La ronda española
Roglic ataca a Evenepoel y se cae en la meta de la Vuelta
Nuevo triunfo de Mads Pedersen tras un insólito ataque del ciclista esloveno en una etapa condenada al esprint donde el líder pinchó.

El ciclista esloveno Primoz Roglic de Jumbo-Visma después de la caída en la línea de meta de Tomares / Filip Lanszweert/BELGA/dpa

Fueron ocho segundos conseguidos con sangre, sudor y hasta con lágrimas, más de rabia que de dolor, porque irse al suelo a 70 metros de la meta cuando había atacado a Remco Evenepoel, cuando llevaba a los velocistas aprovechándose de su ímpetu, cuando Primoz Roglic demostraba que la Vuelta estaba muy pero que muy viva, fue tan injusto como que no salga el sol por las mañanas.
Roglic estaba sentado en la meta de Tomares, un pueblo pegado a Sevilla, con su rodilla y su brazo derechos llenos de sangre, con la mirada perdida, respirando aceleradamente, sin querer hablar ni con su auxiliar, ni con sus compañeros, ni con Evenepoel, que se acercó para interesarse por su salud. Trompazo violento contra el suelo cuando se va a 50 por hora, después de tropezar con los velocistas que llevaba a rueda y los únicos que reaccionaron cuando insólitamente, en un día tonto y condenado al esprint, más para recuperar fuerzas que para pasar al ataque, Roglic demarró, como un bestia, en la cuestecilla que llevaba a meta. Se llevó a los velocistas, entre ellos Mads Pedersen, el vencedor de la etapa. Y, por detrás, el caos, todos en fila india. De repente, pincha Evenepoel, pero como se encuentra en la salvación de los tres últimos kilómetros, donde el reglamento dicta que si hay avería o caída, siempre y cuando la etapa no sea de montaña, no perderá tiempo, solo es un susto. El juez le grita que esté tranquilo, que se lo tome con calma. Llega a la meta en plan cicloturista, hablando con sus adversarios, cuando Roglic ya está apoyado a las vallas y todo ensangrentado.
A él también el reglamento lo salva, no de las heridas, pero sí de la recompensa de ocho segundos, que tal vez se habría olvidado de buscar si adivina el tremendo golpe que se iba a llevar. Y, además, estas heridas duelen más al segundo o al tercer día, justo cuando la Vuelta entra en Extremadura y regresa la montaña. Para el ciclista esloveno y para la carrera el contratiempo fue como recibir una puñalada por la espalda y una tremenda injusticia para un corredor que no se entrega y que se había animado al ver que Evenepoel era un ciclista al que se podía atacar en la montaña y en cualquier lugar, como en Tomares, terreno de velocistas, salvo que Roglic dijese lo contrario. "Solo son rasguños, dolorosos, pero nada roto", cuenta Pedro Sanz, el médico que lo atiende. Y si se resiente, también lo hará Enric Mas, porque el esloveno es ahora rival y a la vez un aliado.
Al final, el caos
Nadie esperaba que en una etapa demasiada tranquila, de las que sirven para una cabezadita en el sofá, terminase como el rosario de la aurora, que si pincha el primer clasificado, que si se cae el segundo, que nadie entiende nada y hasta los jueces reunidos de urgencia, mirando el VAR, que también existe en ciclismo, y dando una recompensa en segundos a Roglic que habría regalado con tal de no caerse en la meta. Cruel.
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