Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El Tourmalet

Cuando al Tour le saltan los plomos

Tourmalet por Sergi López Egea

Tourmalet por Sergi López Egea / REDACCIÓN

Sergi López-Egea

Sergi López-Egea

Égletons (enviado especial)
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Una ligera brisa y una especie de neblina que resguardaba del sol implacable fueron recibidas como el maná, como si hubiese tocado la lotería en el departamento de Cantal, creado tras la revolución francesa y que en el siglo XIX era tan pobre que sus habitantes emigraron principalmente a Madrid. Eran artesanos ambulantes que con el paso del tiempo abrieron comercios en la capital de España.

El Cantal está en la zona cero del Macizo Central, tierra cerrada hasta que se construyeron obras de ingeniería principalmente viaductos como los de Garabit, el coloso de hierro, obra de Gustave Eiffel, o el de los Rochers Noirs (los peñascos negros), creado por otro ingeniero famoso, Albert Gisclard, que sirvió para que el ferrocarril atravesase pasos infranqueables hasta principios del siglo XX y que hoy se presenta como un atractivo turístico.

Esos monumentos los muestra la televisión francesa durante la retransmisión del Tour y muchas veces, en días de descanso como el vivido el lunes en la prueba, sirven para que los ciclistas participantes se acerquen, se hagan fotos y disfruten de un día tranquilo sin necesidad de estar pendiente de los ataques de los rivales o de si fallan las fuerzas.

Sudar en el hotel

Porque en el día de descanso casi se podría decir que sudaron más en los hoteles que yendo en bici como acostumbran a hacer en un lunes que habrían firmado para competir, cambiando el reposo a otra fecha. Fue un lunes en el que la temperatura volvió a la original de julio aunque el asfalto y la tierra todavía estén muy calientes por el azote de una canícula impropia de la zona; parajes fríos en invierno, casas construidas para que recojan el calor y que ahora achicharran a los vecinos porque nadie tiene aire acondicionado, o muy pocos; entre otras cosas, porque antes creían que no lo necesitaban. El mundo, por desgracia, está cambiando y algunos siguen sin darse cuenta.

Por eso, cuando el Tour descansa en una gran ciudad, preparada para la vida moderna, nadie duda de que en su hotel se encontrará con aire acondicionado en la habitación y aunque los ciclistas son más proclives a apagarlo para no resfriarse con el cambio de temperatura, si entran a una estancia que ha podido estar a 40 grados tampoco es que sean tontos y por lo menos refrigerarán el cuarto durante un rato. O los masajistas que llegan antes que ellos al hotel se las apañarán para que los chavales deportistas, a los que cuidan, se encuentren el habitáculo fresquito cuando regresan de competir.

Sin aire acondicionado

Pero si ni Tadej Pogacar tiene aire acondicionado en su habitación, si suda como los demás, si no le sirve ni los colchones que llevan de autorregulación térmica, que mantienen el cuerpo más fresco de lo habitual, y si encima saltan los plomos del hotel cuando tratan de enchufar los refrigeradores portátiles que viajan en el camión, mal asunto recuperar fuerzas en el día de descanso del Tour.

Y no es porque fuera culpa del equipo del jersey amarillo. Es el Tour el que busca los hoteles y muchas veces trata de compensar, socializar la carrera en el sentido de que no siempre sean los equipos más flojos los que se coman los peores establecimientos, sobre todo cuando la zona no dispone de suficientes negocios hoteleros para que acoja al equipo y al parque automovilístico que mueven entre camiones, furgonetas, autocares y coches, sin contar las bicicletas. No les sirven ni los apartamentos, ni los pequeños hoteles con aire de boutique.

Vuelta al pasado

Así que no le quedó más remedio al equipo de Pogacar que olvidarse de lujos y estrellas por un par de días y convivir con el pasado del Tour, cuando los corredores de mediados del siglo XX dormían en hostales, fondas y hasta en albergues comunitarios como pasó hasta los años 80, como si todos se fueran de excursión o de campamento.

Y ahora toca volver a competir y cruzar los dedos para que no aumente más la temperatura que, de sudar, pasar calor y ponerse todo el día medias de lencería llenas de hielo por la espalda, ya están hartos. Y también de que salten los plomos del hotel.

Suscríbete para seguir leyendo