Fulgor y ocaso de una yonqui

Christiane F. tenía 16 años cuando se convirtió en la primera celebridad toxicómana. 35 años después, explica en 'Mi segunda vida' cómo acaba esa historia. Y no hay final feliz

En Kottbusser Tor, que tras la caída del Muro sustituyó a la estación del Zoo como epicentro de las drogas duras.

En Kottbusser Tor, que tras la caída del Muro sustituyó a la estación del Zoo como epicentro de las drogas duras.

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JUAN MANUEL FREIRE

Christiane V. Felscherinow, aquí más conocida como Cristina F., se convirtió a finales de los 70 en la primera celebridad toxicómana de Alemania. Todo gracias a una biografía que documentaba su inmersión adolescente en el pantano de la heroína, seguida después de una película igualmente popular, un enorme éxito no solo en Alemania sino también, por ejemplo, en España.

 La famosa joven preciosa de vida menos preciosa explica ahora, de la mano de la periodista SonjaVukovic, cómo siguió su historia: 'Yo, Christiane F. Mi segunda vida. Una autobiografía' (AlphaDecay) es la secuela tardía de aquel éxito editorial inesperado. Un libro muy distinto, como explica Vukovic: “Mientras el primero era como una novela romántica con una antiheroína que podía despertar simpatía, el segundo es más un documental de una vida miserable”. La protagonista empieza a contar su vida actual en términos como: “Ya no me quedan amigos, y la sombra de Christiane F. me sigue a todas partes”.

Empezó a consumir heroína con 12 años

Habríamos querido contar con las palabras de la propia Christiane para este artículo, pero su delicado estado de salud –sufre fibrosis y hepatitis C, entre otros achaques– ha dificultado el acceso (ni siquiera Sonja lo tiene tan fácil para hablar con ella). Su biógrafa hará, con una enorme generosidad, de guía por una vida atada al abuso de la droga. Dice Sonja: “No tuvo carrera como actriz o estrella del rock porque prefirió ser una estrella yonqui. La enfermedad siempre fue más fuerte”. Tras probar el éxtasis y ciertos medicamentos, Christiane empieza a consumir heroína, con apenas 12 años, después de un concierto de David Bowie, por curiosidad. La esnifa porque le da miedo la jeringuilla. “Tuve que reprimir las ganas de vomitar y escupí buena parte de la droga. Pero hizo efecto enseguida. Las extremidades me pesaban una barbaridad y al mismo tiempo las sentía increíblemente ligeras. Estaba exhausta, era una sensación fabulosa. La mierda desapareció de un plumazo. Me sentía mejor que nunca”, decía Christiane en el primer libro. No tanto después, se la inyecta, y al final acaba prostituyéndose –como su novio Detlef– para poder pagarla.

El distrito-dormitorio donde vive no es el paraíso y en casa tampoco reina la alegría, sus padres se han divorciado, pero todo esto no parece suficiente para justificar la caída. Como explica Vukovic, tras la publicación del libro se abrió un debate en Alemania sobre sus motivaciones: “La vida en Gropiusstadt en los años setenta –tan triste para un niño– y un hogar problemático no conducen automáticamente a la toxicomanía. (...) ¿La voluntad de escapar del círculo doméstico y la soledad abrió las puertas de la adicción? ¿O fue, por el contrario, la exaltación producida por los estupefacientes y aquella comunidad nueva?”. Christiane sería el más conocido de 'Nosotros, los niños de la estación del Zoo', título original de la primera biografía. Era en esa estación de metro donde yonquis y chicos y chicas de alquiler se acercaban para trapichear, conseguir clientes o chutarse en los mismos lavabos.

La segunda biografía arranca con el recuerdo de una famosa parte de la película en la que Christiane masturba a su primer cliente, gana cien marcos, compra droga y acude a la búsqueda de su novio, Detlef, que “se retuerce de dolor en el andén de la estación de metro del Zoo”. Van a esconderse a los baños, se inyectan sus dosis. Después, Christiane confiesa cómo ha conseguido la droga. “Detlef se muestra decepcionado y furioso hasta que la sustancia comienza a surtir efecto, hace desaparecer sus dolores y le apacigua”. En teoría, no pasaba nada, porque ellos controlaban y algún día todo iba a cambiar. Pero en cierto modo nunca lo hizo, al menos para Christiane.

Una yonqui entre 'celebrities'

La película –la primera biografía, más ambiguamente– acababa con una nota de esperanza, con la chica limpia gracias a su traslado al campo, a casa de su abuela. Toda una vida por delante. Con casi 400.000 marcos obtenidos gracias al libro, decidió cambiar Berlín por Hamburgo, donde se instaló en St. Pauli. “Era el periodo del punk y de la Neue Deutsche Welle (Nueva Ola Alemana), ¡y nuestro improvisado piso en la antigua redacción de la St. Pauli-Nachrichten era su epicentro!”, dice ella en la nueva biografía. Christiane se enamoró de Alexander Hacke, guitarrista de Einstürzend Neubauten, con quien montó el dúo de corta vida Sentimentale Jugend. En 1982 grabó un disco como solista (Christiana) y esos años actuó en algunas películas independientes.

Durante la promoción del filme 'Yo, Cristina F.' en EEUU, se codea con 'celebrities' (Billy Idol, Van Halen, Nina Hagen) y conoce a su ídolo, David Bowie, con el que llega a compartir el jet privado de los Rolling Stones. Pero nunca habló mucho con él y sufrió un desengaño: “Hace de sí mismo un producto de márketing y crea melodías para las masas”.

