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Mortadelo y Filemón salen de la pantalla

Javier Fesser lleva al cine en 3D el "humor de cachiporrazo" de las viñetas de Ibáñez

JUAN FERNÁNDEZ / Madrid

Javier Fesser comparte perplejidad con Filemón y Mortadelo en los estudios de Illion.

Javier Fesser comparte perplejidad con Filemón y Mortadelo en los estudios de Illion. / JOSÉ LUIS ROCA

A mediados de octubre, Javier Fesser tuvo un inquietante sueño que, según él mismo reconoce, daría para un cortometraje. De pronto, volvía a ser el crío de 10 años que devoraba los tebeos de Mortadelo y Filemón con la afición que ponía en la lectura de aquellas viñetas hace cuatro décadas. En el sueño, el pequeño Javier se juntaba con el hoy productor de cine Luis Manso y el director artístico Víctor Monigote, a quienes no conocía de niño pero hoy le acompañan en sus aventuras cinematográficas, y en plena reunión infantil aparecía un señor mayor con el pelo canoso y algo alborotado que les soltaba con voz misteriosa: “¿Queréis que os enseñe la película que vais a hacer sobre Mortadelo y Filemón dentro de 40 años?”.

Fesser no tiene duda: el señor del sueño es Francisco Ibáñez, creador de la famosa tira cómica, así como de otras muchas colecciones de tebeos igual de legendarias, y su evocación onírica tiene que ver con el estado de buena esperanza en el que se encuentra en estos días. Después de cuatro largos años de gestación, el realizador ha dado a luz a la película de animación en 3D 'Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo, producida por Zeta Cinema, en la cartelera desde el 28 de noviembre.

Tirando de manual, cualquier psicoanalista de tres al cuarto deduciría señales de nerviosismo en el sueño, pero Javier parece en las jornadas previas al alumbramiento cualquier cosa menos un director nervioso. Al contrario: luce sereno, sonriente y satisfecho, como el que ha logrado hacer realidad un sueño –esta vez despierto, no dormido como el otro– y el resultado ha superado sus expectativas. A mediados del 2010 se embarcó en la titánica misión de convertir el universo de Mortadelo y Filemón, dos personajes anclados en el inconsciente colectivo de varias generaciones de niños y jóvenes de este país, en una película que aportara las virguerías de las nuevas técnicas de animación por ordenador en 3D, pero que fuera fiel al espíritu, la ambientación, el ritmo, los resbalones, las caídas y el disparate generalizado que definen los mundos del genial dibujante catalán.

Ibáñez gritó al ver la película: "¡Bestial, bestial, es bestial!" 

Que lo había conseguido lo sabía desde hacía tiempo, pero la confirmación la recibió hace un mes, cuando acompañó a Ibáñez a un pase privado de la cinta en Barcelona. Allí, en la oscuridad de la sala, Fesser pudo comprobar el efecto que su versión cinematográfica del cómic causaba en su creador. “Se le salían los ojos de las órbitas, no paraba de reír, se removía de placer en la butaca y continuamente gritaba: ‘¡Bestial, bestial, es bestial!”, relata el director. Punto y final a una aventura cuyo inicio Javier no sabe fechar. ¿La historia de esta aventura arranca hace dos años, cuando el director se plantó en los estudios de animación Illion de Madrid con la estructura de la cinta escrita para que la convirtieran en una película animada en 3D? ¿O empezó otros dos años atrás, cuando Fesser se sentó junto a Claro García y Cristóbal Ruiz para construir el guion de una historia que, sin salir del pincel y la letra de Ibáñez, no desentonara en la vasta bibliografía de la famosa pareja de detectives de tebeo? ¿El minuto cero de este viaje tuvo lugar a principios de la década pasada, cuando Javier entabló amistad con el creador del cómic y este le dio permiso para trasladar su universo a una película de actores reales, 'La gran aventura de Mortadelo y Filemón', estrenada en el 2003?

