29 mar 2020

Ir a contenido

Andre Agassi: "Que tengas mucho no significa que ames tu vida"

En su biografía, 'Open', recorre el viaje que le llevó de odiar el tenis a agradecerle todo lo que tiene hoy

INMA MUÑOZ

Andre Agassi. Foto: Michel O’Neill

Andre Agassi. Foto: Michel O’Neill

El partido que Andre Agassi ha jugado con la vida empieza en el patio de una casa de Las Vegas, una casa en medio de la nada, pero rodeada de un terreno lo suficientemente grande como para albergar una pista de tenis de medidas reglamentarias. El saque que pone a contar el marcador no lo sirve un humano, sino un dragón, que es como el niño de 7 años que sostiene con esfuerzo una raqueta ve a la máquina infernal de lanzamiento de obuses amarillo fosforito que ha ideado su padre, Mark Agassi, un armenio nacido en Irán y trasplantado a Estados Unidos que tiene muy claro en qué consiste el sueño americano: en que alguno de sus cuatro hijos se haga de oro jugando al tenis. Tras haber fracasado con los tres mayores, Rita, Philly y Tami, vuelca todas sus ambiciones en el pequeño: Andre.


Así que ahí está él, solo frente a ese cacharro que escupe pelotas a 180 kilómetros por hora deseando lanzar la raqueta al suelo para ir a jugar con sus hermanos, pero temiendo enojar a ese hombre que solo le exige una cosa: que devuelva 2.500 pelotas al día, 17.500 a la semana, un millón en un año, para llegar a ser el número uno.


Al saque, el dragón. Al resto, un niño con el hombro dolorido y un solo pensamiento: odio el tenis. 

Ese niño es hoy un hombre de 44 años que contesta al teléfono desde su oficina de Las Vegas para hablar de su autobiografía, Open, que llega mañana a las librerías españolas, cinco años después de haber sacudido las norteamericanas con unas revelaciones que hicieron trastabillar el mito.

Mi padre me impuso el tenis


“Odiaba el tenis, sí. Y lo odiaba porque nunca fue mi elección. Primero, mi padre me lo impuso, horas y horas de tenis; después, hizo que me mandaran lejos de mi casa, y más adelante, cuando yo aún andaba buscándome, intentando entenderme a mí mismo, puso sobre mí el foco y todo el mundo me decía quién era yo, mientras yo me sentía completamente desconectado de mi vida”, resume.

Por eso, el primer set de su existencia acabó en derrota. Aplastante. Los primeros juegos prometían, por sus condiciones innatas para jugar al tenis y su descaro en la pista, que le dieron las primeras victorias con solo 8 años, pero pronto constató algo: que había interiorizado de tal modo la exigencia de perfección de su padre (“No es que la perfección sea la meta en nuestra casa, es que es la ley. Si no eres perfecto, eres un perdedor. Un perdedor nato”, escribe en su biografía) que nunca más temería sus gritos o su decepción. Jamás sería más duro que él mismo. En ese momento, su oponente, la vida, empezó a darle la vuelta al marcador.


Le ganó el primer juego cuando su padre descubrió en televisión la academia de Nick Bollettieri, en Florida, un centro para formar a futuras estrellas del tenis con métodos de campamento militar al módico precio de 12.000 dólares al año. Como apenas disponían de 3.000, Andre pensó que solo tendría que aguantar tres meses lejos de los suyos, comiendo rancho y durmiendo en barracones. Pero se equivocaba: cuando Bollettieri le vio jugar, llamó a su padre y le dijo que no se preocupara por el dinero, que ese hijo suyo era un filón y que él lo iba a convertir en estrella. A coste cero, claro: ya le llegarían a él también los beneficios. 