Recaída tras cinco años limpia 

Después de cinco años sin probarla, Christiane recae en la heroína. Y es entonces cuando empieza a apagarse su estrella, como nos explicaVukovic. “Christiane solo tenía 16 años cuando recibió atención mundial como celebridad toxicómana; la lucha con su propia adicción se había convertido en el motor más poderoso de su vida. Y se quedó sola cuando cayó. Con esa recaída, la gente no quería tener que lidiar. Se lo tomaron incluso como algo personal, porque rompió la ilusión de que cualquiera podría salir del pantano de la adicción que, secreta, calladamente, mucha más gente conoce; no solo los niños de la estación del Zoo”.

Según se relata en el libro, la prensa no escatimó en investigaciones para saber qué cantidad de droga consumía realmente y qué era de ella. “Las cámaras la siguieron a las islas griegas, donde vivió entre 1987 y 1993 [con un joven ermitaño del que se enamoró]; los periodistas fueron a visitarla cuando nació su hijo [de otro toxicómano, Sebastian], en 1996; Günther Jauch la invitó al diván de su programa de Stern TV, y Sandra Maischberger la recibió en su emisión de entrevistas nocturnas”.

Christiane consiguió sacar adelante sola a su hijo Philipp, según ella, lo único que ha hecho bien en esta vida. Vukovic conoce al joven. “Acaba de cumplir 18 años, tiene su primera novia, hace bachillerato superior”, explica. “Estoy orgullosa de Christiane, en el sentido en que este trabajo lo hizo bien: ser una madre atenta y preocupada. El título 'Segunda vida' significa, en realidad, su hijo. Christiane, tristemente, siempre siguió su primera vida; pero al mismo tiempo preparó a su hijo para hacerlo mejor. Él es su segunda vida”.

Le retiraron la custodia de su hijo

Christiane F. dejó de atender a los periodistas en el 2008, después de que le retiraran la custodia de Philipp –se lo había llevado a vivir a Ámsterdam contra la voluntad de los servicios sociales– y la prensa amarilla explotara su drama. El periódico 'Berliner Zeitung' consiguió entrevistar a la madre, mientras que otros medios pagaron a un amigo para tener información. Christiane rompió lazos con prensa, madre y amigo.  

Por eso, la idea de Vukovic de elegir a Christiane F. como sujeto de un reportaje de investigación –parte de sus estudios en la Academia Axel Springer, una de las grandes escuelas de periodismo de Alemania– parecía un poco arriesgada. “Pregunté a un colega, reportero policial, si me podría ayudar a saber dónde vivía”, explica Sonja, quien ni siquiera había nacido cuando se publicó el primer libro. “Lo hizo, y un día de diciembre toqué a su timbre. Vivía en una casa multifamiliar en una zona tranquila en la periferia de Berlín. Contestó al interfono y sonó como si acabara de despertarse. Era mediodía. ‘¿Quién eres y qué quieres? No tengo tiempo ahora’, me dijo. Pero me permitió dejar mi tarjeta. Así que cuando abrió la puerta de su casa, entré, busqué su buzón, dejé mi tarjeta y me fui”. 

“Pensé que nunca llamaría, pero lo hizo tres días después. Y, según me dijo, respondió porque yo había sido la primera periodista en muchos años que había respetado su deseo de privacidad. No había aprovechado la oportunidad, al abrir ella la puerta de su casa, de fisgonear en su correo o preguntar a los vecinos cómo era vivir con Christiane F. Tampoco había vuelto el día después ni había molestado. Todo eso le hizo confiar en mí”.

Problemas de hígado y paranoia

El trabajo, en cualquier caso, no fue sencillo. “En cierto punto tuve que decidir –explica Sonja– si me convertía o no en parte de su vida. Porque trabajar con una persona que lleva tanto tiempo enganchada a las drogas duras significa trabajar con alguien que tiene problemas mentales y físicos. Como el libro explica, sufre problemas de hígado y de algo que podría ser diagnosticado como paranoia”. 

En total fueron tres años de colaboración, laboral y personal. Lo que empezó como un reportaje acabó en un nuevo libro, debido a la ingente cantidad de material reunido: “Después de cada reunión solo tenía nuevas preguntas”. Y lo que empezó como una relación laboral acabó necesariamente en una amistad. “Ella necesita algo más que solo trabajo: todavía está buscando un lugar al que pertenecer. Nuestros editores y yo misma nos hicimos sus amigos. Había cenas y viajes comunes, un montón de llamadas... La ayudamos con un montón de cosas, del tratamiento con los doctores a su mudanza a otro apartamento”.

Ahora mismo, Christiane está en mala condición física. Desde la publicación original de 'Mi segunda vida', en otoño del 2013, ha perdido 15 kilos. A pesar de todo, Vukovic respeta las decisiones vitales de Christiane. “Ella cambió totalmente mi forma de pensar sobre las drogas y sobre la adicción”, me asegura. “Es muy fácil decir, desde fuera, que las drogas no son una solución. Pero ahora conozco a un montón de gente cuyas historias son horribles, que pasaron por mucho dolor, perdieron toda la confianza en los demás y en algún momento puedo entender que prefirieran cualquier cosa a la verdad. Podría escribir todo un libro en torno a las políticas sobre la droga y cómo trata la sociedad al adicto”.

Una fundación ayudará a gente como ella

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Con 50.000 euros de los ingresos de 'Mi segunda vida', Christiane F., Vukovic y su editorial han creado la Christiane F. Foundation, que ayudará a gente como ella. “Es un cruce de investigación, política y sociedad”, dice la biógrafa.

“Cuando se habla de adicción y drogas, los debates todavía son muy ideológicos y unidimensionales. Necesitamos cambiar a un debate basado en pruebas. Esto requiere organizaciones que cubran el hueco entre política y sociedad con reorientaciones necesarias. Eso es lo que hacemos”.

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