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Berlín en 48 horas: arte, búnkeres y alta cocina

Dos días en la capital alemana

Entre búnkeres reconvertidos, cocinas que alteran el menú y arte en cada esquina, Berlín nunca se agota.

El chef René Frank, del restaurante CODA, comparte algunos de sus lugares favoritos para descubrir la cara menos turística de la ciudad.

Boros Collection Presse Bunker Presse

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Anna Torrents

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Berlín no borra su historia, sino que construye sobre ella. Sobre el hormigón, los muros, los búnkeres y los espacios industriales que todavía conservan señales de otras vidas. En una escapada de 48 horas, basta con seguir algunas pistas, moverse entre barrios menos transitados y dejar que la ciudad muestre su carácter allí donde menos se espera.

Porque Berlín nunca ha sido una capital cómoda en el sentido clásico. Su atractivo aparece en una puerta industrial que esconde una colección de arte, una barra de currywurst bajo las vías o un restaurante michelin que reordena el sabor. Para descubrir esa cara más local, creativa y sorprendente, seguimos algunos de los lugares elegidos por René Frank, head chef de CODA.

La primera mañana puede empezar en Bernauer Straße. Durante la división, algunos edificios quedaron en el Este mientras sus ventanas daban al Oeste, y hubo personas que escaparon saltando desde ellas antes de que fueran tapiadas. En esa misma calle tuvo lugar en 1961 el célebre salto de Conrad Schumann sobre el alambre de espino. Hoy, el Berlin Wall Memorial recuerda que la historia de la ciudad no está encerrada en los museos, sino que también atraviesa sus calles.

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Para comer, Curry Baude aparece bajo el ruido de los trenes, con una clientela que no parece haber llegado por recomendación de ninguna guía. La currywurst conserva aquí su carácter de institución popular. El consejo es pedirla "mit Darm", con tripa. A pocos minutos a pie, Örnek Lahmacun Evi abre otra parte imprescindible del mapa. Berlín no puede entenderse sin su cultura turca, y un lahmacun con ensalada explica esa mezcla con más claridad que muchas introducciones históricas. Quien quiera seguir puede acercarse a Adana Grillhaus o a Hasir, uno de los nombres históricos del döner en Kreuzberg.

Por la tarde, la ruta continúa hasta Teufelsberg. La colina se levantó con escombros de la Segunda Guerra Mundial, cubre una construcción nazi inacabada y durante la Guerra Fría funcionó como estación de escucha de los aliados occidentales. Entre grafitis, antenas y pasillos intervenidos, el lugar parece suspendido entre el espionaje, la ciencia ficción y la fiesta. Berlín vuelve a hacer lo que mejor sabe: transformar un resto incómodo en un lugar vivo.

La noche pertenece a CODA. En Friedelstraße, René Frank ha creado uno de los restaurantes más singulares de Alemania, un dos estrellas Michelin alejado de cualquier solemnidad. Los platos sorprenden, divierten y juegan con recuerdos de infancia, como el polo de caviar convertido ya en una de sus recetas más reconocibles. Frank habla algo de español tras haber trabajado en Barcelona junto a Oriol Balaguer y haber pasado por Akelarre, en San Sebastián. Junto a Julia A. Leitner, jefa de cocina, firma un proyecto intelectual y siempre atento al placer. Uno de los imprescindibles de Berlín.

El polo de caviar de coda berlin

El polo de caviar de coda berlin / Cedida

Al día siguiente, la ruta puede empezar con un café en Bonanza Coffee Roasters, otro de los lugares favoritos del chef, conocido por su ambiente industrial y su apuesta por el café de especialidad. Después llega la Boros Collection, instalada en un antiguo búnker de hormigón que tuvo varias vidas antes de convertirse en espacio de arte contemporáneo. La visita requiere reserva previa y se realiza con guía, algo importante al organizar el viaje.

Relativamente cerca, la Neue Nationalgalerie abre otra conversación. Bajo la claridad radical del edificio de Mies van der Rohe, sus salas permiten observar el diálogo entre imaginarios que marcaron la ciudad durante décadas. De un lado, la figuración, el cuerpo y el relato. Del otro, la abstracción, la ruptura formal y la posibilidad de empezar desde otro lenguaje. En Berlín, incluso las formas pintadas parecen participar de una discusión histórica.

El pasado no permanece inmóvil en la capital alemana. Se convierte en museo, restaurante, mirador, galería o espacio de encuentro. En 48 horas basta con comprobar cómo la ciudad transforma sus heridas, sus contradicciones y sus ruinas en nuevas formas de vida.

Aunque Berlín ofrece muchas opciones para dormir, el Michelberger Hotel, en Friedrichshain, cerca de la East Side Gallery y del Spree, es una de las más singulares.

Instalado en una antigua fábrica, combina diseño imaginativo con espacios comunes que funcionan como una pequeña plaza interior. Destaca especialmente el desayuno, con ingredientes orgánicos y de proximidad, panes y pasteles caseros y mermeladas elaboradas con fruta de Michelberger Farm. Una buena manera de empezar el día en la ciudad.

En Berlín, la comida popular no es una nota al margen. Currywurst, lahmacun, döner y parrillas turcas forman parte de una cultura urbana marcada por las migraciones y la mezcla.

En CODA, la irreverencia de Berlín llega a la mesa. Lo dulce, lo salado y lo reconocible dejan de ocupar lugares fijos para construir otro orden del sabor.