Opinión | Apunte

Jefe de Deportes de EL PERIÓDICO
España y el despreciado Ferran limpian la pelota que manchó Argentina

Ferran celebra su gol a Argentina en la final del Mundial. / LAVANDEIRA JR / EFE
Que Ferran Torres pueda ser héroe para siempre de un deporte donde fue tan despreciado, donde fue tan humillado, llevándole incluso a someterse a terapia, nos demuestra que siempre hay tiempo para negar la razón a quien quiere hacernos daño. Objeto de burlas durante años, descubrirá ahora, de repente, la otra cara de la moneda. Porque la sociedad quiere a los que ganan, jamás a los que pierden. España conquistó su segundo Mundial porque nadie jugó mejor que el equipo de Rodri y de De la Fuente, alfa y omega del éxito. Y porque la selección argentina se empeñó en despedir a patadas a Leo Messi, el mejor futbolista de siempre.
Maradona, como Leo, nunca pudo enhebrar su segunda Copa del Mundo porque su Argentina de Italia 90 jugaba a lo mismo –nada– que esta de Scaloni en 2026. Maradona era el que decía que la pelota no se manchaba. Pero en Nueva Jersey, después de que la Albiceleste la ensuciara cuanto pudiera, España la limpió de la única manera que sabe. Jugando, creyendo y permitiendo que adolescentes como Lamine y Cubarsí -el mejor joven del campeonato- abrieran su propia era en un Mundial que ha cambiado muchas cosas.
Eso de que el fútbol se ha convertido precisamente ahora en un negocio es una patraña, porque los ingleses, desde mucho antes de ponerse a perder, ya lo deshuesaban en sus inicios para sacarle todo el partido posible. Diferenciemos, pues, el asunto. Lo que ha hecho al frente de la FIFA Gianni Infantino mientras ejercía sus labores de mayordomía con un Donald Trump atrapado durante este Mundial en el estrecho de Ormuz ha sido mucho más aberrante. Veamos: la hipercomercialización de un producto que en el plató MAGA tenía más margen de crecimiento; la vergonzosa injerencia de Trump mediante telefonazo a su paje en el Caso Balogun; el amontonamiento del famoseo y el 'brilli brilli' en los palcos; los 'influencers' que se mueven por la grada mutando de piel, color y marca –hoy Adidas, mañana Nike– con el nervio tramposo de un vaso sobre la ouija; las pausas de recaudación en que jamás se atraganta el spot; y, sobre todo, la expulsión definitiva de la gente normal de unas gradas con aforo completo –You wanna live like common people?, que decía la letra de Pulp–.
El Lamine de ayer jamás podría ver jugar a fútbol al Lamine de hoy. Siempre habrá alguien que pueda pagar más de 11.000 euros por la entrada de una final –«una vergüenza», clamó Borja Iglesias-, y ver en el descanso de la cocacola y las patatas fritas (27 minutos) a Ronaldinho y Ronaldo, con su ropa poligonera y sus panzas, conduciendo un buggy con Madonna a bordo. Después asomaron la rana Gustavo y el Monstruo de las Galletas. Qué risa.
Pero ni siquiera ese nuevo orden en el que el 'show' se ha tragado el deporte ha logrado desenamorar a quienes ven en el fútbol, no una válvula de escape de la realidad, sino un gancho emocional para hablar, abrazar, educar, creer, compartir, discutir, besar y recordar. Envejecimos y lloramos con Messi, volvimos a nacer con Ferran. El destino es bien puñetero. ¿Vivir no era eso?
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