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Opinión | La Lupa

Albert Blaya

Albert Blaya

Periodista

Lamine tenía razón

Lamine Yamal, durante el triunfo de España contra Francia en la semifinal del Mundial.

Lamine Yamal, durante el triunfo de España contra Francia en la semifinal del Mundial. / Carlos Ramírez / EFE

Los Mundiales son espacios temporales únicos, inconexos con el tiempo que les precede y el que está por venir y que tan solo obedece a un hilo que vive y muere cada cuatro años, el que conecta un torneo con otro, sazonando la memoria de quiénes viven con el Mundial como marcador temporal. Es ahí, no después, no antes, cuando emerge lo inesperado, el talento se reafirma o se cae y las leyendas, las que uno recuerda para siempre, se hacen. Rodrigo Hernández no podía irse de este universo concreto, único, sin un Mundial que rectificase lo ya sabido: que es uno de los mejores centrocampistas de siempre. Su fútbol es escuela, y Francia, que tiene todo el talento del mundo, no lo ha podido aprender. Los últimos 20 años del fútbol español estuvieron en el centro del campo que le ha ganado a Francia.

En el ambiente flotaba siempre la misma pregunta. ¿Hay miedo? Francia, con sus atacantes infinitos, un físico de una era por llegar y su arrogancia propia de quién estaba a un paso de su tercera final de Mundial seguida transmitía la sensación de ser un equipo superior, sin fisuras evidentes ni problemas terrenales. Lamine, que siempre apunta donde los otros ni se atreven a mirar, respondió aquello que para muchos es una provocación mientras que para su mirada honesta no es más que una consecuencia lógica de lo que percibe como natural: España les había ganado dos veces seguidas con él de protagonista. ¿Por qué no iba a suceder de nuevo? El debate no se centró en por qué lo decía, sino en qué decía. Como casi siempre, Lamine tuvo razón.

El Mundial de Olmo

El tema residió en algo que España tiene y Francia no. Una realidad latente que Deschamps sabía y tenía interiorizada pero que no supo contrarrestar. Los jugadores franceses parecía que esperasen su momento, agazapados, conscientes de un futuro que se les había prometido aunque con el paso de los minutos España les iba negando. Rodrigo masticaba cada balón y cada centímetro como si fuese suyo mientras Olmo (qué torneo del egarense) aguijoneaba unos espacios que cada vez eran más evidentes, en un desgaste constante e imparable. España era una gotera invisible cayendo sin freno en la frente de una Francia que no lograba saber cuál era su plan. España desnaturaliza cualquier estado de ánimo y se mete en tu mente para decirte qué tienes que pensar.

No necesitó la mejor versión de Lamine, ni siquiera a Pedri en el once, para torturar a Francia, que terminó con Mbappé perdiendo los papeles y el Balón de Oro, Dembélé, escondido en una esquina. Esta selección está cortada a imagen y semejanza de su líder, un Mbappé que es un funcionario del gol y la jugada com 'leit motiv'. Pero el espíritu el día de la toma de la Bastilla, allí donde el orgullo francés se inflama y le dice al mundo que Europa es, en parte, gracias a ellos, tuvo un color gris y carente de rebeldía. Francia fue lo que Mbappé quiso, para lo muy bueno, pero también para lo malo.

Y entre todo este ruido, Cubarsí y Laporte se elevan por encima del resto. Un jovenzuelo que hasta hace nada, para algunos, se ponía en duda por quiénes ponen por delante el club al talento. Laporte, que hace poco estaba en Arabia, sostuvo los peores momentos de España demostrando por qué hace no tanto era uno de esos centrales llamados a dominar el futuro. La que era la zona más débil de España, la defensa, es la que ha terminado dejando al mejor ataque que se ha visto en un Mundial de 2002 en la más absoluta nada. El fútbol es infinito en parte porque transforma los relatos aún sin saber cómo. Y el universo temporal de los Mundiales ya está preparando lo que pensaremos de muchos de estos jugadores dentro de cuatro años.

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