De nuevo alguien decidía por él, y esta vez no llevaba ni su sangre. La repuesta de Agassi fue un estallido adolescente. Alcohol, porros, un pendiente y una cresta de mohicano, teñida de rosa. Con su aspecto grita su desesperación, también dentro de la pista: la final de un torneo en Pensacola, en el que representa a la academia, la disputa con unos tejanos viejos, los ojos pintados y su pendiente más llamativo. Bollettieri le castiga por su irreverencia, pero cosecha fans entre sus compañeros. Y eso le importa mucho más.


Tiene 14 años, ha entrado en el ranking de la ATP con el número 610 y ha logrado librarse de la escuela, a la que nunca ha hecho mucho caso. Tal vez odie el tenis, pero no le queda más remedio que buscar ahí su futuro, ya que él mismo se ha cerrado cualquier otra puerta. A los 16 da el paso de convertirse en jugador profesional. “Ya no hay marcha atrás (…) Me siento como si acabara de meterme en una carretera larga, muy larga, que parece descender hasta un bosque siniestro”, relata en el libro.

¿A qué se habría querido dedicar, entonces? Esa pregunta pone sobre la mesa lo que ha sido mi mayor frustración. "No lo sé. Creo que para saberlo necesitas haber tenido la experiencia completa del recorrido de un niño, y eso incluye la educación. Es a través de esta experiencia como uno gravita hacia su destino. Qué habría sido sin el tenis es algo que nunca sabré".

Un partido ante John McEnroe en Stratton Mountain (Vermont) le pone en el mapa. Pierde con claridad, pero el as de la raqueta dice a la prensa que jamás nadie le había devuelto una pelota con tanta fuerza. Ya tiene el aval de un grande. Y, con él, la atención mediática y del público, y más de un contrato publicitario sustancioso. Enseguida llega la primera gran victoria, 90.000 dólares como campeón de Itaparica (Brasil), que le permiten comprarse un coche. Juego para Agassi. 

Los problemas con su calvicie

¿Juego para Agassi? El foco le apunta directamente, y su potente luz blanca no es siempre favorecedora. La prensa se ensaña con él. Con su pelo, con sus atuendos coloristas, con su voluntad de debutar en el templo de Wimbledon con tejanos. Con el hecho de que tenga una legión de fans sin haber ganado ningún premio importante. ¿Por qué tanta inquina? “No puedo hablar de las razones de todos, pero, para mí, muchas de esas críticas eran merecidas. Había muchas inconsistencias en mi vida, así que nadie entendía hacia dónde iba, ni siquiera yo. Comprendo que muchos pensaran que no era honesto, o que daba más valor al espectáculo que al deporte”, dice.

En cambio, usted asegura que con su ‘look’ pretendía esconderse, pasar inadvertido. ¿De veras? Sí. Estaba en un lugar en el que todo el mundo me veía y me pedía que me explicara. Y si no hubiera sido una persona tan vulnerable, habría explorado con la gente los aspectos de mí que desconocía. Creo que la mejor manera de esconderte cuando no estás seguro de ti mismo es fingir que eres otra persona. Y eso hacía yo con mi imagen: llamaba la atención, pero la desviaba lejos de lo que me daba más miedo, que era lo poco que me conocía a mí mismo.

Malas actuaciones

Los éxitos, como haber sido seleccionado para el equipo estadounidense de Copa Davis con solo 18 años, se combinan con malas actuaciones como la que tuvo en ese mismo torneo un año después y con encontronazos con la prensa, y hasta con el público, por alguna respuesta airada. Nick Bollettieri, su representante, ha firmado un contrato con una nueva marca de raquetas y ya no puede jugar con la Prince a la que estaba acostumbrado. Su juego se resiente, y se suceden las derrotas frente a sus compañeros de generación, a muchos de los cuales esperaba ganar sin despeinarse: Michael Chang, Pete Sampras, Jim Courier.


Cada uno de ellos había anotado un juego contra él en un marcador que lo conducía rápida y dolorosamente a la derrota en ese primer set vital, pero es Courier el que tiene el punto definitivo. Cuando le gana la final de Roland Garros, en 1991, Agassi aplica el látigo consigo mismo: no tiene madera de campeón. Todos sus compañeros de promoción han ganado un Grand Slam antes que él. Chang, Sampras, ahora Courier. Tiene que renunciar a ese deporte que le convierte en perdedor. 'Set ball' para ese oponente inexorable que es él mismo.