Sin temor a sonar rimbombante, Fesser se atreve a situar las raíces de su nuevo largometraje, el cuarto de su carrera –tras 'El milagro de P. Tinto', 'La gran aventura…' y 'Camino'–, en los tiempos lejanos de su infancia y primera adolescencia, cuando se deleitaba con las historietas de Mortadelo con ojos de lector, no de director. “Disfruté mucho con aquellos tebeos, como la mayoría de los críos de mi generación, y de la posterior, y de la posterior. Sobre todo, me reí como nunca. Es algo que forma parte de mi educación visual, y de la de mucha gente de este país. Cuando devoraba aquellos cómics y me reía de esa manera con sus gags, no me daba cuenta de que estaba construyendo una parte fundamental de mi cultura en imágenes y de mi manera de entender el humor”, reconoce el realizador.

Una cuenta pendiente con el tebeo

La adaptación que llevó a cabo de estos personajes al cine de carne y hueso le dejó contento, pero no saldó su cuenta pendiente con el tebeo. Era cuestión de tiempo que acabara haciéndolo y su buen entendimiento con Ibáñez así lo garantizaba. “Ha confiado en mí porque sabe que he estudiado a fondo su universo y lo entiendo. Es un mundo muy particular, donde las leyes de la física rigen de forma diferente, los objetos se caen y rebotan de otra manera. En sus tiras, al malo le puede caer encima una caja fuerte que le aplaste la cabeza y en la viñeta siguiente aparece con un simple chichón como si no hubiera pasado nada. Es un humor de cachiporrazo y tortazo muy especial, rodeado de una ambientación única, llena de detalles, que el lector de sus cómics sabe reconocer a la primera, y que he querido que esté presente en la película”, explica el director. 

Su reto, desde el primer momento, ha sido ese: ser fiel al universo Ibáñez, “ese de los disfraces disparatados de Mortadelo, los rocambolescos encargos de la TIA, el despacho del Súper con su cenicero lleno de colillas, la trampilla para entrar por el pasadizo secreto y la pared descascarillada que deja ver los ladrillos”, describe Fesser. Pero una cosa es dibujar un tebeo y otra muy diferente convertir ese ecosistema visual en una película animada en 3D. Haga la prueba el lector: acuda al desván, saque sus viejos cómics de Mortadelo y Filemón, si no los tiene más a mano, y busque algún plano en el que los personajes aparezcan mirando a cámara, en una imagen cenital, o luciendo volumen. Nada de nada; había que crearlo todo.

Una semana de trabajo para crear tres segundos de película

Aquí entra la magia de la animación, capaz de dotar de vida a unos trazos dibujados sobre las dos dimensiones de un papel. Durante dos años, a ritmo de una semana de trabajo para crear tres segundos de película, un equipo de casi cien personas ha estado dedicado a convertir la historieta que concibió Fesser en una cinta de dibujos animados en tres dimensiones.

En los estudios Illion, situados en un parque empresarial de Las Rozas, a las afueras de Madrid, se respira estos días cierto aire de nostalgia. La justifica Javier Abad, director de animación y máximo responsable de la vida y los movimientos que han adquirido los muñecotes de Ibáñez. “Todos conocíamos a estos personajes desde que éramos niños y hemos acabado cogiéndoles cariño. La mayoría hemos vuelto a mirar aquellos viejos cómics y nos hemos reído de nuevo como cuando éramos críos. Ha sido duro, hemos echado muchas horas, pero hemos disfrutado haciendo la película. La echamos de menos”, cuenta el creativo.

La cocina de Mortadelo y Filemón es una enorme sala en penumbra con las persianas bajadas, un silencio sepulcral y decenas de diseñadores e informáticos con los ojos pegados a las pantallas de sus ordenadores. Illion, el estudio que alumbró la película más cara de la historia del cine español –'Planet 51', que dispuso de 55 millones para competir de tú a tú con las grandes superproducciones norteamericanas–, está hoy concentrado en un nuevo y secreto proyecto, pero hace apenas unos meses el ambiente en este espacio era casi de juerga. “La elaboración de una película de animación no suele ser un cachondeo, pero con Mortadelo y Filemón era habitual que las reuniones acabaran entre carcajadas”, recuerda Abad.

“Aquí las dificultades las hemos resuelto con talento y entusiasmo”

Los mundos de Ibáñez imprimen carácter. El resto lo puso Fesser, que dio total libertad a los animadores para trabajar y, según reconocen en el estudio, con su sentido del humor habitual ayudó a crear un buen ambiente en el estudio que ha acabado contagiándose a la película y que ha hecho posible extraer oro de un presupuesto, inferior a los 9 millones de euros, que está muy lejos del que manejan las grandes superproducciones del otro lado del Atlántico. “Aquí las dificultades las hemos resuelto con talento y entusiasmo”, apunta Abad. “Somos más modestos que Pixar, disponemos de menos dinero, pero le ponemos más ganas y mejor humor”, añade Fesser.

Hasta Illion llegó el realizador hace dos años con la animática de la cinta bajo el brazo. “La animática es a una película de animación lo que el 'storyboard' a una de actores. Es el esqueleto de la producción al completo, donde aparecen todos los planos, secuencias y diálogos que se verán luego en la sala de cine. A partir de ahí comienza el reto de convertir esa estructura en una película de animación”, explica Fesser con tono didáctico.

Hacer una película de dibujos animados se parece mucho y no se parece en nada a realizar una de actores. “Como director, me ha recordado al rodaje de mis largometrajes anteriores, porque era yo quien decidía dónde había que poner el enfoque en cada plano, cómo debían ser las secuencias, la emoción que debía llevar cada personaje en la mirada, el ritmo de la trama… Todo lo que hace que una historia funcione depende de eso, sea cine real o animado”, señala el realizador.

Empezar la casa por el tejado

Sin embargo, Fesser reconoce que para él ha sido extraño rendirse a la hoja de ruta que marca una producción de este tipo. “Ha sido como empezar la casa por el tejado. Teníamos el resultado final que describía la animática, y el trabajo ha consistido en ir hacia atrás, llenando de vida todas esas secuencias”, explica el director. Parece una labor técnica, y lo es, “pero sobre todo es artística. Los que hacen realidad la película manejan programas matemáticos, pero usan esa información como el pintor su pincel”, subraya Fesser. 
Aquí no hay claqueta, ni 'script', ni peluqueros, ni camerinos para los actores. Pero hay programadores, modeladores, animadores, texturadores… “El modelador convierte los modelos de los muñecos en 3D, el animador les da vida, el texturador les añade color y texturas, el programador hace el 'software' que pone en marcha toda la maquinaria”, explica Javier Abad. A falta de maquilladores, hay departamentos enteros encargados de controlar las herramientas faciales que hacen que los dibujos parezca que están vivos.

Así ocurre en todas las películas de animación, pero en Mortadelo y Filemón había una dificultad añadida. “Es asombroso el nivel de detalle que tienen los dibujos de Ibáñez, y que Fesser ha querido respetar. Las producciones animadas norteamericanas suelen mostrar planos muy limpios, casi minimalistas. En cambio, las viñetas de Mortadelo están llenas de aspectos realistas: los personajes tienen arrugas, se rascan las narices, las mesas están repletas de cosas, las paredes están agrietadas… Todo eso había que llevarlo a la película, y no ha faltado”, explica el jefe de animación.

Un malo malísimo en un helicóptero con aire de Fiat 500 

La trama sumerge a los dos detectives en una trepidante persecución tras los pasos de Jimmy el Cachondo, un malo malísimo de ojos bizcos, acento argentino y actitud desenfadada que se pasea por la ciudad a bordo de un helicóptero con aspecto de Fiat 500 del que pende una bomba atómica. Entre medias, suena 'Me olvidé de vivir', de Julio Iglesias, desfilan personajes 'made in' Ibáñez, como Rompetechos, el profesor Bacterio y el Súper, entre otros, y hay irónicas alusiones a la actualidad, como el 'reality' 'Gran hermano', aquí convertido en 'Gran fulano'.

Diríanse detalles muy locales, pero la cinta hace suyas las cualidades genéticas del tebeo, que es tan español como universal. “A todos nos parece un cómic muy de aquí, sin embargo triunfa en Europa, y los alemanes creen que está ambientado en su país. En el fondo, es la historia de dos perdedores torpes y desastrosos a los que no puedes evitar coger cariño”, resume Fesser, contento de haber facturado una película que es “el sueño de todo lector y amante del tebeo”.

También se alegra de que el otro sueño, el que le asaltó hace varias semanas, lo haya tenido ahora, no hace 40 años. “Si se me aparece Ibáñez durmiendo cuando era un crío y me dice que voy a rodar una película sobre Mortadelo y Filemón, fijo que no me hago realizador”, reconoce entre risas.  

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