07 jun 2020

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UNA historia de ciutat vella... el Negre de la Riba

Un indio iroqués disfrazado de temible africano

La figura, mascarón de un barco hundido en el siglo XIX, sirvió para asustar a los niños

INMA SANTOS
BARCELONA

«¡Cuidado con lo que haces o se te llevará el Negre de la Riba!». Así amedrentaban a los niños traviesos de la Barceloneta entre finales del siglo XIX y principios del XX. No existía en el barrio nadie tan feroz y temible como él, ni el Coco, ni el Papus, ni el hombre del saco. Pero el Negre de la Riba hace ya tiempo que dejó de ejercer de asusta niños y pasó a convertirse en un vecino más del popular barrio de la Barceloneta.

Encontrarle es sencillo. Basta con preguntar por él… «Sí, ahí, en esa calle, arriba», indica una señora cargada de bolsas de la compra. Efectivamente, al final de la calle de Andrea Dòria, justo detrás de la iglesia y muy cerca del mercado, el Negre de la Riba observa desde la fachada el ir y venir de la gente.

Inclinado hacia delante, como surcando el viento, el pecho abombado, la pierna izquierda flexionada y el único brazo que le queda inclinado hacia atrás, siempre mirando al frente, valiente. No puede negar su pasado de lobo de mar. "Sé que es un mascarón de proa porque leí la historia hace tiempo, pero no recuerdo mucho más", explica Luis Viñas, mientras limpia su furgoneta en la calle de Sant Carles.

Pues sí, el Negre de la Riba es un mascarón de proa. «Procede de un bergantín no identificado que al parecer ardió en el puerto a mediados del siglo XIX y que fue desguazado", explica Enric García, jefe del centro de documentación del Museu Marítim. Entre 1860 y 1870 estuvo colocada en la fachada de una puda -una taberna de marineros-- de la Riba (hoy muelle de La Marina) que perteneció a Francisco Bonjoch. Este la legó a sus herederos, que siguieron colocando al Negre como reclamo a la entrada de los diferentes locales que regentaron. En 1887 fue adquirido por un comerciante de vinos que lo instaló en su almacén de la calle de Castillejos, hasta que en 1900 volvió al barrio: el industrial José Moragas lo compró e hizo construir una hornacina para exhibirlo. Pero Moragas se hizo una casa en el Carmel y se llevó al Negre para colocarlo en su fachada. «Dicen que los vecinos de la Barceloneta iban hasta allí para verlo», apunta García.

Los herederos de Moragas cedieron la figura al Institut Nàutic de la Mediterrània el 1934 y en 1936 pasó al Museu Marítim. «Tiene el número de inventario 874, así que es una de las piezas que más tiempo llevan en el Marítim», confirma García. Allí permaneció expuesto hasta que a principios de los años 90, un estudio reveló un importante detalle: el Negre de la Riba no era africano sino un indio americano, un iroqués. Y así fue como el Marítim emprendió entre 1992 y 1997 su restauración. ¿El resultado? El Negre perdió hasta el color que le dio el nombre y se convirtió en un indio policromado. Ni él era él, ni el barrio lo sentía suyo.

Pero el viejo lobo de mar se resistía a caer en el olvido. En el 2003, con motivo del 250º aniversario de la Barceloneta, David Castillo y Óscar Pérez, en su taller de Constructors de Fantasies (Pescadors, 28) devolvieron al barrio la figura tal y como se dio a conocer en aquella puda. «Había oído hablar de él a un responsable de cultura del Palau de la Virreina -explica Castillo—. Investigamos, fuimos al Marítim e hicimos una réplica en fibra de vidrio». El Negre volvió a ser el falso negro que fue y se instaló en la calle de Andrea Dòria. «Pertenece al barrio. Cualquiera que lo solicite puede descolgarlo para actos, pasacalles...», apunta Pérez.

Calle abajo, resuena el eco: «¡Que viene el Negre de la Riba!». Y esta vez, vino para quedarse.