01 abr 2020

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Juan Echanove: "Esta vez me gustaría no fallar en mi relación porque sería horrible"

El actor madrileño interpreta y dirige 'Conversaciones con mamá' en el Teatre Goya, donde comparte escenario con María Galiana

PAU ARENÓS

Juan Echanove, retratado en el bar Banker’s del Hotel Mandarín, en Barcelona.

Juan Echanove, retratado en el bar Banker’s del Hotel Mandarín, en Barcelona. / JOAN CORTADELLAS

Juan Echanove (Madrid, 1961) es un conversador formidable. El papel de revista aún no permite el audio, y es una pena, porque cada vez que habla sobre alguien, lo interpreta. Escucharlo imitar a Juan Luis Galiardo es tan tronchante como sentimental. En el Teatre Goya de Barcelona representa y dirige 'Conversaciones con mamá', con una María Galiana que enamora. Controla el espacio y el tiempo teatral como los elegidos. La escena es su ecosistema.

Dice que ha conseguido ser feliz tras ensayos y cabestrillos, y que el dolor le ha hecho fuerte. El principio y el final de la entrevista están conectados. Porque si en el teatro charla con mamá, en la vida tuvo un monólogo con papá.

¿Cuántos años tiene su madre?

Mi madre tiene 83 años. María Galiana tiene 79 e interpreta 82. Ambas cumplen años el mismo día.

Vaya.

Sí, sí. Es una casualidad absoluta, pero en el fondo tiene algo que ver. Más allá de los horóscopos, la zona y el día del año en el que naces marcan una serie de comportamientos comunes que, de repente, son muy reconocibles. Para una pareja, para una madre con su hijo. Veo cosas de María y de mi madre muy coincidentes, mucho, mucho. Las dos son géminis. Esa doble personalidad, ese doble comportamiento. Saben esperar. No son explosivas. No te plantan cara frente a una cosa… Yo soy aries. Y yo decidí que mi personaje en la obra fuera un poco aries. Es un tío que, por ser impulsivo, demuestra que no tiene personalidad. Se le va la fuerza por la boca. Eso con mi madre real, Ángela, también me pasa. Me ha pasado desde niño. Mi madre me ha dejado explotar, explotar y explotar. Me ha demostrado o que yo no tenía razón o que quien mandaba era ella.

Esas conversaciones con Ángela, con su madre, ¿cómo son?

Mi madre es de Soria. Eso es indicativo de... Es gente curada al frío. Aunque Soria tenga mucho nombre poético, es una de las provincias más olvidadas. Mi madre vio dos veces la obra. La primera pensé: "No le ha gustado".

¿Usted se lo preguntó?

No, no. Se lo noté en la cara. Se lo dije a mis hermanos, que iban con ella: "A mamá no le ha gustado". Después ella me dijo que sí, que estaba bien, que tal y cual. Y lo dejé estar. Vino otra vez a verla, ya no era el estreno. Los estrenos le dan igual, no siente presión por mí. ¡Es de Soria! No está para tonterías. Entonces le entusiasmó. Hablé con ella: "¿Por qué la primera vez no te gustó y la segunda, sí?". Claramente la razón era que, la primera vez, se había visto ella y, en la segunda, había visto la función. No es que se hubiera visto, ¡se había buscado! Intentó ver qué había hecho yo con la figura, con la relación, qué había puesto en escena de nosotros y eso le generó "yo no me identifico con esa señora".

¿Y lo había hecho? ¿Ángela lo pilló?

No, en absoluto. En el fondo, al no encontrarse, se disgustó. Quieras que no, dentro de ese caparazón soriano, de ese caparazón duro, hay un corazón latente. En el fondo ella se sintió como fuera de sitio al no encontrarse en la función. Decidí dos cosas que no iba a utilizar. Una, mi relación con mi madre real. Y dos, mi manera de ser. Me he inventado un muñeco que tiene poco que ver conmigo.

Ha empezado hablando de ese aries impulsivo. Sí que hay algo de usted.

El carácter ese. Cuando yo vi la película ['Conversaciones con mamá', dirigida por Santiago Carlos Oves, estrenada en el 2004] estaba en Argentina, viviendo el corralito. Uno de los actores, Ulises Dumont, muy amigo, me invitó a ver la película. Pensé: "Esta película en España, en el 2004, no la podríamos hacer ni en teatro ni en el cine. Porque en España vivimos en un mundo civilizado, primer mundo, podemos entrar en el G8, crecemos al 7% u 8%, y eso de convencer a la madre de que venda la casa...".

