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El Tourmalet

Pogacar no era de ningún planeta raro

Tourmalet por Sergi López Egea

Tourmalet por Sergi López Egea / REDACCIÓN

Sergi López-Egea

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Xeraco (enviado especial)
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Era humano, ni marciano, ni de ningún otro planeta. Decían que Induráin era tan bueno que ni se caía cuando iba en bici y la vez que se fue al suelo en el Tour su hermano Pruden, también en el asfalto, le sirvió de colchoneta.

Pogacar, en cambio, sufrió su peor caída desde que se dedica al ciclismo, la que tuvo en la Lieja-Bastoña-Lieja en 2023 no se vio en directo porque todavía no había conectado la televisión. En la Vuelta fue distinto e impactante y volvió a evidenciar lo que siempre sucede cuando un ciclista se va al suelo y no se levanta de inmediato.

Es la peor señal y la constancia de que se ha hecho algo serio, tan gordo como dejar una carrera que, al menos en lo deportivo, tenía sentenciada, al margen de la siempre consideración, por desgracia esta vez puesta a la práctica, de que salvo un accidente ganaba la Vuelta.

Estado de shock

Han pasado las horas y sigo en estado de shock por Pogacar porque cuando un número uno se cae, abandona o sufre una lesión gorda no hay justificación alguna y salen perdiendo todos; él, el primero porque sufre el dolor de las heridas, y luego los torneos, competiciones, rondas ciclistas o como se quiera denominar a la prueba. Y, por supuesto, más allá de la disciplina que practican, el deporte en general.

Nos quedamos todos de piedra, como la maldita que lo tumbó de la bici. Hasta los rivales estaban atónitos y mirando después unas imágenes que ya han dado la vuelta al mundo para comprender el cómo y el porqué de una caída tonta, que en ciclismo muchas veces son las peores.

Por eso y por años de experiencia, en carreras ciclistas, ahora la Vuelta y hace mes y medio el Tour, muchos me preguntaban ¿por qué no escribes que ha dejado la carrera sentenciada al atacar en el Tourmalet, o el martes en Andorra? Pues porque, por desgracia, pasan estas cosas, que son desagradables, pero suceden y la historia ciclista tiene un paquete de tristes ejemplos, de corredores que ya se veían vencedores de una carrera y luego el sueño se esfuma por tomar mal una curva, por frenar demasiado tarde o por una piedra maldita que se cruza en tu camino justo cuando estás bebiendo un sorbo de agua del bidón.

El antecedente de Vingegaard

Siempre hay que ir atento y no despistarte lo que muchas veces es imposible por muy bueno que seas. Le pasó a Jonas Vingegaard, que no habría ganado el Tour, salvo accidente de Pogacar, pero que habría llegado a París en la segunda plaza de la general: aparece una isleta, te lía el compañero de tu equipo que va por delante, te la comes y te rompes la clavícula.

En el ciclismo no puedes esperar, pedir el cambio y aguardar a la siguiente etapa para ver si las heridas no son tan graves y puedes partir con el jersey rojo o con el amarillo que llevaba Luis Ocaña hace 55 años cuando se estampó bajando por Menté. Podría haber seguido porque no se rompió ningún hueso, pero el susto, el temor a una fractura grave, le hizo dejar un Tour que seguramente habría ganado.

Tres abandonos en el anonimato

Por todo ello, no hay deporte más injusto y a veces inhumano que el ciclismo donde no vale que seas el número uno de la especialidad y posiblemente el mejor de la historia, siempre con el permiso de Eddy Merckx. Pogacar es humano por mucho que se bromee de un supuesto origen extraterrestre. Y si se va al suelo se hace daño como los demás, como los tres compañeros de profesión que también se cayeron en la misma etapa, abandonaron y que quedaron en el anonimato: Floris van Tricht, Mattia Gaffuri y Diego Uriarte.

Ahora le espera el quirófano, una recuperación que difícilmente le permitirá correr el Mundial y hasta Lombardía para continuar coleccionando títulos merecidos. Una pena, no hay nada que añadir.

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