UNA historia de sants-montjuïc... el Palau Nacional

El palacio en el que nunca durmió el rey

El edificio del Museu Nacional d'Art de Catalunya nació para ser templo de la cultura

La azotea8 Terraza junto a la cúpula del MNAC, en una visita guiada.

La azotea8 Terraza junto a la cúpula del MNAC, en una visita guiada. / RICARD CUGAT

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ÓSCAR HERNÁNDEZ
BARCELONA

Corre la leyenda urbana de que el Palau Nacional de Montjuïc fue construido solo para la Exposición Internacional de 1929 y que después iba a ser demolido. Pero es falso. Ya desde sus orígenes, el principal edificio de la montaña de Montjuïc, cuya peineta de haces azules se ve desde toda la ciudad por las noches, nació para perdurar y para albergar el arte de Catalunya. Aunque la actual sede del Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) ha tenido que adaptarse a la convulsa historia reciente, tuvo hasta aposentos reales, en los que nunca llegó a dormir el Rey.

«Puig i Cadafalch ganó el concurso para urbanizar Montjuïc con un proyecto teatral desde la actual plaza de Espanya hasta el que debía ser el templo del arte, un edificio que tenía que quedar para la posteridad», explica Maria Jorquera, historiadora de arte y guía de las visitas comentadas que organiza los domingos el MNAC para conocer el edificio.

La dictadura de Primo de Rivera impidió que Puig i Cadafalch llegara a construir el Palau Nacional. La obra se encargó a Pere Domènech, Eugeni P. Cendonya y Enric Catà. La inmensa construcción se realizó en solo cuatro años con una clara influencia de la escuela francesa Beaux-Arts. En la Exposición Internacional, el rey Alfonso XIII utilizó una parte del edificio como dependencias, aunque nunca llegó a dormir en él, ya que disponía del Palacete Albéniz, justo detrás. Hoy, la sala del trono es el restaurante de lujo del MNAC, flanqueado por dos grandes obras de Tàpies y con un enorme espejo en el techo en el que se refleja una panorámica Barcelona.

Tras la muestra internacional del 29, el edificio se cerró. Se reabrió en 1934 como Museu d'Art de Catalunya. Después, la guerra provocó que sus obras fueran trasladadas a Olot, Darnius y París. Entre las numerosas reformas que sufrió el edificio destaca la de la arquitecta italiana Gae Aulenti, que comienza en 1990 y finaliza en el 2004. Aulenti inundó de luz el interior del edificio, aunque para ello tuvo que sacrificar, por ejemplo, la solemne escalera que partía de su vestíbulo central.

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Un edificio tan solemne y grande, absolutamente simétrico, postal típica de la ciudad, tiene infinidad de historias, que se pueden revivir cada domingo por la mañana con las visitas guiadas El Palau Nacional, arquitectura i memòria. Los visitantes pueden acceder a la sala de autoridades, decorada con los murales que Sert pintó en plata y negro para un hotel londinense, o acceder a una de las azoteas, donde se encuentran los nueve inmensos focos de defensa aérea que generan los chorros de luz azul que sobresalen a modo de peineta de encima del edificio. Cada haz de luz es una letra de la palabra Barcelona.

La visita guiada permite conocer que Aulenti quiso crear un pequeño estanque en el inmenso Salón Oval para dar continuidad al agua que brota en el palacete Albéniz y desciende hasta la Font Màgica y la plaza de Espanya. «La vinculación del agua con el edificio y con toda la montaña es lo que más me ha sorprendido», explica Andreu Chuecos, asistente a la visita guiada.