02 dic 2020

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Ambrogio Maestri, un barítono entre fogones

El cantante es el barón Scarpia en la producción de 'Tosca' estrenada en el Liceu

El popular intérprete italiano alterna su poderoso canto con la pasión culinaria

CÉSAR LOPEZ ROSELL / Barcelona

El barítono Ambrogio Maestri, con el delantal.

El barítono Ambrogio Maestri, con el delantal. / Foto: Albert Bertran

La potente voz de Ambrogio Maestri (Pavía, 1970) suena como un trueno en el apartamento del Eixample donde reside temporalmente en Barcelona. El artista, un experto cocinero y reconocido gurmet, nos recibe mientras está elaborando un plato sencillo para recuperar energías antes de volver a los ensayos de 'Tosca': una pasta con verduras utilizando una de las fórmulas del amplio recetario de cocina italiana que difunde por su canal de Youtube. Es un espectáculo verle cortando con agilidad y destreza en pequeños trozos el calabacín, la cebolla, la zanahoria y el apio que después pasará por la sartén con un chorrito de aceite de oliva extra. Una salsa de tomate sazonada con una pizca de sal y un poco de perejil fresco cortado completarán el lecho que acogerá a los espaguetis cocidos. Después de removerlos, rallará un poco de parmesano para darles el toque final.


“Estar entre pucheros me relaja. Por eso busco un alojamiento que me permita preparar mis platos preferidos en las ciudades donde actúo”, dice, complacido, ante la atenta mirada de su encantadora esposa, Valeria. Desde su 1,95 de altura, estatura que alberga un cuerpo grande y robusto, Maestri domina la estancia tan bien como si estuviera en el escenario. Su presencia impone respeto, pero ese primer impacto se desvanece pronto. La desbordante simpatía y el sentido del humor de su extravertida personalidad acaban sobreponiéndose a cualquier idea preconcebida sobre este gigante de la ópera.


Amante de La Boqueria

El barítono explica que aprovecha sus largas estancias en urbes como Nueva York, Londres, Viena o ahora la capital catalana para disfrutar de los buenos restaurantes. En Barcelona se escapa, además, a la Boqueria para sumergirse en el colorido y la oferta “fascinante” de las paradas. “¡Mamma mía, qué pescado!”, exclama recordando alguna de sus compras en el mercado. Dice que el amor por la cocina le viene de familia. Sus padres tuvieron una carnicería y después un restaurante en Pavía. Le encanta venir a al Liceu. “Es casi como unas vacaciones. El clima, la comida, la gente. Es un verdadero placer estar aquí”. Y él lo aprovecha a fondo. Disfruta de los manjares que le gustan: el jamón de pata negra, las tapas, la pescadilla frita, los platos elaborados y los buenos caldos.


Tan grande como fuerte, transmite un talante diferente del de esos divos que administran las palabras que van a utilizar en su afán de proteger el instrumento vocal. Su torrencial personalidad hace que no escatime ni una sílaba. El enorme poderío vocal que atesora le impide pensar en el miedo escénico. “Si yo estoy bien, no me preocupo nunca. Sé que donde tengo que volcar mis energías es en agradar al público. Es una cuestión de cerebro y de carácter”, resume.

Retumbarán la paredes


Y en eso está, poniendo todos los argumentos de su arte al servicio del impresionante barón Scarpia, personaje de la obra de Puccini con el que actúa en el teatro de la Rambla: “Este es un rol muy complejo que fascina a todos los grandes barítonos que lo interpretan. Te sitúa en los extremos de la tesitura vocal y te obliga a coordinarte con una orquesta que suena a todo volumen”. El personaje, una mezcla de perverso y seductor, exige la presencia de un artista que domine completamente la escena. “¡Me gusta hacer de malo!”, proclama. El triángulo de pasiones de la ópera, con la exquisita soprano Sondra Radvanovski como Floria Tosca y el tenor italiano Riccardo Massi como Cavaradossi, garantiza una gran exhibición canora. “Si todos cantamos a la vez retumbarán las paredes del Liceu”, dice soltando una carcajada.

La suya es una carrera atípica: “Mi pasión por el canto viene de mi padre y de mi tío. En casa escuchaba las casetes de figuras como Mario del Mónaco, Renata Tebaldi o Maria Callas, y me enganché a la lírica”. Pero su progenitor decidió que estudiara pianoforte. También cantaba, y a los 10 años interpretó un papel en la ópera 'Pollicino' en el teatro local. Pero pronto dejó aparcada esta faceta para entregarse, aprovechando su envergadura, al baloncesto. Durante años militó en el equipo local, alternando los entrenamientos con los estudios. “No era mal jugador –recuerda–, pero soy mejor como cantante”.

La oportunidad de recuperar su verdadera pasión le llegó tras el servicio militar. En el restaurante de sus padres tenían un piano y empezó a actuar casi todas las noches: “Lo que antes tarareaba en la ducha, pasó a ser una ocupación”. Romanzas, napolitanas y canciones populares atraían a la hostería a un público cada vez más fiel, entre los que no faltaban algunos abonados a La Scala. “Ellos fueron los que me hicieron ver que tenía posibilidades de hacer carrera si estudiaba y mi padre fue el que me dio el empujón definitivo”.

