Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

BARRACA Y TANGANA

Lo peor vendrá después (o no)

Lo peor será tener la razón. En una final de la Copa del Mundo no sirve para nada tener la razón

Luis de la Fuente da instrucciones a sus jugadores en una pausa.

Luis de la Fuente da instrucciones a sus jugadores en una pausa. / KEVIN C. COX / Getty Images via AFP

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Enrique Ballester

Enrique Ballester

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

España jugó contra Portugal y se rompió Nuno Mendes. Después, contra Bélgica, cayó Courtois. En semis, contra Francia, se lesionó Saliba. Sería bonito que contra Argentina se lesionara el árbitro.

Si buscan confianza y lucidez, este no es el lugar ideal.

El 26 de octubre de 1863, varias personas se reunieron en la Freemason’s Tavern de Londres, acordaron las primeras reglas de un deporte llamado fútbol y 163 años después, por su culpa, lo voy a pasar mal durante unas cuantas horas. Hacia 1870, unos británicos asentados en las minas de Riotinto, en Huelva, disputaron los primeros partidos de fútbol en España, quizá sin otra motivación que fastidiarme esta semana.

Ya en el siglo XX, en un verano, mis padres se enamoraron en un pequeño pueblo de Teruel, un poco por casualidad, por el mismo tipo de casualidad que unió a todos los antepasados que desembocaron en mi persona, engendrada en 1982, nacida en 1983 y viva desde entonces con el único propósito de sufrir ahora en la final de un Mundial.

Mikel Merino dispara a portería el balón rechazado por el meta belga Senne Lammens en el partido de Los Ángeles.

Mikel Merino dispara a portería el balón rechazado por el meta belga Senne Lammens en el partido de Los Ángeles. / DAVID RAMOS / Getty Images via AFP

Además, aún en los 80, mi padre me llevó al estadio a ver un partido de fútbol. Me podría haber llevado a ver balonmano, baloncesto o voleibol, pero no, o al circo o a la montaña o al zoo, pero tampoco: mi padre me llevó a ver un partido de fútbol igual que luego me apuntó a jugar a fútbol y permitió que toda mi vida se desarrollara en torno al fútbol para que no supiera o pudiera escapar, después, y en esa trampa languideciera hasta esta irremediable final.

Es más: algo pasó hace millones de años en la Tierra para que los humanos evolucionaran por un linaje distinto a los monos. Nadie entendía muy bien por qué, pero ahora lo sé. No quiero exagerar: el único fin de eso que llamamos humanidad era fastidiarme una semana de vacaciones con la perspectiva de perder una final de un Mundial.

Literatura tramposa

Aprendí a caminar, aprendí a hablar, aprendí a leer. Superé una alergia a la humedad y otra a los ácaros. Sobreviví a un accidente de coche. Hice por vivir. Hice la compra. Llevé el coche al taller, puse lavadoras, me quitaron dos muelas. Cambié pañales, dormí poco, trabajé. Me porté súper bien, me porté mejor que súper bien y qué obtuve a cambio: estar a punto de ver a España perder una final del Mundial (ay, quizá).

Y lo peor no será perder, si perdemos. Lo peor vendrá después. Lo peor será que cualquier argumento sonará a excusa. Lo peor será ser mejores. Lo peor será toda esa literatura tramposa que obviará, justificará o endulzará lo que no se debe obviar, justificar o endulzar jamás. Lo peor será que todo lo que hemos visto dejará de valer. A tus ojos o a la ‘verdad’ oficial. A quién vas a creer.

Lo peor será que, aunque tengamos razón, a nadie le importa tener razón. En una final de la Copa del Mundo no sirve para nada tener la razón, aunque sea una final que no debió suceder. Lo peor será que ni siquiera nos esforzaremos por explicar, porque vendrán las aguas bravas y las aguas bravas no se pueden detener.

Menos mal que no juego yo. Menos mal que los nuestros son mejores que yo, que solo estoy aquí para sufrir. Y todo porque dos personas se enamoraron en un verano, en un pueblo de Teruel.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS