APUNTE
La materia de los sueños, por Jordi Puntí

Leo Messi se lamenta tras la final perdida ante España en el Mundial. / WILL OLIVER / EFE

Los analistas están de acuerdo en que España ha ganado el Mundial porque ha hecho el mejor fútbol de equipo. El gol definitivo de Ferran era el primero que marcaba en la competición, y dos jugadores de gran nivel —Zubimendi y Eric García— debutaron en la prórroga de la final, algo del todo inusual. De la Fuente confiaba en el sistema de juego: cambias las piezas pero no pasa nada porque el estilo es el mismo —le suena la idea, ¿verdad?—, y no es de extrañar que el mejor jugador del Mundial sea Rodri, el director de orquesta. Rodaje, convicción y algo de suerte en momentos puntuales para un equipo que jugaba sin un delantero centro puro.
El conjunto por encima de las individualidades, pues, y éste podría ser el resumen de este Mundial. Por eso Lamine Yamal no ha brillado tanto como se esperaba, pero al mismo tiempo ha sido imprescindible. Las semifinales han representado muy bien las dos tendencias, y quizás debamos decidir que el mejor ejemplo fue la victoria de España contra Francia, un equipo con una delantera estelar, una máquina de marcar goles, pero que el dominio de España desarticuló. En la otra semifinal, Argentina jugó durante 85 minutos de la misma forma vulgar y matona, y sólo la ingenuidad de Inglaterra permitió ese final fulgurante, con Messi haciendo de Messi y de golpe el espejismo de una nueva copa.

Lionel Messi sentado en el césped del campo después de su derrota en la final del Mundial 2026 contra España. / AFP7 vía Europa Press
Pero hablemos de Messi, ejemplo indiscutible de esa dependencia de un único talento, incluso en clave elegíaca. Es revelador que en la final Argentina no chutara ni una sola vez entre los tres palos. Cuando vio que su única estrategia futbolística —pasar balones a Messi— no funcionaría, optó por la alternativa que les ha dado resultado en este Mundial: juego sucio, faltas, quejas constantes. Los funcionó contra Cabo Verde, contra Egipto, contra Inglaterra. Bilardismo. No puedo imaginar que Messi, que se ha pasado media vida recibiendo este tipo de violencia, esté muy satisfecho con este planteamiento, la procesión le irá por dentro.
Pero hay un compromiso emocional que lo difumina todo: con 39 años, el propio Messi ha dicho que seguirá jugando mientras se divierta, con sus amigos, y estos hacen todo lo que sea para hacerle feliz, si hace falta negando la realidad. Se llama adoración —de todo un equipo y de todo un país, de medio mundo— por el mejor jugador de la historia, y nunca olvidaremos que incluso cuando ya perdían, en el último suspiro, todavía dejó dos o tres jugadas —ese disparo demasiado alto del cargante Simeone— para darnos a entender que su arte todavía pueden cambiar un partido.

Las lágrimas de Messi, reflejadas en la pantalla del MetLife Stadium tras la final. / Angel Colmenares / EFE
Las lágrimas de Messi al final eran por la derrota, para descargar la tensión de llevar un país en sus hombros, pero sobre todo son las lágrimas de alguien que ve que esto se acaba, y que empieza a ser hora de preparar el mutis. Quizás pronto haga suyas las famosas palabras de Próspero en La tempestad: "Nuestras alegrías ya han terminado. Estos actores nuestros, como ya os había anunciado, eran todos espíritus y se han fundido en el aire, en un aire tenue... Estamos hechos de la materia de los sueños, y nuestra pequeña vida se cierra en un sueño".
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