30 nov 2020

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Ian McKellen y la pócima de la verdad

La crítica lleva seis décadas alabando su trabajo en teatro y cine. pero es ahora cuando disfruta de la fama mundial gracias a las sagas de 'El señor de los anillos' Y 'El hobbit'.

Estos dias regresa con 'La batalla de los cinco ejércitos'.

BÁRBARA CELIS / LONDRES

Ian McKellen y la pócima de la verdad

ROGER ASKEW

Un puñetazo de humo espeso nos golpea al abrir la puerta de la suite londinense en la que Ian McKellen espera a Dominical. Es la primera prueba de que no nos encontramos ante un actor estadounidense, sino británico: en Hollywood se tiende a guardar las formas y a esconder los vicios, pero en Gran Bretaña la excentricidad, aunque sea tóxica, aún puede ser un valor y, hoy, fumar parece haber adquirido ese rango. McKellen, con su pelo canoso y el rostro de un hombre mayor que se resiste, con su expresión traviesa, a entregarle su vida al paso del tiempo, está sentado sobre una silla con las piernas sobre la mesa. Viste pantalones de chándal, camiseta blanca de tirantes y calcetines. Obviamente no le preocupa lo que una periodista española pueda pensar de su presencia o sus adicciones: a él, lo repetirá varias veces durante la entrevista, lo que le interesa es la verdad. Todo lo demás es secundario.

Pese a ese aspecto de andar por casa, McKellen es un caballero. Se levanta para estrechar la mano, saluda, sonríe amablemente, y vuelve a sentarse en la misma posición, entre sentado y espatarrado, apurando su cigarrillo. “Es uno de los pocos vicios que aún nos dejan tener, ¿no?”, comenta con expresión divertida un actor al que hoy el planeta conoce como Gandalf, el mago bueno de las múltiples entregas de 'El señor de los anillos' y 'El hobbit', cuya última película, 'La batalla de los cinco ejércitos', se estrena el próximo 17 de diciembre. 

Todo cambió gracias a Peter Jackson

Pero antes de que esa saga de blockbusters planetarios le diera fama internacional, McKellen ya era en su país un reconocido intérprete al que no se le resistía un shakespeare y para el que su hábitat natural eran los escenarios teatrales. Todo cambió gracias a Peter Jackson, que vio en él al actor perfecto para encarnar a Gandalf. Además, casi al mismo tiempo, con el arranque del nuevo siglo, Bryan Singer le invitaba a convertirse en Magneto en X-Men, otra saga popular con la que sedujo a una nueva generación que hasta entonces no sabía de su existencia. 
Sin embargo, Ian McKellen, de 75 años, lleva casi seis décadas demostrando su talento. “El hecho de que mucha gente se haya enterado de quién soy, ahora que estoy en la tercera edad, es anecdótico. Esas películas son trabajo, ni más ni menos. Reconozco que hace años los amigos que trabajaban en el cine me daban cierta envidia, pero hacer películas no tiene nada que envidiarle a trabajar en el teatro. Me lo he pasado muy bien participando en ellas y por suerte son populares y buenas. Imagínate qué horror si hubieran sido populares pero malas, ¿no?”.

La calidad siempre ha sido importante para un actor que desde que puso un pie sobre los escenarios durante su adolescencia siempre ha estado preocupado por seguir mejorando como intérprete. “Empecé a actuar porque me gustaba el teatro como espectador, pero había tan buenos actores que pensaba que sería imposible llegar a ser como ellos. Te hablo de gente como Lawrence Olivier, un hombre que se construyó una carrera magnífica. Podías verlo cien veces y siempre te aportaba algo nuevo. Cuando comencé a trabajar en montajes universitarios, me empecé a encontrar cada vez más cómodo y lo cierto es que desde entonces nunca me ha faltado trabajo, así que igual no soy tan malo como creía. Creo que esa es la mejor señal de que probablemente no me haya equivocado de profesión”.

No lo dice ni con ironía ni con el ego henchido. McKellen habla con la serenidad de la experiencia y de los años y con la tranquilidad de quien ha cabalgado mucho a través de una profesión en la que lo que le sigue preocupando es crecer. “Eso es lo único importante, seguir mejorando en tu trabajo. Por eso a veces no entiendo a quienes me alaban por interpretaciones en las que sé perfectamente que no he sido brillante”. ¿Como cuáles? “Oh… Hay muchas” y suelta una sonora carcajada para evitar dar una respuesta.

Él mismo admite que hay un antes y un después en su vida como actor: su salida oficial del armario durante una entrevista en directo en la BBC en 1988, a los 49 años. “Yo siempre había sido abiertamente gay aunque había gente en mi vida que no sabía que lo fuera, como mis padres o el público, pero es que jamás me lo preguntaron durante las entrevistas, así que yo no lo contaba. Al hacerlo público cambió toda mi vida, crecí como persona y, por supuesto, crecí como actor. Hay gente que dice que actuar es saber engañar pero yo no lo creo, para mí está directamente relacionado con decir la verdad, con ser sincero con tus emociones. Por eso, creo que al hacer pública mi homosexualidad mejoré como actor. Y como ya tenía un nombre y una larga carrera a mis espaldas, no afectó a mi trabajo. Y curiosamente, empecé a recibir ofertas de cine que nunca antes me habían llegado”, recuerda este actor al que títulos como Seis grados de separación, Ricardo III o Dioses y monstruos le fueron poniendo también en el mapa del celuloide.

Entregado a combatir la homofobia

Desde su confesión en la BBC, se convirtió en un activista entregado a combatir la homofobia: “Ser gay no es como tener un punto de vista político. Es tu vida, es lo que eres. Supongo que hay gente a la que le incomoda que los actores hablen de sus opiniones políticas porque son eso, opiniones, pero en el caso de la homosexualidad se trata de nuestra vida. Salir del armario es cambiar tu vida y es una manera de cambiar el mundo, porque afecta a la gente que tienes a tu alrededor. No es algo de lo que necesariamente tengamos que hablar públicamente, pero yo lo hago porque creo que la gente debería disfrutar de su existencia. No les quiero persuadir de una idea política, lo único que les quiero decir es que solo se puede ser feliz cuando uno es honesto”.

McKellen echa de menos esa honestidad en los jóvenes actores gays de Hollywood, a los que se les suele aconsejar que no digan que lo son porque pierden oportunidades laborales. “Yo creo que es absurdo, optan por vivir en un mundo antiguo, que ya no existe, antes tampoco podías ser profesor o policía si eras gay, pero eso ya no es así y es una lástima que las nuevas generaciones no quieran verlo, deberían ser más valientes. El problema es que Hollywood vende fantasías y ahí no hay sitio para los homosexuales. Además, es un lugar conservador, han tardado años en reconocer a las mujeres o a las minorías étnicas. Imagínate lo que pueden llegar a tardar en admitir a los gays en su universo”.  

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