Conozca a Pedro García Aguado como la palma de su mano

Le leemos la mano al exwaterpolista, que antes de ser el 'Hermano mayor' de Cuatro era el pequeño de tres hermanos

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ANA SÁNCHEZ / Barcelona

DE ANTEMANO

Antes de convertirse en 'Hermano mayor' (lleva siete temporadas en Cuatro), era el pequeño de tres hermanos. Pedro García Aguado. Toto, para familia y amigos. Hay que rebuscar en bolsas por su casa para descubrir sus medallas olímpicas. Exdeportista de élite con autobiografía en las estanterías de autoayuda ('Mañana lo dejo'). Su currículo tormentoso empezó con la separación de sus padres. Una “separación complicada”. A los 12 años, su madre se fue de casa, su padre se quedó sin trabajo. Pasó de un colegio de uniforme a otro en el que “te daban de hostias nada más llegar”, recuerda. Con 18, saltó a un cuento de hadas con chándal: waterpolista con medallero de oro. 17 años de éxitos con el agua al cuello en la piscina; 14, con el agua al cuello en tierra, enganchado al alcohol y a las drogas.

Ahora tiene 45 años. “Es como si tuviera 11”, dice él. Son los que lleva limpio. Dirige el Centro Psicopedagógico Tempos en Barcelona y es promotor de aprenderaeducar.org (entrenamiento para padres). Después de firmar tres libros terapéuticos, se ha atrevido con la novela: 'Cuaderno de rebeldes' (Plataforma Editorial). Ficción también con moraleja y acné.

Habla de sí mismo como si diera la lección. Se nota que ha pasado por muchas terapias. Responde garabateando un folio. “Así ordeno las ideas”, se justifica. Al exwaterpolista hay que buscarlo en tierra. “Yo no juego con el agua”. Cabezota. Superviviente. Su primera mujer le suele decir que tiene una flor en el culo. “A veces pienso una cosa y se me concede”, jura.

VIDA

Ha sido campeón del mundo y oro olímpico de waterpolo.

Sí.

Está cómodo con el agua al cuello.

Me gustaría no tenerla tan en el cuello. Pero sí que es cierto que en aquellos momentos me movía como pez en el agua.

Mide 1,92.

Sí.

¿Está a la altura?

No, siempre hay que mejorar. 

Ya ha dejado de ponerse gatos en la cara.

Sí [sonríe]. Ya no tengo que excusarme cuando no voy a algún sitio. Porque suelo cumplir.

Es alérgico a los gatos.

Acabas un entrenamiento y al día siguiente hay un entrenamiento fuerte, pero se ha montado una fiesta a la que no quieres faltar. Cuando se te hacen las 7 de la mañana, empiezas a pensar: “¿Por qué vine?”. Pero ya es tarde. Y decides que no quieres pasar vergüenza rompiéndote en el entreno.

Y te pones un gato en la cara.

Te pones un gato en la cara. Un pensamiento muy inteligente para evitar ir al entreno. Toco un gato y se me inflama todo.

Llegó a beber en la cena 2,5 litros de alcohol.

Y más [susurra]. Yo al final me tiraba dos y tres días bebiendo. Por eso tomaba cocaína. Yo me considero más alcohólico que cocainómano.

Lo fue durante 14 años.

Lo soy, lo soy. Lo sigo siendo, pero ya no consumo. 

Lleva 11 años limpio.

Sí, sí. Limpio de verdad. 

¿Su momento más kamikaze?

Cuando me repescaron para la selección, en 2003. Entrené dos días y fui a una cena de equipo. Yo ya sabía que la iba a liar, pero me daba igual. Me daba igual dónde iba a terminar. Ya vivía con mi madre, porque me había separado de mi segunda pareja. Era: o termino muerto o me llevan a algún sitio donde me puedan tratar.

¿Y dónde terminó?

Terminé en casa de no sé quién sintiéndome fatal, sabiendo que tenía dos hijas que no me merecía. Cogí el coche para volver a casa y quise estamparme contra la mediana, pero no fui valiente.