Por fortuna, los partidos importantes tienen al menos tres sets, y no es tan fácil tirar la toalla. Andre tiene que seguir compitiendo porque la competición es su vida. La vida. Como cuando era niño, no tiene más opción. Haber contratado a Gil Reyes como entrenador dos años atrás empieza a dar frutos. Con él no solo ha ganado 4 kilos de masa muscular: también ese padre cariñoso que nunca tuvo.


Aunque este segundo set empieza con tropezones. Como haber mirado a cámara en un anuncio de Cannon para decir: “La imagen lo es todo”. Él, que tiene que andar luchando contra el mensaje de que es todo fachada. Él, que sujeta con la cinta un postizo con el que sustituye el pelo que se le va cayendo. Él, que disputó la final de Roland Garros de 1990 más pendiente de que ese postizo no se moviera que de su juego. El postizo se había roto y no se atrevió a salir sin su falsa melena salvaje. “Cierro los ojos y casi me parece oír las carcajadas. Y sé que no podré soportarlo”, confiesa en Open.

¿Ha exagerado este tema en el libro para desmitificar su imagen? No, lo cuento como lo sentí. Mi pelo fue una fuente de dolor y de preocupación en mi vida. Y, a la vez, un símbolo de mi futuro. Representaba cómo veía yo las cosas: que todo lo bueno que me pasara dependería de cómo me percibiesen los demás. Eso me desgastaba mucho y me robaba mucha energía en la pista.

Tal vez cuando empezó a quitarse el postizo en algunos partidos, disimulando la pérdida de volumen con una cinta más ancha, empezó a sumar los juegos que conducirían a la primera bola de set a su favor: la final de Wimbledon de 1992. Wimbledon, el torneo en el que se había sentido rechazado, era el que lo iba a catapultar a la cima. Su rival, Goran Ivanisevic, tenía un saque aún más letal que el del dragón de su infancia, pero los millones de pelotas devueltas a esa fiera le habían proporcionado un resto ganador que, ese día sí, fue capaz de sacar.


Cuando descolgó el teléfono de la casa familiar de Las Vegas, Mike Agassi solo dijo una cosa: “No tenías que haber perdido el cuarto set”. No pudo pronunciar ni una palabra más. Las lágrimas no le dejaban hablar. Andre supo que, aunque no lo dijera, aunque se volviera a quedar petrificado si intentaba abrazarlo, su padre estaba orgulloso de él. “No puedo culparlo por no saber cómo decir lo que lleva en el corazón. Es la maldición de la familia”, escribe. Set para Andre.

Bailar con Steffi Graf

La victoria en Wimbledon llevaba aparejado –además del salto al pedestal en la prensa, tras años de estar en galeras– un triunfo que Agassi anhelaba secretamente: bailar con la ganadora de la final femenina, Steffi Graf. “Me enamoré de ella desde que la vi concediendo una entrevista en una televisión francesa”, confiesa en su autobiografía. Pero la vida no estaba dispuesta a permitirle empezar el tercer set con esa ventaja anímica. El torneo más apegado a las tradiciones decidió abolir justamente esa porque a algunos de los ganadores les incomodaba. Probablemente Graf, con fama de reservada, fuera una de ellos. La nueva esperanza de Agassi de acercarse a la campeona alemana, tras no haber obtenido ninguna respuesta a una nota que le había hecho llegar en Roland Garros, se evaporaba. 

Reanudaba el partido con 1 juego a 0 en contra, y a la decepción de que se esfumara su amor platónico tuvo que sumar otra: que se esfumara también el real. Wendi, su primera novia más o menos formal, le decía adiós. 2-0. Y en lo deportivo también había bajas. En una página del 'USA Today' lee que Bollettieri le ha dejado. Ya no tiene representante. 3-0. Ha de tomar medidas o su equipo pronto estará menos poblado que su cabeza. 

