Segunda Vida
Toni Soldevilla, excapitán del Espanyol: "Tenía un problema de adicción y lo voy a tener el resto de mi vida"
"Después de lo que he vivido, estar aquí me hace sentir orgulloso de la persona que soy", reflexiona para EL PERIÓDICO quien fuera estandarte del equipo blanquiazul
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Soldevilla protege un balón ante Gravesen, en febrero de 2005. / VICTOR LERENA / EFE

«Ya se veía que mi vida iba a ser un poco jodida». Y Toni Soldevilla (L'Hospitalet de Llobregat, 1978) se echa a reír. Ha encontrado un momento para charlar después de echar unas patatas en la sartén. Esta entrevista estuvo cocinándose durante un año, con mensajes que a veces quedaban en el limbo, para volver a asomar en la pantalla sin previo aviso. Ambos asumimos que, cuando se mira hacia adentro, cuando las fotos oscuras no admiten filtro, el respeto pasa por encima del tiempo. Soldevilla, hoy, está en paz.
¿Es más feliz ahora o cuando era futbolista?
¡Vaya manera de comenzar! Creo que fui muy feliz jugando al fútbol. Como muchos niños, quería estar ahí, en televisión, y jugando en campos de Primera. Competí al máximo nivel, gané títulos, logré un montón de cosas... El fútbol me ha ayudado mucho. Conocí a gente maravillosa y construí una vida fantástica. Pero le tengo que decir que, cuando acaba el fútbol, se tiene miedo. Yo también lo tuve. Aunque he sabido reinventarme. Hoy tengo una sensación de satisfacción conmigo mismo que antes no tenía. Con 47 años, valoro mucho más todo. Después de lo que he vivido, estar aquí me hace sentir orgulloso de la persona que soy.
¿Qué hace ahora?
Vivo en Alicante, en Playa de San Juan. Y soy entrenador personal desde 2014. Un año antes de retirarme ya empecé con los entrenamientos personales, y sigo con ello. También estoy en la AFE desde 2019, en el sindicato de futbolistas. Llevo la delegación de Canarias. Además, de forma puntual, soy profesor en una escuela de formación de fitness. Eso me llena. Me encanta la docencia y estudiar. ¿Quién me lo iba a decir cuando me saltaba todas las clases de crío?

Toni Soldevilla, exfutbolista del Espanyol. / Fotografía cedida por Toni Soldevilla
¿Llegó a acabar los estudios?
Llegué a acabar la EGB [ríe]. De aquella manera y porque mi madre me dijo que, si no, me quitaba el fútbol. Y dije, hostia, sin fútbol no. Luego hice Formación Profesional. No tenía muy claro hacia dónde quería ir. No era alguien a quien le gustara mucho estudiar. Así que, bueno, después de dos años lo dejé y me puse a trabajar. Pero mi carrera como futbolista fue muy precoz. A los 17 años firmé con el Espanyol.
¿Y de qué trabajaba?
Con mi padre, que era basurero. Íbamos por Viladecans, llevaba la zona industrial, recogiendo la basura, el cartón... Es que mis padres me decían que, si no estudiaba, tenía que trabajar. Y lo fui compaginando con el fútbol. Me acuerdo de ir a entrenar lleno de mierda, porque venía de trabajar. Entonces ya me cogieron José Manuel Casanova [el alma de la cantera del Espanyol], que en paz descanse, y el entrenador Paco Flores, y me dijeron: 'A ver, céntrate un poco. Si quieres dedicarte a esto, el ritmo de vida que llevas no es muy apropiado'. Claro. Yo les decía que tenía que seguir trabajando, que era lo que me decían mis padres. Pero tuve la suerte de ir al filial siendo aún juvenil, y ese mismo año debuté en Primera. Pude dejar la basura y dedicarme a la pelota.
¿La fama vino muy rápido?
No es que me viniera rápido, sino que llegó de golpe. Y venía de una familia humilde. Los futbolistas ahora están mucho más preparados. Gracias a Dios le dan mucha más importancia al tema emocional, algo muy importante para una persona de 18 años que empieza a ganar más dinero que sus padres de un día para otro. Para toda la familia fue una sorpresa.
¿Qué hizo con aquel dinero? ¿Era una máquina de gastar?
No, no, yo seguí con mi vida normal... No me iba a comprar un coche, o dos, o los que fueran. Mi idea era comprar mi primera casa, y lo hice. Obviamente tenía caprichos, ropa de marca y esas cosas. Pasé de comprarme la ropa en el mercadillo a irme al Corte Inglés.

