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Cota del Adriático. Italia

Le Marche, el viaje que empieza bajo tierra

Es una de las regiones menos transitadas de Italia, donde se puede pasar de una cueva monumental a una ciudad renacentista. La fisura de Frasassi abre la historia, pero el destino se despliega entre la renacentista ciudad de Urbino, Macerata, el Monte Conero y la portuaria población de Ancona

Patrimonio Mundial, o el Sferisterio de Macerata son algunos de los atractivos de la región italiana de Le Marche (en español, las Marcas).

Patrimonio Mundial, o el Sferisterio de Macerata son algunos de los atractivos de la región italiana de Le Marche (en español, las Marcas). / Anna Torrents

Anna Torrents

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Una fisura no es solo una grieta. Es una advertencia elegante: aquí hay algo detrás, un mundo que no sabías que existía, esperando a que alguien lo mire de frente. En Le Marche (o las Marcas, su traducción al español), esa fisura tiene forma de montaña caliza y nombre propio. Se llama Grotte di Frasassi y su historia moderna arranca en 1971, cuando un grupo de espeleólogos dio con la entrada a un sistema kárstico gigantesco.

Si se entra a primera hora o al final del día, la experiencia se parece a cruzar un umbral. Se recorre una parte de un laberinto de más de 30 kilómetros de galerías y se entiende que lo visible es solo la versión pública de algo mucho mayor.

La sala estrella, la Grotta Grande del Vento, juega en la liga de lo desproporcionado: estalactitas y estalagmitas monumentales, una acústica que hace que cada paso pese y la certeza de que la naturaleza escribe aquí desde hace siglos sin necesidad de público. Nunca es tarde para convertirse en explorador, aunque sea con casco y guía delante.

Estas obras de arte han sobrevivido a lo largo de los siglos a pesar de terremotos y otros daños.

Estas obras de arte han sobrevivido a lo largo de los siglos a pesar de terremotos y otros daños. / Anna Torrents 

El lugar funciona como metáfora y como prólogo. Porque Le Marche es así: parece discreta, hasta que se encuentra la entrada. Y entonces, lo que se abre delante no es una parada aislada, sino una cadena de mundos. De lo más imponente creado por la naturaleza, el viaje gira hacia lo más imponente creado por el ser humano. Urbino no es solamente una ciudad bonita, es una idea. En el siglo XV, bajo Federico da Montefeltro, se convirtió en un laboratorio renacentista donde urbanismo, cultura y poder se alineaban como si la armonía fuese una política pública, y esa coherencia explica que su centro histórico sea Patrimonio Mundial desde 1998.

Urbino se entiende casi como una «ciudad diseñada», una preutopía. Salvando siglos y estilos, comparte impulso con Brasilia y Chandigarh: ordenar el espacio como reflejo del pensamiento. Son parientes en esa familia de ciudades que no solo existen, también argumentan. Aquí el argumento se llama Palazzo Ducale. Fortaleza y residencia, poder y biblioteca. Hoy alberga la Galleria Nazionale delle Marche, con nombres mayores –Rafael, Piero della Francesca, Tiziano, Paolo Uccello– y obras como el Tríptico de la Anunciación y La ciudad ideal. No es casualidad que la universidad naciera aquí en 1506: Urbino lleva siglos entrenando el músculo de la conversación.

Cuando el viaje cambia de escala, el Monte Sibilla ya suena a leyenda y cose territorio y mito. Luego, el Lago di Fiastra y la caminata a las Lame Rosse lo reescriben en rojo, con formas erosionadas casi marcianas. Aquí el plan es simple: caminar despacio, respirar hondo y dejar que el día a día se quede lejos. Y entonces se recuerda: Italia no se define en singular.

Entre naturaleza y ciudad, Macerata abre otro umbral, esta vez hecho de sonido: el instante en que una arquitectura cambia de función y se vuelve símbolo. Es el caso del Sferisterio, nacido hacia 1823 como arena para un juego de pelota y hoy teatro al aire libre, con una acústica tan perfecta que sostiene la ópera sin amplificación.

Acantilados blancos

Después llega la costa y el relato cambia de luz. Sirolo y el Monte Conero recuerdan que el Adriático también sabe ser salvaje, con acantilados blancos, senderos entre pinos y calas escondidas dentro de un parque protegido. Y la vuelta a la realidad suele ser Ancona, capital portuaria hecha de capas, donde la piedra antigua convive con la sal y el muelle.

En Le Marche, una grieta en la montaña enseña un subsuelo monumental. Una ciudad como Urbino demuestra que el orden también puede emocionar. Y si algo reverbera en este viaje es la misma idea, repetida con distintos acentos: salir a buscar inspiración y volver con la certeza de que lo desconocido no estaba tan lejos, solo hacía falta encontrar la entrada.

DORMIR Y COMER

Para dormir, Urbino ofrece Aura Relais, una pausa de silencio con los Apeninos al fondo. En Castelraimondo, Relais Borgo Lanciano suma entorno intacto y un spa reconocido. Y en Montecassiano, Villa Quiete, una mansión del XVIII rodeada de jardines, funciona como gran refugio. Para comer, de la tradición urbana de Taverna La Fornarina en Urbino a propuestas contemporáneas como Il Clandestino de Moreno Cedroni en la costa, pasando por Agriturismo Le Terre della Sibilla.