¿De verdad lo pensó?

Claro, pero no era una cuestión de “pobre víctima”, sino de “qué cobarde”. No quería dar la cara. Porque la había liado. Me iban a echar de la selección. Pero llegué vivo a casa, me tiré tres días durmiendo y le dije a mi madre: “Necesito ayuda”.

¿Algún peligro de recaída?

Siempre lo hay. Fallecimientos, enamoramientos, cosas emocionales. [Toma aire]. La muerte de mi mejor amigo, Jesús Rollán [también jugador de waterpolo, también adicto. Se suicidó en 2006]. Ese fue un momento difícil. Pensaba que si yo hubiera estado en sus grupos de terapia, le habría ayudado. No creo que lo haya superado.

¿No?

No. Duele. Duele mucho. 

¿Por qué?

Porque no le llevaron a los sitios que le tenían que haber llevado.

¿Qué le quita el sueño?

Mis hijas. Estoy obsesionado con que puedan valerse por sí mismas. Enseñarles que para pequeños momentos de felicidad van a tener que pasar muchos momentos de mierda. Y que en esos momentos de mierda también se puede encontrar la felicidad [se ríe].

TRABAJO

Guardó sus medallas de oro y se puso a hacer de conserje en un hotel.

El conserje pintaba más que yo allí. Era ayudante de recepción. Un botones me dijo: “Coño, Pedro, ¿cómo has terminado aquí con lo que has sido?”. ¡Toma al orgullo! “De terminar, nada –le contesté–, yo empiezo aquí y al año que viene puede que esté dirigiendo esto, así que recoge esa maleta” [se ríe]. Pero dentro de esa frase en realidad había 900 euros al mes a no sé cuántos kilómetros de mis hijas.

¿La fama también es adictiva?

Si no la has vivido, sí. Yo la he vivido 17 años. No me interesa la palmadita en la espalda. Me interesa estar en paz conmigo mismo y poder mirarme al espejo.

Qué ironía: le conocen como ‘Hermano mayor’ y en su casa era el pequeño.

Sí, sí. Personalmente, me gustaría trabajar más tranquilo.

¿Y por qué lo hace?

¿Por pagar facturas? ¿Sabe dónde está mi vocación real?

¿Dónde?

En dar conferencias a chavales, a padres. Comunicar.

Dicen que entre usted y Supernanny dejan pocas ganas de tener descendencia.

Dicen que somos el auténtico anticonceptivo. Y aun así la gente sigue teniendo hijos.

Un consejo para que los hijos no se descarríen.

Autoridad y cariño.

AMOR

Un adicto rompe muchos corazones.

[Asiente] Y un adicto se tira sin red muchas veces a ciertas relaciones.

Se ha puesto un escudo.

Digo: “Tengo muchos problemas, el trabajo, mis hijas... Tengo una energía limitada. No me puedo enamorar”.

¿No se ha vuelto a enamorar?

¿Qué es enamorarse? Es una cuestión química del cerebro, me han dicho. 

También es una cuestión de confianza.

Posiblemente. [Se lo piensa. Dispara]. Aunque la gente diga: “Qué bien te has quedado”, yo me he quedado tarado. Absolutamente tarado en lo que tiene que ver con las emociones.

Ha estado en una montaña rusa.

Exactamente. 

¿Ahora está subiendo o bajando?

Estoy en una llanura tomando aire para empezar 12 capítulos de 'Hermano mayor'.

Estamos en la parte del amor, no del trabajo.

Es que a mí el trabajo me absorbe toda la energía. No tengo tiempo para el amor. 

Suena a excusa.

No tengo tiempo para el amor, pero sí para el sexo [se ríe].

¿A cuántas mujeres ha pedido perdón?

A todas las de antes de recuperarme. Después, a ninguna. He sido muy sincero con todas. 

¿Qué es lo más duro que le ha dicho una mujer?

Que soy muy frío, que soy un monstruo.

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¿Ha comido perdices?

Sí, en algún momento he sido feliz con una mujer. Pero reconozco que soy un analfabeto en el tema de mujeres.

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