Su amigo del alma, Perry Rogers, acude al rescate. Será su nuevo representante, y le ayudará a buscar un entrenador, uno de verdad con el que consagrarse en la cima. Tiene candidato: el extenista Brad Gilbert. Sus credenciales no acaban de convencer a Agassi, pero su discurso sí: “Tú siempre intentas ser perfecto, y siempre te quedas corto, y eso te jode la mente”, le dice. Y da en el clavo. Su fichaje no solo es el 3-1: es el revulsivo que necesita para volver a luchar por el partido.


La boda con Brooke Shields

El otro fichaje fundamental para seguir sumando juegos viene también de la mano de una amiga. Lyndie, la esposa de Kenny G., le habla de una mujer a la que ha conocido que es perfecta para él: Brooke Shields. ¿Por qué le resulta familiar ese nombre? Tal vez porque Perry, diez años antes, la vio en una revista y fantaseó con la idea de que un día Andre fuera campeón de tenis y se casara con la novia de América. Lo primero ya lo ha conseguido. Ahora irá a por lo segundo. 3-2.

La victoria en el Open de EEUU de 1994 (3-3) le da la confianza para hacer lo que tanto ansiaba: deshacerse del postizo y raparse el pelo (3-4). El Open de Australia de 1995 lo ganará ante su máximo rival, Pete Sampras, pero también ante un rival más pernicioso para él: su complejo. “Yo lo recordaré como mi primera victoria como calvo”, escribe (3-5). El punto de set llega poco después: tras volver a ganar a Sampras en Key Biscayne, se corona líder de la ATP. Ahora sí que es el número uno. Va ganando a su destino por 2 sets a 1, pero, contra lo que esperaba, y contra lo que le cuenta a la prensa, no siente nada. Y eso no es un buen presagio para el cuarto set.

La rabia es un motivador excelente, capaz de llenar el vacío. Pero ¿durante cuánto tiempo? El verano de 1995 es, para Agassi, “el Verano de la Venganza”. Todo empieza con unas palabras de Boris Becker a la prensa en las que le tacha de mimado por el circuito y de elitista. Una declaración de guerra a la que él responde con una racha de 26 victorias consecutivas que frena Sampras en la final del Open de EEUU. Y ahí empieza el declive. Se impone el vacío.


La relación con Brooke avanza, como tantas cosas en su vida, por inercia, casi por obligación. Las derrotas se suceden y pierde hasta las ganas de jugar. Solo en los Juegos de Atlanta de 1996 encuentra la motivación suficiente para colgarse el oro, pero la vuelta a la normalidad le sumerge de nuevo en la apatía. Y entonces da un paso fatal: su amigo y asistente, Slim, le propone colocarse con metanfetamina de cristal. Y lo hace. Quiere evadirse de sus zozobras, de su mal juego, del bodorrio inminente con el que espera afianzar una relación que cojea. Pero únicamente cae y cae por un precipicio que no solo lo lleva a perder el cuarto set, sino que está a punto de hacer que lo echen del partido: la ATP le comunica que ha encontrado trazas de la droga en su orina, y que si no da una explicación convincente será sancionado. La vergüenza le puede y alega que la consumió sin saberlo. La ATP le cree y archiva el caso.

¿Le ha servido este libro como redención por las mentiras que ha explicado durante su carrera? Me ha servido para entender mi vida. Eso me interesaba más que el libro en sí. Fue mientras lo escribía cuando me di cuenta de que le podía servir a otras personas y decidí publicarlo. Mi esperanza, además, es que, tras compartir conmigo este viaje, la gente me entienda mejor.