Soldevilla abraza a De Lucas, en presencia de Tamudo. / JORDI COTRINA
¿Con quién se llevaba mejor?
Tamudo, De Lucas... Me llevaba con todos. Éramos una familia. Con quien más salía era con Alfredo Argensó [ex portero del Espanyol]. Sí, con él salía un poquito más.
A hacer una Coca-Cola.
Sí, más o menos [ríe].

Soldevilla, Luis García, Lopo y Pichi Alonso, durante la presentación de un Catalunya-Ecuador en 2003. / JORDI COTRINA
¿Llegó todo lo lejos que quería en su carrera o es algo que le tortura? ¿Se reprocha algo?
No. A día de hoy, no. Llegué a Primera División, jugué 133 partidos con el Espanyol, estuve en el extranjero, viajé... Es cierto que tuve muchos altibajos. Pero todo forma parte de mi proceso vital. Como caer y levantarme, caer y levantarme. He sido un poco periquito en ese sentido, que tenemos que luchar contra muchas cosas. Me siento feliz cuando me miro y me digo: 'Hostia, Toni, al final llegaste'. Supe reconducir mi vida. Estoy sano, fuerte, feliz.

Toni Soldevilla, en el medio, espera desde el banquillo a su debut con el Espanyol frente al Athletic, en febrero de 1997. / Francesc Casals
Cuando debutó con el Espanyol (19 de febrero de 1997) le expulsaron. Bien rápido.
Sí, sí [ríe]. Eso fue un trauma. Ya se veía que mi vida iba a ser un poco jodida [sigue riendo]. No fui como Tamudo, que debutó y metió un gol. Me vi convocado para jugar contra el Athletic de Bilbao en Sarrià. Nos marcaron un gol a los 10 minutos y, no sé... El entrenador, Vicente Miera, me dijo que calentara. Hosti, yo no lo veía. 'Pues ya veremos si entro', me dije. Al rato [en el 23], me hace salir por Benítez. Y nada, justo antes de acabar la primera parte, en el minuto 44, le hice una entrada dura a Alkiza en el centro del campo. Era un poco mi ADN. Y el árbitro, que era Brito Arceo, me sacó la roja directa el tío. Yo me quería morir. Me tiré al suelo con los pies por delante, como era yo. Pero el árbitro, digo yo que podía haber sido un poquito más benévolo. Brito Arceo... Adelgacé en una semana 7 u 8 kilos. Me decía: 'Hostia, ya no vuelvo a jugar en Primera. El sueño de mi vida se ha ido a tomar por culo...'. Pero cumplí el partido de sanción y al siguiente ya fui titular contra el Madrid.
También le dio una buena a Ronaldinho.
Sí, sí, lo mío va de castañazos [ríe con gusto]. Fue en una final de la Copa Catalunya en Tarragona. Se me cruzaron los cables. El azul con el rojo... y saltó una chispa. No hice una entrada para lesionarlo, pero estuvo fuera cerca de tres meses. Se recuperó, y ya está. Tan amigos.