¡Visionario!

Acojonante. La película me pareció un poco psicoanálisis. Cuando leí la adaptación de Jordi Galceran, pensé: "Esto se acerca a lo que quiero". Y todavía no era, ¿eh? Pedí permiso a Galceran para poder tocar el texto y llevarlo a algo muchísimo más vehemente. En España, nos decimos ¡te quiero! con peligro, a hostia limpia.

Como su personaje, ¿ha vivido la apariencia, aparentar ser más de lo que es?

Claro. He vivido una apariencia activa, en la que en algún momento me he podido dejar llevar por "me voy a cambiar el coche porque ya tiene cuatro años". Pero me he dejado llevar, sobre todo, de forma pasiva. Muchas veces, el rechazo a aparentar me ha generado el ser identificado como una persona sin gusto, sin sensibilidad, un tocacojones de muchísimo cuidado, que siempre está diciendo que esto es una mierda y se va a hundir. "Menudo agorero del apocalipsis, anda y que te den por culo, ya no lo llamamos para cenar. Que le cuente su rollo a otro".

¿Está exagerando?

Un poco. Es oponerse a una sociedad basada únicamente en logros económicos, oponerse de una manera entregada sin salvavidas ni protección al éxito por el éxito, oponerse a dar una imagen en los medios de comunicación que tiene más que ver con la alfombra roja que con el trabajo duro. En este país era considerado una rara avis.

¿Eso le ha costado una relación, una amistad, ha pagado un precio?

Tengo que reconocer que mis amistades son maravillosas, incluso las perdidas. No se puede pasar por la vida queriendo contentar a todos. La vida es muy larga y se pierde de todo, sobre todo, amigos y seres queridos. Haberme significado en contra de esa espuma de la vida, del aparentar, ha hecho que una parte del público haya podido considerarme un tipo pesado. ¡Que a mí me da igual! ¡Que cada cual es como es! Tengo un defecto y viene de fábrica: para bien y para mal, generalmente suelo decir lo que pienso.

Se arrebata con facilidad. ¿Cómo tiene el corazón?

Juan Luis Galiardo, que era mi hermano mayor, me decía: "Chatín, no pierdas la fuerza, coño, acuérdate de mí [imita la voz cavernosa y vacilona]". Y me zarandeaba mientras me lo decía. La última vez que lo vi con vida fue en Barcelona, en el Bar Cañete, vino a verme en la función Desaparecer. Lo acababan de operar de cáncer y, en el Cañete, lleno de gente, estábamos cenando, se levantó: "Un momento, un momento, señoras y señores, pido su atención". Y yo, aterrado. Fíjese cómo soy, pues con Galiardo vivía en estado de tensión continua.

Aterrado, decía.

Él se quitó la camisa, se quedó en bolas. "Me acaban de operar de un cáncer de pulmón y lo he superado, señora, toque, toque, vea que la cicatriz es real. Quiero compartirlo con todos ustedes y decirles que mi amigo está en el teatro. Qué mejor manera de hacer una promoción". Me identifico con esa manera de ir por la vida del que no teme perderlo todo. Galiardo murió, y murió de un cáncer que se le extendió al corazón. Esta es una vida en la que vas de un lado para otro. Afortunadamente, ya no fumo, me acuesto normalmente temprano, no se me hace de día nunca más, para las copas largas no tengo resistencia, ya no soy el corredor de fondo que fui. Y me levanto prontísimo porque de siete a nueve de la mañana son dos horas en las que tengo toda mi capacidad de trabajo aplicada a lo que sea, ahí soy una máquina, incluso de seis a nueve. Eso es lo que hace que mi corazón esté sano. Y no tengo colesterol.

Imposible.

Me llamaron de una agencia para hacer campaña contra el colesterol, me dijeron que debía hacer una prueba, fui una farmacia. Salió 104. "¡No puede ser!". Otro picotazo en el dedo, 105. Perdí la campaña.

En los años 90, lo fue todo: premios, películas, obras brutales como 'El cerdo'.

Eso te vuelve tonto.

Usted era El Actor.

