estatua de Carlos IV, el último símbolo del dominio español. Ningún sitio mejor para contemplar la catedral y esta magnífica plaza desbordante siempre de vida que la terraza del hotel Zócalo Central, un lugar que conocí hace casi tres décadas, cuando aún era el Holiday Inn, y al que siempre regreso. Disfrutar de las vistas y de un jugo verde desde las alturas es un placer imprescindible.

Entre palacios rehabilitados y tiendas sofisticadas

Recorriendo sin prisa las calles del Centro Histórico, nos salen al paso mil rincones y fachadas con sabor pretérito. Para evocar el esplendor que tuvieron aquellos edificios coloniales de cantera y piedra volcánica, en la calle de Isabel la Católica encontramos un hermoso ejemplo rehabilitado: el que fuera palacio del siglo XVII de los Condes de Miravalle, hoy sometido a una intervención arquitectónica para convertirlo en un espacio que acoge sofisticadas tiendas de creadores contemporáneos y el hotel Down Town, coronado de nuevo por una terraza volcada sobre la parte más antigua de la ciudad.

Otro enclave en el que tienen lugar las aventuras de mi personaje es el Palacio de Minería en la calle de Tacuba, la soberbia construcción neoclásica del fin de la colonia proyectada por el arquitecto valenciano Manuel Tolsá. Cerca, para hacer una parada, reponer fuerzas y volver la mirada hacia atrás en el tiempo, se encuentran el Café de Tacuba y la Casa de los Azulejos, un edificio virreinal perteneciente en su día a los Condes del Valle de Orizaba y convertido hoy en el buque insignia de la cadena Sanborns, donde igual se puede tomar un café que degustar unas enchiladas, comprar un cepillo de dientes o elegir un libro entre las últimas novedades editoriales.

Salto a Cuba

Acuciado por la urgencia de reconstruirse, Mauro Larrea saltará a Cuba en la segunda parte de 'La Templanza'. La isla, conocida por entonces como La Perla de las Antillas, era en aquellos años el último gran bastión del ya caduco imperio español, una tierra de riqueza derivadas del cultivo del azúcar, el tabaco y el café. En La Habana ubico a mi personaje, en una ciudad vibrante y opulenta donde los esclavos negros constituían la mitad de la población, y donde florecían los negocios y las fortunas. En aquellas décadas, el imparable crecimiento urbano había ya desbordado los límites de las murallas originales que blindaron lo que hoy se conoce como La Habana Vieja, pero mi novela se centra fundamentalmente en la zona y los aledaños que fueron –y en parte siguen siendo– el alma de la ciudad. Un puñado de kilómetros cuadrados asomados al mar y repletos de historia y nostalgia, de una maravillosa arquitectura que a menudo se cae por desgracia a pedazos y que, aun así, sigue desbordando sabor y encanto.

La vida cotidiana continúa fluyendo hoy apasionada entre la cuadrícula de calles estrechas que entonces recorrían las volantas y quitrines, aquellos coches de caballos de altas ruedas guiados por esclavos vestidos como coroneles, en los que paseaban las hermosas criollas en su constante ir y venir. A veces resulta complicado para el visitante tender un puente entre el ayer y el hoy: imaginar, por ejemplo, que en la céntrica calle de O’Reilly se cotizaban los locales a precios exorbitantes, que el ahora decrépito Templete junto a la plaza de Armas era un lugar emblemático, o que por la Alameda de Paula volcada sobre la bahía, ahora casi siempre desierta y que yo recupero para una escena crucial de mi novela, paseaba al caer la tarde lo más selecto de la sociedad habanera. Pero les aseguro que la magia envuelve el lugar a pesar de las carencias, y que vale la pena un largo paseo y un plato de ropa vieja en Doña Eutimia, antes de que encontremos un McDonald’s en la legendaria calle de Obispo o un Kentucky Fried Chicken bajo los soportales de la plaza de la Catedral.

Un indiano en Jerez

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Una serie de carambolas –y tómese el término en su sentido más literal— acabarán por llevar a Mauro Larrea hasta los muelles de Cádiz. Allí será recibido como un indiano: uno de aquellos españoles que retornaban a la Madre Patria ricos y exuberantes tras haber levantado un emporio al otro lado del mar. Solo que a él, aunque se esfuerce por ocultarlo bajo su fachada de atractivo hombre de ultramar, le faltan capitales y le sobran urgencias y desconciertos. Y así, desesperado por recomponerse, recalará en el espléndido Jerez de la segunda mitad del XIX, cuando el negocio del vino vive uno de sus momentos de mayor gloria gracias al comercio internacional y, sobre todo, al vínculo de las bodegas jerezanas con Inglaterra. Convertida por entonces en una poderosísima potencia marítima, la demanda de vinos de calidad crecía imparable en la sociedad inglesa.

"Si yo tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería el de abjurar de las bebidas flojas y entregarse al jerez", había escrito Shakespeare en la segunda parte de Enrique IV. El tradicional gusto de los británicos por el 'sherry' –nombre genérico dado en inglés a los caldos de la tierra en alusión al antiguo nombre árabe de la ciudad, Sheris— ha tenido siempre un inmenso impacto en la vida local, que todavía es evidente cuando hoy se visita Jerez. Gracias al vino se generaron grandes bodegas y enormes fortunas cuyo legado se percibe en las innumerables casas-palacio que salen al encuentro por todos los rincones: en la hoy plaza de Rafael Rivero, cerca de la cual sitúo en mi novela el ficticio caserón de la familia Montalvo; en la actual plaza de la Asunción, donde se encuentra la gran residencia neoclásica que imaginé como hogar de Soledad, esa distinguida y perturbadora jerezana que provocará en nuestro protagonista una irresistible pasión. Por todo Jerez se respira esa herencia. Disfruten de una copa de fino en La Moderna o Las Cuadras, visiten una bodega, entren en el palacio del Alcázar, donde Mauro y Soledad bailaron juntos por primera vez. Puede que algún fantasma literario les salga al encuentro. Déjense llevar.

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