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Opinión | Apunte

Saltar la banca

El ciclista esloveno Tadej Pogacar conversa con el príncipe Alberto de Mónaco frente al Casino de Monte Carlo.

El ciclista esloveno Tadej Pogacar conversa con el príncipe Alberto de Mónaco frente al Casino de Monte Carlo. / Javier Lizon / EFE

Probablemente hemos vivido la mejor temporada, la más divertida y espectacular, del ciclismo moderno, y también una de las más tristes, después de la muerte terrible de FinlayTarling en la Volta a Portugal. Desde aquel sprint majestuoso de Wout Van Aert en el Vélodrome André-Pétrieux de Roubaix, incontestable victoria, hasta el ascenso indescriptible de Tadej Pogacar en el Alpe d'Huez, pasando, claro, por la eclosión de Paula Blasi, ganadora de casi todo, con exhibiciones en la Vuelta a España y con definitivo marchamo de líder, pese a las tácticas de equipo, en el Tour femenino. Y todavía nos queda la Vuelta de los hombres, que se presenta, como ocurre a menudo en los últimos años, no como una cenicienta en el calendario de las hermanas de tres semanas, sino como un evento de gran categoría, durísimo, atractivo, esta vez a través del arco mediterráneo y sin recorrido cantábrico ni llegada a Madrid.

Hay una tendencia cada vez más extendida a plantear las últimas etapas de las grandes vueltas no como un trámite, un escaparate publicitario, sino como una verdadera prueba de fuego. No recuerdo haber vivido tantas etapas “reinas” justo los días antes de llegar a la meta final, para mantener el interés deportivo (como ha ocurrido en la Niza-Niza del Tour femenino) o para certificar que hasta el rabo todo es toro, con el añadido de ver cómo Pogacar iluminaba el deporte y la vida misma en la subida majestuosa a la mítica cima de los Alpes. En la Vuelta, ocurre lo mismo. La terrorífica penúltima etapa, con el ascenso inédito al Collado del Alguacil, promete ser un “infierno del Sur”.

Pogacar vive en Mónaco, pero es muy probable que no juegue en el casino, como sí hacía Carlo Monte, el personaje de Enrique Jardiel Poncela en una deliciosa opereta (“Carlo Monte en Monte Carlo”) que se estrenó un mes antes del estallido de la Guerra Civil. Resulta que lo ganaba todo en todas partes y, con el miedo en el cuerpo, los responsables de orden público prohibieron que entrara en el Principado. Sin embargo, Carlo Monte se salió con la suya. En una escena musical, en el casino, se preguntan: “¿Cuál será su pretensión?”. Y él contesta: "¡Desbancar!".

Esta es la idea de Pogacar: completar la ruleta, cerrar el círculo que empezó en Cortals-Encamp en el 2019, cuando descubrimos a un jovenzuelo de 20 años con cara de niño, sin saber aún que estábamos ante la historia del ciclismo. ¿Qué quiere ese esloveno que todavía conserva el rostro infantil y que, además, es desprendido (de gregario si es necesario, con naturalidad) y simpático (cuando ejerce de fan incondicional de UrškaŽigart, corriendo tras ella como un aficionado más)? Quiere saltar la banca. Ganar la Vuelta que todavía no tiene en el saco. Y no podrán impedirlo, como en la opereta de Jardiel, y tampoco será necesario, porque Pogacar ha conseguido, ávido y hambriento, que la competición sea majestuosa, porque siempre gana o aunque gane siempre. Quizá, como decía Lady Macbeth (¡que no iba en bici!) por “este natural tuyo, porque lo tienes demasiado lleno de la leche de la bondad humana”.

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