Maruja Garrido, la musa rumbera de Dalí

"Cuando canto, soy la mujer más feliz del mundo", asegura

Tras 18 años retirada, la reina de Los Tarantos vuelve este sábado al Mercat de les Flors

Maruja Garrido, sentada en un sofá muy daliniano.

Maruja Garrido, sentada en un sofá muy daliniano. / CARLOS MONTAÑÉS

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LUIS TROQUEL

En Youtube circula un vídeo que deja atónito a quien lo ve: un helicóptero sobrevuela Barcelona, aterriza junto al Arc del Triomf y una racial rumbera desciende de él para cantarle 'Es mi hombre' al mismísimo Salvador Dalí. Se grabó en 1971, como guinda de un programa televisivo titulado 'A la española', con impacto internacional. La rumbera era Maruja Garrido, fiera escénica donde las haya y crecida en la encrucijada del flamenco y la rumba catalana. Nació en Caravaca de la Cruz (Murcia) y se hizo figura en el tablao Los Tarantos de Barcelona. Este año se cumple medio siglo de su llegada al mítico local.

Artista a su pesar

Sagitario, del 16 de diciembre del 45, María Garrido Fernández fue artista a su pesar, y cuando todavía podía dar mucha guerra colgó el vestido de faralaes. Se retiró por amor a su marido, hace 18 años. Poco después enviudó y parecía que nunca más podríamos verla sobre un escenario. Sin embargo, el próximo sábado su nombre vuelve a los carteles. La sala principal del Mercat de les Flors barcelonés acoge esa noche, dentro del celebrado festival Ciutat Flamenco, el espectáculo 'Rumba surreal'. Con ella y en torno a ella. Respaldada por Chicuelo, Peret Reyes y otros invitados. “Es solo algo puntual –admite Garrido–. Hay que ser realista y yo sé que actuar a menudo hoy sería imposible. No es ningún regreso”. De todas formas, el tardío despertar de su aguerrido arte no es algo que haya brotado de la noche a la mañana. En los últimos años, como si el duende hubiese desbordado sus venas, en improvisadas cenas y fiestas, ha demostrado que sigue siendo una fuerza de la naturaleza. Es tremenda. Su voz grave sigue abriendo los mares. Su demoledora presencia desencadena auténticos seísmos.

 

El presentador Toni Rovira propició una y mil noches que Maruja Garrido se arrancara a cantar. “Lo llevo dentro todavía. Cuando canto soy la mujer más feliz del mundo. Lo paso de maravilla. ¿Qué iba a hacer en casa, metida ahí todo el día?”. Ese volcán en que se convierte cada vez que canta se ha nutrido de combustión interna. “No sé lo que es fumar, ni mucho menos tomar polvos Ariel ni nada de eso. Tampoco bebo. Lo único que tomo de vez en cuando es una copita de Dom Pérignon. ¡Qué bien le sienta al cuerpo!”. Lo descubrió en una cena de esas que no se olvidan. En el Maxim’s de París. “Con mi marido, con Dalí, Gala y un travesti que siempre iba con ellos”.

Su padre, su marido y Dalí. Los tres principales responsables de que el nombre de Maruja Garrido se escriba con letras de oro en la historia de la rumba. ¿O del flamenco? “Siempre canto por rumbas, pero tampoco puedo considerarme rumbera como los catalanes. Y soy flamenca, sí, pero no cantaora por derecho como mi hermana”. Pepa Garrido, se llama. Con ella empezó y con ella vive hoy. Tiene tres años menos y cuando tenía 7 ya se escapaba a cantar por los bares para conseguir alguna moneda con la que ayudar a la depauperada economía familiar. “Yo era la mayor de ocho hermanos”, recuerda Maruja. Gitana por los cuatro costados de su árbol genealógico, se casó con un payo. “A mi padre le costó mucho aceptarlo, pero mi madre era la mujer más comprensiva del mundo: solo le importaba que fuésemos felices”. 

Los Tarantos de la plaza Reial

Su marido era Juan Roselló, de Caldes de Malavella, hijo de la primera cocinera del balneario Vichy Catalán y empresario, el propietario del Jamboree y Los Tarantos de la plaza Reial. Jazz y flamenco en un mismo edificio en la Barcelona de la posguerra, el desarrollismo y la transición.

En aquellas mismas calles el padre de Maruja probó suerte varias décadas antes como cantaor. La encontró al lado de Carmen Amaya. El Niño de Levante, se hacía llamar. Participó cantando en la película 'María de la O' y en infinidad de espectáculos de la genial bailaora. “Había llegado a Barcelona como polizón en un barco desde Cartagena y se hizo muy amigo de Carmen Amaya y de toda su familia”. En vez de emprender con ellos la aventura americana, regresó para formar una familia. “Hasta que murieron mis abuelos no pasé hambre –recuerda Maruja–, pero luego mi padre cogió el tifus y mi madre tuvo que vender el piso y fregar suelos. Acabamos en una cueva en lo alto del monte”.