Ni corto ni perezoso, se puso en manos del tenor Umberto Grilli. “Me pasé seis años haciendo escalas, mientras otros interpretaban arias desde el primer año. Era aburrido y estuve a punto de dejarlo, pero luego lo he agradecido infinitamente, porque esas enseñanzas me han dado los recursos técnicos para afrontar los retos más difíciles”. Hasta los 28 años se mantuvo cantando en el restaurante, hasta que un día, haciendo una audición en la Arena de Verona para prepararse como 'cover' de todas las óperas de la temporada, conoció a Plácido Domingo. El tenor español y director de la Ópera de Washington fue el que le dio la oportunidad en la capital de EE UU con el papel de Monterone de 'Rigoletto'.

“Yo no sabía nada de teatro, pero él eligió bien este personaje para empezar, porque exige una bella voz”. El espaldarazo le llegó en el año 2000, cuando fue invitado por Riccardo Muti a una audición en La Scala. ‘”Éramos 30 barítonos y yo llegué el último a la prueba. Mi padre me había dicho que hiciera algún ejercicio relajante. ‘Yo soy un cantante, no un gimnasta’, le respondi”. Maestrí tenía 30 años y se sentía seguro, pero aún tuvo tiempo de oír cómo el maestro despedía a los convocados con el excluyente “arrivederci, grazie”.


“Eso es lo que me va a decir a mí’, pensé. Eran casi las dos de la tarde y tenía hambre. Canté un aria de 'Un ballo in maschera' y, al terminar, Muti me sorprendió con una pregunta: “¿Tienes un momento para mí?”. Dios mío, ¿cómo me podía decir eso, si era lo que yo esperaba?”. De la breve charla salió el compromiso de una gira con 'La forza del destino' y, un año más tarde, le llegó el debut con Falstaff, el personaje más emblemático de su repertorio. Lo ha encarnado más de 200 veces y cree que su versión tiene ya un sello propio.

Óperas optimistas

“A mí me gusta esta ópera en la que, al contrario que en otros títulos, nadie muere y se bebe y se canta”, dice entre risas. Muti le convenció, además, de que la utilización de una voz cansada para el personaje había pasado a la historia: “Aprendí a actuar como un viejo, pero con un timbre joven. Es un papel que te ayuda a ser escénicamente completo”. Afirma sentirse cómodo con los roles verdianos: “Verdi te enseña a cantar. Utilizando su técnica, puedes acometer después cualquier otro desafío”. Como el de Dulcamara en 'L’elisir d’amore' de Donizetti, el vendedor de la falsa pócima con el que arrasó en el Liceu la pasada temporada y le hizo ganar el premio de la crítica. Antes había triunfado con este mismo rol junto a Anna Netrebko en el Met.


Su carácter de bufo brilla especialmente con este personaje: “En este repertorio, el problema de los cantantes está en utilizar bien el movimiento de las manos. Los papeles cómicos te ayudan a enfrentarte a los dramáticos, y al revés”. No cree que su volumen físico, como ocurrió con la cantante Deborah Voigt, a la que obligaron a rebajar kilos, influya en los directores escénicos. “He tenido –rememora– algún pequeño problema con algún registro. La obligación de un director es adaptarse a las características de cada uno. Pavarotti también era grande y la Callas exhibió mejor variedad vocal cuando tenía más peso que después”.

Insobornable seguidor de la Juventus, se siente feliz de que lidere el campeonato italiano, pero la conversación vuelve a girar sobre lo culinario. Su secreto radica en la utilización “de buenas materias primas y en la sencillez de las recetas”. Tiene claro que, si pudiera sentar en una misma mesa al estafador Dulcamara y a Scarpia, al primero le serviría un buen plato de pasta –de hecho, le sugirió al director de la producción en el Met que lo presentara comiendo espaguetis– y al barón le cocinaría un guiso de caza con un faisán o carne de ciervo con polenta. “Lo serviría acompañado de un buen vino de Rioja o Ribera del Duero”.


No tiene dudas de que a Obama le ofrecería “una buena pizza”, de esas que tanto le gustan. A Merkel, en cambio, “la pondría a dieta por las apreturas que nos hace pasar”. Muy crítico con la dictadura de la austeridad que imponen desde el norte, estima que sería mejor una Europa a dos velocidades. Le preocupa especialmente la inestabilidad de su país, aunque ya está acostumbrado a la constante dinámica de cambios. “Mientras los melómanos se olviden de lo nocivo de la política y vengan a vernos a los teatros, me conformo”.


El cantante volverá al Liceu con 'Nabucco' y espera ilusionado su debut, este verano, en el Festival de Peralada con el personaje del criado Gerard de 'Andrea Chenier'. Será una cita para no perderse.

 

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