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Llega 'La isla mínima', la mejor película española del año

Entrevista con Javier Gutiérrez, Raúl Arévalo y Nerea Barros, los protagonistas de este 'thriller' asfixiante ambientado en el sur

La película, tras su paso por el Festival de San Sebastián y con la alabanza unánime de la crítica, llega a la cartelera este viernes

KINO VERDÚ

Los protagonistas de La isla mínima

Los protagonistas de La isla mínima / LUIS RUBIO

Juntos, revueltos y lo que haga falta. Nerea Barros ('Tiempo entre costuras') es una gallega morena, de cuerpo menudo y voz dulce-ronca y grave. Ella es Rocío, la madre de dos niñas desaparecidas que activan la maquinaria de La isla mínima. Javier Gutiérrez ('Águila roja'), barba de dos días, transmite tranquilidad (para eso es el mayor de los tres) y calidez. Interpreta a Juan, un policía con un pasado turbio, sórdido, que escupe sangre y apura hasta el último trago. Raúl Arévalo ('La gran familia española') muestra con orgullo sus bíceps y su delgadez. Ha empezado a ir al gimnasio y, claro, se encuentra en ese feliz estado de fibrosa tonificación. Es Pedro, el compañero poli de Juan, un tipo centrado, combativo, que echa pestes de las viejas costumbres del cuerpo. Porque 'La isla mínima', que se estrena el próximo viernes tras su paso por el Festival de San Sebastián, dirigida con el contundente pulso y oficio de Alberto Rodríguez ('7 vírgenes', 'Grupo 7'), está ambientada en 1980, en una sociedad que aún mama del viejo régimen. En un paraje andaluz desolado desaparecen dos niñas. Y dos policías enviados desde Madrid se enfrentan a una atmósfera brutal, agobiante, cruda, oscura. Un 'thriller' que da mucho que hablar con dos refrescos de cola (Nerea y Raúl) y una cerveza (Javier).

El filme habla de un lugar asfixiante, de una España muy profunda.


Javier: Es que esa España existe. Es una España muy negra, que nos retrotrae a los años 80. Y es cierto que 'El Caso' ya no es el periódico más leído [y ni siquiera existe], pero sigue habiendo una España así, con casos cercanos como el de José Bretón, o la niña asesinada por sus padres en A Coruña. Y lo que antes se llamaba crimen pasional ahora es violencia de género. La cuestión es que muchas mujeres siguen muriendo a manos de sus parejas.


Raúl: Es una película de género puro, más que las que ha hecho Alberto Rodríguez hasta ahora. Aunque está ambientada en los 80, es muy actual porque al final está contando nuestra historia. Yo voy al pueblo de mis padres, en Segovia, y hay algo de lo que se respira allí que..., atmósferas similares a la de esta película, de cazadores, de escopetas, de raíz.


Nerea: Sobre todo es la impunidad, el hecho de que ha habido un momento en España en el que, si tenías poder, podías matar o violar impunemente. Esto aún sigue y no somos conscientes.

¿Todavía hay caciques? ¿Quiénes son?

Javier: Siguen siendo iguales, lo que pasa que ahora huelen a Armani y van con trajes muy caros y en coches oficiales, que es lo más tremendo, porque los caciques de antes no trabajaban para el Estado. Hay muchos caciques y los ciudadanos los hemos puesto ahí, con nuestros votos, en la poltrona.


Raúl: La diferencia es que en esta película se tapa y se tapa, y ahora no hace falta tapar. Bueno, tampoco tapan tanto [Javier se ríe]. A políticos como Esperanza Aguirre les haría falta un poco de dirección de Alberto Rodríguez. Ahora da igual. Pueden soltar la mayor mierda delante de una cámara o estar metidos en la corrupción más grande que al final, como vemos cada día en los periódicos, no pasa nada. Lo jodido es que antes, en otras épocas, pasaba igual pero por lo menos, aunque sea un matiz tonto, se tapaba, casi era más elegante. Ahora parecen malos de película de serie B.


Nerea: El ser humano tiene muchas facetas, y una de ellas es una muy oscura, alimentada por el poder y por el ego. La política significa eso: poder y mover dinero. Ahora mismo, en España, por desgracia, si estás arriba y robas mucho, no pasa nada. En cambio, si alguien normal roba mucho menos, es castigada sí o sí. Es algo extraño que creo hemos heredado de una mala gestión histórica.

De los años 80, ¿recuerdan algo?

Raúl: Yo nací en el 79.
Nerea: Yo en el 81.
Javier: Yo en el 71, soy un poquito más mayor que estos dos pimpollos. Me crié en Ferrol, cuna de Franco. Recuerdo haber estudiado en un colegio de curas en el que había una impunidad absoluta en cuanto al castigo físico: se pegaba con la mano abierta, con cañas de bambú, se tiraba de las patillas, los castigos eran realmente crueles. A día de hoy sería impensable que un maestro le ponga la mano encima a un chico o una chica. Y recuerdo que esa violencia se palpaba, había mucha crispación en el ambiente. No era consciente, pero aún después de morir Franco aún había reminiscencias de ese mundo oscuro y cruel.