Me di cuenta. Tuve un momento, duró poquísimo. Gracias a mis amigos, me di cuenta de que estaba subidito, un poco tonto. Es lógico. Han pasado 20 años, tengo 53, entonces 30 o 33. Desde que empecé a trabajar, tuve mucha suerte, mi trabajo se reconoció, empecé a ganar muchísimos premios, en cine, en teatro, en tele, maravilloso, todo fantástico. También me di cuenta de que el trabajo me lo tenía que provocar, no esperar la llamada del teléfono. En un momento dado me sentí saturado. El cerdo me dio la clave. Aquello no era una obra de teatro, era un psicodrama en presencia de los espectadores, una reflexión sobre el sufrimiento, el dolor, la explotación y la muerte brutal. Un drama en toda regla. Y una reflexión sobre la soledad en soledad. Vivía solo, vivía solo en mi casa, vivía solo en el escenario. Cuanto más me acercaba al precipicio de la soledad, de la tristeza y el sufrimiento, el espectador más lo agradecía. En el año 94, uno de esos días que llegué amaneciendo a casa, dije: "Esto se ha acabado". A partir de ahí comencé a entrar en una vida de conversación conmigo, de renovación absoluta de valores. Es la época en la que tengo a mi hijo. Y encuentro una felicidad que todavía mantengo.

Y antes, ¿creía que era feliz?

Era una felicidad prefabricada. Cuando eres bastante joven y tienes un éxito bastante focalizado es muy fácil pensar que te lo mereces.

Cuánto más reconocimiento, ¿más desgraciado?

No necesariamente, pero ya El Quijote decía que toda saturación es mala, pero la de perdices es la peor.

Su hijo Juan nació en 1997. Él forma parte de ese cambio, aunque se separó enseguida de la madre, no fue fácil.

No lo fue. Yo soy un nómada, un tío que vive de un lado para otro. Es muy difícil mantener un foco familiar, una estructura familiar, primero cuando no eres un vocacional de la familia. Aunque lo fuera, el 80% de las veces estoy fuera de mi casa.

No procede de una familia rara, tiene dos hermanos.

No, no, una familia de clase media normal. Mi padre era un ingeniero que viajaba muchísimo a Latinoamérica. Eso también me ha marcado. Yo tuve una relación tirante con mi padre hasta que se jubiló y empezó a trabajar conmigo. Desde entonces hasta que murió fue una relación de identificación tan grande, tan grande, tan grande... Entendí a mi padre en el hecho de viajar y de estar tanto tiempo fuera.

Usted tiene un hijo, y su pareja, dos. De no tener familia…

Mi hijo y sus hijos no se conocen. Nunca se sabe cuánto duran las relaciones, yo estoy tan acostumbrado a fallar. Esta vez me gustaría no fallar en mi relación porque sería horrible. He encontrado en Cuchita [Lluch, presidenta de la Academia de Gastronomía de la Comunidad Valenciana] a una mujer, aparte de estar profundamente enamorado de ella, que me contagia una alegría de vivir y un sentido positivo de las cosas que está en su ADN, y es maravilloso.

¿Falla usted siempre?

Siempre he fallado, sí. He sido un inconstante en mis relaciones. No siempre he tenido la culpa de que se hayan ido al garete, pero sí que he fallado. Siempre he sido una persona autosuficiente y he podido vivir de una manera feliz en soledad. Vivo muy bien solo. Con 53 años me encuentro mejor que nunca, y espero que dure. Incluso creo que profesionalmente me aporta una tranquilidad y un disfrutar de las cosas.

En verano vivió una pelotera en Twitter y se marchó. ¿Qué pasó?

Es que nadie me preguntó qué había pasado. Vaya por delante que creo que me equivoqué. Como siempre, el que falló fui yo. Llegué a un bar de Jávea, por la mañana, a almorzar, me senté, vino una camarera. "Mire, por favor, me va a traer usted, si puede, un vaso grande con cerveza y un poco de gaseosa. No mucha gaseosa, pero sí un poquito de gaseosa". Contestó: "Lo que viene a ser una clara, ¿no?". "Perdón, es que en unos sitios la llaman clara; en otros, clareta; en otros, no sé qué. No lo digo con el nombre porque lo que quiero es un vaso grande con un poco de gaseosa". Y ella: "Anda, lo que hay que aguantar aquí. El otro día viene uno y dice: 'Quiero un café con un poquito de leche'. ¡Pues un cortado, no te jode!".