Rafa Nadal, uno de los mejores

Entre esa gente deben de estar también los tenistas que le afearon la confesión de su engaño a la ATP. Rafa Nadal fue uno de ellos. Con él se cruzó por primera vez en Montreal, en el 2005, y le impresionó su juego. “Nunca había visto a nadie moverse así en una pista de tenis”, escribe en Open. “Creo que es, sin discusión, uno de los mejores jugadores de la historia, por su concentración, su competitividad, su condición física –se reafirma–. Nada de lo que ha conseguido, y lo ha logrado en la era más impresionante del tenis, se debe a la suerte: todo es fruto del trabajo. Y sus colegas lo respetan, los medios lo respetan, el público lo respeta y siempre tiene tiempo para ellos. Solo desearía que hubiera leído mi libro antes de juzgarme, porque creo que su opinión habría sido distinta de haber conocido cómo habían sido las cosas”. El manacorí declaró que Agassi debería haber sido castigado en su momento, y que esa confesión a destiempo, una vez ya retirado, solo hacía daño al deporte.

Pero esa confesión, ese libro, es fundamental en el quinto set del partido vital de Agassi. El set del divorcio de Brooke Shields, doloroso pero liberador. El set del resurgir de sus cenizas empezando de nuevo desde abajo, desde el puesto 141 del ranking al que cayó en 1997 hasta el número 1 que recuperó en 1999 y de nuevo en el 2003, con 33 años. El set de la puesta en marcha de su fundación, centrada en la educación de los niños de los barrios pobres, a la que hoy dedica buena parte de su tiempo. El set de la conquista, por fin, de Roland Garros, en el 2001. El set, sobre todo, de la conquista de su particular Roland Garros: Steffi –para él Stefanie– Graf.

Su boda con Stefanie [en el jardín de casa, con sus madres como únicas invitadas y cuatro días antes de que naciera el primer hijo de la pareja, Jaden] está en las antípodas de su boda con Brooke Shields. ¿Refleja lo diferentes que han sido estas dos relaciones en su vida? Refleja cómo he cambiado yo, y quién es Stefanie. No juzgo a Brooke. O, si lo hago, me juzgo más severamente a mí mismo, y creo que la persona que estuvo con ella es la parte desafortunada de mí. Con Brooke me pasó como con mi vida en aquella época: no me sentía conectado, pero me resultaba más fácil autoengañarme que ser honesto conmigo mismo, con lo que de verdad sentía.

Por fin está viviendo, pues, la vida que quería. Sí. Y es una bendición. Estoy muy agradecido al tenis por esta oportunidad.

Reconciliado con el tenis

Al fin y al cabo, el tenis le ha proporcionado su familia y su dinero. ¿Se ha reconciliado con él? Desde que a los 27 años toqué fondo y cogí las riendas de mi vida y volví a empezar de cero, mi valoración del tenis se fue equilibrando. Stefanie ha sido lo más grande que me ha dado, y ella me ha ayudado a apreciar mejor cuánto me aportaba. He aprendido que el hecho de que tengas mucho no significa que ames tu vida. El tenis me daba mucho, pero me creaba tanta confusión que no podía disfrutarlo. Entonces me dio a mi mujer, a mis hijos, y entendí que había renunciado a mi infancia por la de ellos. Y ahora, cuando miro atrás, veo el tenis como un gran regalo. 

¿Su equilibrio actual es su mayor victoria, el éxito real? El éxito real es ver a los niños educados en mi fundación llegar a la universidad y volver a su comunidad para transformarla. Tomar el camino en la dirección correcta cada día: eso es una vida exitosa.

¿Ha podido por fin abrazar a su padre? Sí, ahora lo hacemos de forma regular. Los dos hemos aprendido mucho.

Agassi dejó el tenis en el 2006, a los 36 años. Con esa edad ya no puede dar esquinazo a las lesiones y hasta su padre, tras un partido agónico en el Open de EEUU contra Marcos Baghdatis, le suplica que se retire. Lo apea de las pistas otro B. Becker: Benjamin Becker. Pero esta vez las circunstancias son muy distintas: pelota de juego, set y partido para Agassi.