Es difícil simpatizar con sus personajes.

Nerea: Es que la gente de ese sitio es muy cerrada. Claro, vienen estos de Madrid a meter mano y ellos quieren proteger lo suyo. Alberto [Rodríguez] trabaja desde la contención. En la mirada de Javi se produce una transformación brutal desde que llega hasta el desenlace. En Raúl hay otra mirada que también evoluciona.

Raúl: Más allá de que sean más o menos secos o de que sea una comedia o un drama, lo importante es que los personajes sean muy reconocibles, eso es lo que engancha en las películas. Ves a tu tío, a tu abuelo, al del pueblo, al del barrio, hay algo en esas caras, en esa forma de hablar, que al final reconoces.

Javier: Es muy difícil crear empatía en un universo en el que reina y se respira la violencia, la ira, la desconfianza, el miedo. Todos son víctimas de ese pueblo y de lo que pasa allí.

¿Ustedes empatizaron con sus personajes?

Nerea: Yo he tenido que empatizar, y mucho. Mi personaje es una madre: puro sacrificio, pura obsesión por salvar a sus hijas. Para interiorizar esos sentimientos y esas miradas he tenido que pensar en mi madre y en mi abuela a partir de todo lo vivido desde pequeña. También trabajé en un hospital como enfermera, en la UCI de pediatría, y observé a muchos padres ante momentos cruciales de sus vidas, donde lo que cuenta son sus hijos.


Javier: Hombre, creo que todos tenemos un lado oscuro, todos tenemos una cara b en nuestra vida. Pero mi personaje en concreto es demasiado oscuro, esconde muchas cosas, aunque sí comprendo de dónde le viene el dolor. Está tan lleno de miedo, ira y soledad como otros habitantes de 'La isla mínima'.


Raúl: En mi familia, que es de un pueblo muy pequeño, he visto el dolor que ha provocado cosas que han pasado, pero la forma de mostrarlo es muy curiosa: años de tapar y tapar y tapar. Y eso es lo que se respira en la película.

Entre los actores, ¿también se mastica resignación y desesperanza?


Javier: Resignación, jamás. La lucha del cómico, del creador, del actor, del director es estar siempre en pie de guerra. Ya sea a través del cine, del teatro, de la televisión quizás menos, o de cualquier expresión artística, uno tiene que ponerse siempre en contra del poder, o por lo menos criticarlo. Hay una cruzada contra el mundo del cine, de los actores en particular, y del arte en general, que no sé hacia dónde nos va a llevar, pero un pueblo sin cultura es un pueblo muerto, sin libertad. Creo que los que nos gobiernan están muy equivocados.


Nerea: La cultura es uno de los pilares de un país, es lo que nos define, lo que hemos mamado. Y ahora mismo solo se trabaja para tapar cada vez más y para construir unos espacios de cultura encasquetados y duros. Y debería ser justo lo contrario: tener libertad de expresión, poder equivocarte, criticar cualquier mala praxis del poder... No llamaría resignación a lo que hay ahora, pero sí tristeza al comprobar que hay niños que no tienen o no saben qué hacer, con las hormonas a mil por hora y mogollón de energía, y que solamente ven la tele o juegan a videojuegos porque no tienen espacios que les permitan desarrollarse, construirse por dentro. Y es un error, porque la cultura puede dar mucho dinero si está bien gestionada.

Si no fuera por las series, ¿cómo pagarían el alquiler?


Nerea: No lo pagas.
Raúl: Ni con las series.
Javier: Existe la idea generalizada de que los actores vivimos de puta madre, que estamos como en un estadio superior al del ciudadano. Y eso es completamente irreal, no sé quién ha vendido esa moto. Bueno, sí lo sé. Un 70% de la gente de nuestra profesión está en el paro más absoluto, sin trabajar, no ya desde hace meses, sino años. Y del 30% restante, solo el 8 o el 10% lo hace de forma regular. Los ciudadanos tienen que conocer el estado tan lamentable en el que está nuestra profesión y cómo los políticos no dejan de castigarla permanentemente con medidas vergonzantes. No quiero dar la matraca con el IVA cultural porque se ha dado demasiado, pero es un tema escandaloso.

¿Cómo se puede ser combativo hoy en día?


Raúl: Cada uno con las armas que pueda, yo ahí no juzgo a nadie, pero sobre todo con el trabajo. Un artista, sea de la rama que sea, tiene que remover conciencias, aunque suene a tópico, y estar en la lucha ideológica que él considere, día a día. Eso es lo más efectivo y lo que está en nuestras manos.


Nerea: Haciendo temblar a los espectadores de la manera que sea y que ellos se identifiquen con lo que estás diciendo, que lo sientan. Por esto es por lo que yo me dedico a esto. Uno debe ser fiel a lo que cree y a lo que quiera defender, sin juzgar. La generosidad es fundamental: un actor, un creador llega al espectador cuando se abre en canal.

