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UNA historia de HORTA-GUINARDÓ... Can Baró

Un colegio en una masía de casi 500 años

La casa que da nombre al barrio se tuvo que reconstruir tras la guerra de los 'segadors'

ÓSCAR HERNÁNDEZ
BARCELONA

Parece mentira que una masía que da nombre a todo un barrio, que estuvo rodeada de campos de cultivo de cereales, frutales y algarrobos, que fue hospital en la guerra civil y refugio en la semana trágica haya quedado embutida en un enjambre de edificios obreros de los 60. Pese al riesgo de haber podido desaparecer engullida por el ladrillo especulativo en un barrio humilde y de complicadas cuestas, la masía de Can Baró mantiene, por fuera, su imagen de siempre y dentro educa, como escuela, a futuros ciudadanos en el respeto al medio ambiente.

El colegio concertado Artur Martorell, de la Fundació Acis, es el actual morador de la masía Can Baró, en la plaza del mismo nombre, solemne casa de planta basilical con corona curvilínea, que le da carácter. Domina una pequeña plaza de pinos y acoge a 300 niños y chicos del distrito de Horta-Guinardó.

Como un pueblo

«En esta masía estamos en un entorno diferente. Los padres siempre dicen que esto parece un pueblo, por la casa y por el trozo de barrio», explica Laura Doménech, titular del colegio distinguido por el ayuntamiento por «hacerse eco de la sostenibilidad, con un protocolo de reciclaje, con compostaje de residuos y un huerto propio», dice Doménech.

La casa del barón o Can Baró fue reconstruida, en 1674, como figura en su fachada, pero la original es anterior. Según el historiador Carles Sanz, del Grup d'Estudis El Pou d'Horta-Guinardó, hay documentos que acreditan que la casa, que se llamó antes Torre d'en Aguilar, fue vendida en 1593 por su propietario el barón de Castellet. En 1652, durante la guerra de los segadors, quedó destruida tras la ocupación del Puig d'Aguilar, conocida hoy como Turó de la Rovira, por las tropas castellanas. Añade Sanz que Can Baró debe su nombre a Ramon Félix d'Ivorra, barón de Cervelló, que la compró a la familia Vila y la vendió en 1737, a Francesc Sampere. Después pasó a manos de un familiar, Josep Maria de Pascali Sampere, embajador, que también fue barón y a quien se le atribuye erróneamente el origen del nombre. Las tierras de Can Baró ocuparon 45 hectáreas, equivalentes a 45 manzanas del Eixample.