 

Maruja Garrido no ha tenido hijos, pero sabe bien lo que es hacer de madre. “Cuando mis padres iban a trabajar yo me quedaba al cuidado de mis hermanos, muerta de miedo al caer la noche y sin más luz que la de las estrellas”. La familia se fue a Madrid a una boda familiar de obligada presencia y una vez allí no tenían dinero para regresar. “Mi padre consiguió que mi hermana y yo actuásemos en la compañía de Rafael Farina, y luego en El Corral de la Morería. Juanito Valderrama nos puso el nombre de Hermanas Garrido Las Cartageneras y hasta grabamos varios discos a dúo”.

Maruja no volvió a Caravaca hasta décadas después para inaugurar una avenida con su nombre, pero, como si sus orígenes le persiguieran, se convirtió en alma de un tablao catalán llamado como el baile levantino por excelencia: Los Tarantos. Allí había triunfado Antonio Gades y cuando ella llegó, en 1964, reinaban Vicente Escudero y José de la Vega. “Yo bailaba en el cuadro, pero un día que el público no hacía caso me puse a cantar una canción mexicana”. El encargado llamó al dueño y este le dijo que debía cantar cada día. “Yo no quería de ninguna manera, pero si no me iba a la calle. Me pasé seis meses cantando a diario la única canción que sabía. Vamos, que si quien luego fue mi marido, el hombre de mi vida, no se hubiera empecinado sin apenas conocerme en que tenía que cantar, seguramente jamás me habría atrevido”.

De Antonio Machín a Jordi Pujol

Antonio Machín la vio y la convenció para que interpretara 'El bardo', su primer éxito, y Salvador Dalí, que iba a menudo con su séquito a Los Tarantos, la encontró casualmente en París. “Nos contrataron para cantar en una fiesta que daba en su palacio la princesa Margarita de Dinamarca y al día siguiente tenía una actuación en el Olympia. Cuando se lo comenté a Dalí, él se ofreció a presentarme. Ni con todo el oro del mundo le hubiese podido pagar lo que hizo por mí”. Tanto éxito tuvo que le prorrogaron un mes entero en el Olympia, entre elogiosas comparaciones con Édith Piaf, Judy Garland y Raquel Meller. “Le pedí a Dalí que me enseñara unas palabras en francés para darle las gracias al público y me contestó: ‘Mira, yo sé seis idiomas y en todos se dicen las mismas tonterías. El arte no tiene fronteras”.

Fue también Dalí quien convenció a Valerio Lazarov para que el vídeo del helicóptero lo protagonizara Maruja. “Desde que empecé a cantar ya me gustaba dejarme llevar por lo que sentía: alborotarme el pelo, levantarme la falda… Y, bueno, eso al principio era complicado, porque mi padre estaba siempre sentado al final y cada vez que me subía demasiado la falda, empezaba a gritar delante de todos, enfadadísimo: ‘¡Que se te ven los muslos!”.

Piernas esculturales que, desde el escenario, encandilaron al que fuera presidente italiano Sandro Pertini. “Un día me encontré con Jordi Pujol en el paseo de Gràcia. Le saludé y, al despedirnos, me dio dos besos y me comentó: ‘¿Sabe qué me dijo un día Sandro Pertini de usted? Que se acordaba mucho de sus 'cuixes'. Y los guardaespaldas venga a reírse”.

No fue el único presidente impactado por su embrujo. Cuando Josep Tarradellas la recibió en el Palau de la Generalitat, le soltó: “Yo a usted ya la conocía. La vi actuar en el Olympia de París”. A diferencia de artistas de su estilo como La Polaca, o posteriormente María Jiménez, Maruja nunca ejerció de sex symbol ni nada parecido. “Antes de conocer a mi marido yo nunca había tenido ningún novio. Ningún hombre me había siquiera acariciado, bien lo sabe Dios. Y, si por mí fuera, ni artista hubiese sido, pues de pequeña pensaba que todas las artistas eran putas. Si me subí a un escenario fue porque mis hermanos necesitaban dinero para comer. ‘¡Yo no quiero ser puta!’, decía aterrorizada. Y mi padre, para convencerme de que no era así, me ponía como ejemplo lo honrá que era Carmen Amaya”.

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Cosas de la vida, ya al frente de Los Tarantos, la sala compartía acera con un 'meublé' de la plaza Reial. “Estaba casi al lado y, como las chicas tenían clientes fijos, les esperaban en la esquina. Muchas veces, antes de que el tablao abriera, venían turistas preguntando dónde podían ver flamenco. Y ellas les reservaban mesa, cogían una paga y señal y luego no querían quedarse ni un duro por la gestión. Poca gente me he encontrado con tanta categoría”.

Los años 70 fueron tiempos de discos, actuaciones televisivas y exitosas giras por México, Argentina, Italia, Francia... “Cuando terminaba la función del Liceu, la gente venía a Los Tarantos, tranquilamente, con sus brillantes encima”. Hasta la llamaron para cantar ante Franco, aunque retiraron la invitación al enterarse de que había grabado una canción dedicada al Che Guevara. “Y eso que yo no tenía ni idea de quién era ¿Un revolucionario, no?”, recuerda riendo. Canción que, por cierto, acaba de recuperar entre otras joyas el recién publicado disco 'Gipsy Rhumba', del prestigioso sello británico Soul Jazz Records.

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