En Francia consideran su cine como algo muy propio. ¿Que nos falta para llegar a eso?


Javier: Chovinismo, como los franceses. ¿Por qué nos sentimos orgullosos de una selección española cuando gana el mundial y a la cultura se le da tan poco importancia? Con la de genios que ha dado este país y los que podemos seguir teniendo... El cine español está muy denostado. Está maltratado y criticado por gente como, por ejemplo, Cristóbal Montoro, que ni siquiera es ministro de Cultura, y al que, por cierto, no le he visto quejarse ahora de la recaudación que ha conseguido 'Ocho apellidos vascos'. Fuera se admira y se reconoce el trabajo de profesionales del cine como Javier Bardem, Isabel Coixet, Pedro Almodóvar, Fernando León de Aranoa, Alberto Rodríguez y tanta gente que traspasa fronteras. Y aquí nada de nada. Es el mal endémico del español, ser cainita por naturaleza. Y no vamos a cambiar. Me crispa mucho.

La piratería, ¿es una simple anécdota?


Nerea: Es un factor más, pero ojalá nuestro problema fuera solo ese. Es nuestra educación cultural, con esa picaresca del Lazarillo de Tormes que tenemos tan integrada... Yo discuto cuando viene un fontanero a mi casa y me dice: “Esto es precio con IVA, y este sin IVA”. Mire, no señor. Es el futuro de este país con lo que estamos jugando. Esa picaresca está en cada español: si no me lo llevo yo, se lo lleva otro. Y en la cultura, como no la respetamos, no la consideramos un bien superior. No somos conscientes de que es necesario pagar aunque sea dos euros por ver una película. No hay una empatía real entre el creador y el espectador. Esa unión a muerte solo se produce con el fútbol. Y debería ser en todos los ámbitos.


Javier: Estando los sueldos como están en este país, y al precio que ponen las entradas, entiendo que la gente piratee para poder acceder a las películas, a la música o a los libros que le interesan. Es el Gobierno el que debería bajar los precios. Lo de la piratería se me escapa.


Raúl: Claro que nos afecta, pero es un asunto muy complicado. Internet es el futuro, nos guste o no, y hay que saber adaptarse. Con esto no quiero decir que apoye la piratería, ni mucho menos, pero creo que deberían desarrollarse formas más sencillas y baratas para acceder a contenidos. No te puedes agarrar a que la piratería es el gran cáncer del cine.

¿Recuerdan por qué un día decidieron ser actores?


Raúl: La verdad es que en mi caso no lo recuerdo muy bien... Yo tendría 16 o 17 años y ya grababa con la cámara a mis compañeros de instituto, a mis vecinos, a mis amigos. Un día me apunté a un curso de teatro y después me puse a estudiar, a hacer teatro, pero no recuerdo exactamente cuándo se produjo ese clic. Siempre pensé que estudiaría Comunicación Audiovisual o algo así. Pero probé lo del teatro y me gustó.


Nerea: Aunque suene a tópico, desde pequeñita había algo, como un gusanillo por dentro, que me revolvía. Me pasaba todo el día en mi mundo interior, creando historias. A medida que fui creciendo ir al teatro o ponerme delante de una cámara era algo que me fascinaba. A los 15 años hice la primera peli, de protagonista, 'Nena'. Luego no he vuelto a ser protagonista [risas]... Y me di cuenta de que, a pesar de que me podía en muchas ocasiones el miedo y la vergüenza, poder actuar era alucinante. Recuerdo sentir de repente que había encontrado mi camino y que tenía que trabajar en esto. Ahora me levanto por las mañanas para ir a un rodaje y pienso: “¡Qué guay!”.


Javier: Es como el cura que va a misa, una vocación… Los espectadores no saben que los actores, la mayoría al menos, somos unos grandes tímidos. Yo, de hecho, comencé en la interpretación para vencer una timidez enfermiza y a día de hoy me sigo encontrando mucho más a gusto en la piel de un personaje que en la mía propia. Y en esas estoy, en esa lucha. Para mí, actuar es terapeútico.

El ego de los actores, ¿es real o es leyenda?


Raúl: Yo tengo un ego enorme... [risas]. Es fundamental. Pero todos lo tenemos. Y es necesario quererse, en esta y en todas las profesiones. ¿Luchar contra eso? Sí, bueno, contra la parte mala del ego. Pero forma parte de uno, como creador y, sobre todo, como persona. La cuestión es intentar que ese lado oscuro no juegue en contra de tu trabajo y del de los compañeros. 

Javier: Si por mi fuera, me haría invisible en los estrenos, no haría promoción, desaparecería, lo paso muy mal. Sudo mortadela [risas]. Pero también es muy satisfactorio cuando sabes que lo has hecho bien delante de la cámara.

Nerea: El ego es algo común a todos, algo que tenemos todas las personas. La parte mala es que si está descontrolado y es con lo único que te mueves, no te deja vivir. Pero la parte buena como actriz es que si lo controlas a nivel de creación puede actuar como un cohete.

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