UNA historia de SANT MARTÍ... Can Felipa
Una fábrica vestida de punta en blanco
El centro cívico, último vestigio de uno de los más importantes centros textiles

Can Felipa 8 El arquitecto Josep Lluís Mateo reformó el edificio.
Cuesta creer que el edificio de Can Felipa haya sido alguna vez parte de un complejo industrial, ya que su majestuosa presencia evoca más a un palacete que a una fábrica. El centro cívico de Can Felipa cumplirá 20 años el próximo mayo, pero su historia se remonta hasta mediados del siglo XIX. Por aquel entonces, en Sant Martí de Provençals existía una industria dedicada al blanqueo de tejidos propiedad de Felipe Ferrando. El negocio debió funcionar muy bien, pues entre 1856 y 1877 amplió dos veces las instalaciones. Aunque no hay pruebas documentales, lo más plausible es atribuir a Felipe Ferrando el origen de la denominación de Can Felipa, probablemente feminizada al abrir la pronunciación de la última e de su nombre.
Cambio de propietario
Pero la de Ferrando no era la única industria textil de la zona. El empresario Josep Vilà tenía una fábrica vecina de Can Felipa y terminaron fusionándose. En 1889, ya como único propietario, amplió de nuevo el negocio, y llegó a realizar el ciclo completo de manufactura del algodón ya entrado el siglo XX.
En aquellos años no solo floreció la industria textil, sino también las movilizaciones obreras. Can Felipa fue cuna del anarcosindicalismo en Barcelona. Buenaventura Durruti vivió en Sant Martí y Poblenou y probablemente trabajó en Can Felipa, feudo de la CNT al igual que las demás fábricas del barrio.
La tercera generación de la familia Vilà fundó en 1955 la firma Catex, bajo la que se realizó una nueva ampliación de Can Felipa. Pero llegaron los años de crisis. En 1974, el despido de 72 trabajadores de Catex dio inicio a una serie de importantes movilizaciones vecinales. La fábrica fue cerrada en 1978 y presentó suspensión de pagos en 1981.
Uno de los afectados fue Manuel Martínez, que revive con tristeza aquellos años: «En los últimos tiempos de Catex había conflictos laborales cada semana, se veía venir el final. Yo tenía dos hijos y mucho miedo de quedarme sin trabajo».
La intención de los propietarios del solar era edificarlo en su totalidad, pero la presión constante de los vecinos consiguió la cesión de una hectárea de terreno y de uno de los edificios de la vieja fábrica para uso público. «Me alegré mucho de que algo de Can Felipa se salvara, es parte de mi vida. Yo después entré de mecánico en un taller, pero otros compañeros no tuvieron suerte y se marcharon del barrio», recuerda Martínez. La remodelación del edificio se inició con un presupuesto de 191 millones de pesetas. Tiene forma de L y consta de cuatro plantas con enormes ventanales y una de buhardillas, con una superficie total de 3.000 metros cuadrados.
"Al empezar a demoler la fábrica en 1984 entraron unos chicos a jugar, hubo un derrumbe y uno murió. Los vecinos avisamos del peligro, pero no pusieron vallas ni nada", lamenta Manuel. Dos jóvenes se acercan y le saludan. «Son mis nietos», dice orgulloso. Can Felipa es también un poco su segunda casa.
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