¿Y usted?

"Mira, tráeme un vaso de cerveza con un poco de gaseosa ya, y punto". Seguí: "¿Qué tiene de comer". "Ahí tiene la carta". Mecagüenlaleche. En ese momento me tendría que haber ido. Entonces escribí un tuit: 2Qué curioso: ayer, en el bar no sé qué del mercado de Jávea, un sitio inolvidable; sin embargo, en este sitio trabaja una camarera incompetente. Con la de gente que tiene ganas de trabajar". Gran error, gran error. Me cayó encima una.. "Hijo-de-puta-hay-que-escupirte-en-la-comida". "Tú qué sabes qué es el trabajo duro". ¿Que yo qué sé qué es el trabajo duro? Como eso era imparable, se acabó.

Ha vuelto.

Sí, como blog, Un blog para comérselo.

Twitter funciona, a veces, como desahogo y venganza.

Todo el mundo tiene derecho a expresarse, con nombres y apellidos. Esos que decían: "Que te atropelle un tren y que te mueras", me gustaría saber que es Pepe-Sánchez-Rodríguez-que-vive-en-La-Alcudia. Vale, ya sé quién quiere matarme. Yo lo hice con mi nombre y apellido y me equivoqué. También es verdad que nadie, nadie, nadie preguntó: "¿Qué ha pasado?". Es la primera vez que cuento el episodio.

En el año 93, en aquel momento de oro, en una entrevista que le hice decía que las tres cosas más importantes eran, por este orden: comida, teatro y sexo. ¿Hay cambios?

Ja, ja, ja. Me mantengo. O no. Entonces aún no podía decir que lo más importante es mi hijo, eso ya está por encima de todas las cosas. Pondría delante el teatro porque es lo que a mí me permite afrontar la comida y el sexo con mucho sentido del humor y mucha tranquilidad. En el cine y la tele uno se siente manipulado, para bien y para mal.


No tiene el control.

No tengo el control. En el teatro sí, prácticamente todo está producido o coproducido por mí. Y si no está dirigido, está en manos de un director de total confianza. Luego está levantar el telón: cada noche te intentas superar una y otra vez.

Cuando murió su padre tuvo una larga conversación con él.

La clave de 'Conversaciones con mamá' está ahí. Se lo voy a decir, nunca lo había dicho: para mí esta función no es `'Conversaciones con mamá', es 'Conversaciones con papá'.

Habló dos horas.

Con mi padre muerto en casa, mandé a mi madre y a un hermano a casa de una amiga, en una urbanización en El Escorial, que es donde falleció, verano, agosto. Los del Samur levantaron el hospital de campaña en el que habían convertido el salón de mis padres, me preguntaron dónde quería que dejasen el cuerpo hasta que llegaran los del tanatorio. Les dije que en la cama de mi madre, no; que en el cuarto de al lado. Se hizo el silencio en esa casa. Mi padre estaba en una habitación, muerto. Empecé a deambular, "tengo que entrar". Empecé a hablar. Un detalle curiosísimo, que es el que me hizo conversar seriamente con él durante dos horas, es que estaba despeinado. A mi padre nunca le gustó estar despeinado. Fui al baño, cogí un peine, lo peiné, lo acomodé y comencé a hablar, a darle las gracias.

Gracias.

Sí. En el año 93, 94, mi padre se jubiló y comenzó a trabajar conmigo, a llevar mis asuntos, ya no era solo mi padre, sino mi asesor, no podía ocultarle nada. Le dio un sentido a mi vida, distinto a como era antes, a como era desde niño. Es cuando empecé a darme cuenta del valor de las cosas.

El peinarlo fue un acto muy íntimo. ¿El más íntimo?

Absolutamente. Una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en la vida. La vida me ha regalado muchísimas cosas, acceder a sitios impensables para un tipo como yo. Ser reconocido por la gente, alguien como yo, vulgar, común, como cualquier otro. Tengo la oportunidad de ejercer mi profesión, que, además, adoro. De todas esas cosas, de la relación con mi pareja, de mi hijo, de todas esas cosas, aquellas dos horas con mi padre son algo… No lo sé. Seguramente si me dijeran: "Tienes seis meses de vida. ¿Con qué te quedarías sabiendo que vas a palmar?". Con esas dos horas.