Toni Soldevilla, ante un Ronaldinho caído, en un derbi de 2005. / JORDI COTRINA
¿Cómo era como futbolista?
Tenía de todo un poco. Sí que era bastante durillo. Y con los años, más. También sabía salir con el balón. Pero es verdad que era muy contundente. Recuerdo otra de estas en una semifinal de Copa, que me hizo jugar Paco Flores contra el Madrid en Montjuïc. En la primera entrada, le metí una hostia a Raúl... '¿Ya, Toni?', me soltó. Yo tenía 20 años. Y le respondí: 'Sí, sí. Es lo que hay'.
¿Qué pasó en A Coruña? Vivió un episodio que marcó su carrera.
[Mantiene el silencio durante unos segundos para pensar]. Fue una situación compleja. Estaba lesionado. Me tenían que operar del menisco. Y Luis Fernández, que era entonces el entrenador del Espanyol, nos dijo que teníamos que viajar todos y estar con el equipo antes de jugar contra el Depor. Pero yo viajé lesionado. No fui para jugar, sino para apoyar porque estábamos en un momento complicado. Recuerdo que me fui a cenar con Lopo y De la Peña. Ellos volvieron al hotel y yo me quedé por ahí...
No volvió.
No aparecí al día siguiente en el desayuno. No aparecí en la comida. No aparecí en el campo... Todos los problemas que yo venía teniendo desde hacía años [relativos a la adicción a las drogas] se destaparon. Desde el club ya no había forma de taparlo. Llegué a una situación que ya era insostenible. Fui a un centro en Valencia.
En su estancia en el centro, ¿qué descubrió?
Todas las hostias, todos los problemas que he tenido en la vida, lo que intento es que me enseñen. No me siento nada orgulloso de la actitud que tuve, a nivel profesional y más representando a mi club. Pero el hecho de salir, el hecho de tener que parar, el hecho de tener que exponerme y que la gente supiera un poco más de mi vida y de lo que me estaba pasando, al final me ayudó. Años atrás, todo lo que tenía que ver con problemas de salud mental, con psicólogos y psiquiatras era un tabú. Era muy difícil decir: 'Hostia, pues voy al psicólogo'. Cuando es algo de lo más natural y que todos deberíamos hacer. Pero en aquel momento era más complejo y me hizo aceptar que era una de las ayudas que necesitaba para que mi vida funcionara.
¿Qué le diagnosticaron?
[Bebe agua, y continúa]. Me diagnosticaron un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, además de la depresión que tenía. Yo no tenía ni puta idea de qué era el TDAH. Fui al centro en Valencia, y luego volví. Estuve seis meses en la Vall d'Hebron con el psiquiatra Miquel Casas. Me decían que yo era un perfil claro de TDAH en adultos. Y yo seguía sin tener ni idea de qué era. Durante el tiempo que estuve sin jugar, me empezaron a tratar farmacológicamente. Hostia, yo noté un cambio en mi cabeza, a nivel emocional, a nivel de pensamientos... Parecía otra persona. Alguien a quien no había conocido en mis 24 años de vida. Me empecé a entender. Y, sobre todo, me empecé a aceptar. Tenía una enfermedad. Un trastorno mental tratable.
"Me diagnosticaron un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, además de la depresión que tenía. Yo no tenía ni puta idea de qué era"
¿No queda ningún tipo de sentimiento de culpabilidad?
¿Conmigo?
Sí.
No. Hoy, no. Sí que lo he pasado muy mal, eh. Las cosas como son.
¿Muy mal hasta qué punto?
[Respira profundamente y continúa]. Me he sentido fracasado, frustrado, culpable... Me preguntaba una y otra vez: '¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?'. Y había una respuesta. Estaba enfermo. Tenía un problema de adicción y lo voy a tener el resto de mi vida. Y lo que tengo que hacer es responsabilizarme de eso y estar como estoy hoy. Ya está. Es algo que me va a acompañar siempre. Los futbolistas somos personas. Que seas futbolista no te exime de tener los mismos problemas que pueda tener un panadero, un obrero o el vecino de al lado. No sé si me tocó, si es algo genético... Me da igual. Sé que es una realidad en mi vida.
Cuando dice que un adicto lo es para toda la vida, es un primer paso hacia la aceptación.
Claro que sí. Aunque al principio cuesta. Cuando no sabes, piensas que es por un hábito, que es por vicio. Pero cuando empiezas a tratarlo como tal, pues es una enfermedad. Incurable, pero sí tratable. Con responsabilidad y con ayuda. Uno no se puede olvidar nunca. De eso hace muchísimos, muchísimos, muchísimos años. Pero yo no me olvido de dónde vengo. Y de cómo he estado. Y eso es lo que me hace estar siempre recordándome situaciones complicadas, fotos negras. Y sigo pidiendo ayuda cuando la necesito. Uno tiene que saber de dónde viene para no volver ahí. No quiero volver ahí nunca más.

Toni Soldevilla, exfutbolista del Espanyol, durante un ruta en el Monte Perdido. / Fotografía cedida por Toni Soldevilla
Cuénteme un sueño.
Se lo cuento. Me gustaría tener una casa en el campo. Pero no soy Marcos Llorente del Atlético, de momento [ríe].
Con gafas amarillas.
¡Para nada! No en ese plan. Pero me encanta la naturaleza. Justo esta semana volví de los Pirineos. Me encanta la montaña, hacer senderismo... Tengo el sueño de tener una casita en el campo. Con mi huerto, viviendo de las cosas que cultive. ¡No sé si sabré algún día cultivar una patata! [ríe]. Y, claro, quiero ver a mi hijo, Marc, creciendo feliz.

Toni Soldevilla, junto a su hijo, Marc. / FOTOGRAFÍA CEDIDA POR TONI SOLDEVILLA
DNI
Toni Soldevilla, criado en el barrio de Santa Eulàlia de L'Hospitalet, fue uno de los estandartes de aquella Quinta de la Intertoto (Raúl Tamudo, Quique de Lucas, Joan Capdevila o Sergio González) que permitió al Espanyol soñar en grande. Lució el brazalete de capitán, disputó 133 partidos con el primer equipo blanquiazul, ganó una Copa del Rey (2000) aunque no se calzara las botas en la final, y se atrevió incluso a jugar en los Urales, siendo el primer español en competir en la primera categoría rusa.
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