Mundial 2026
Inglaterra-Argentina, algo más que un partido: "Por Malvinas, por el Diego y por la última de Leo".
La semifinal de este miércoles (21.00 h.) viene cargada de emociones y expectativas que la exceden, en especial para los argentinos

Dos aficionados con camisetas de Maradona y Messi. / ODD ANDERSEN / AFP

Argentina enfrenta a Inglaterra en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta. La policía ha tomado nota. El que gane, pasará a la final. Pero para muchos argentinos el partido tiene una significación en la que lo deportivo y lo político se confunden. Inglaterra debe ser después de Brasil algo más que un rival. Si con los vecinos se pone en juego una supremacía regional, el caso inglés carga una historia que a estas alturas no puede separarse de la guerra por la posesión de las islas Malvinas durante el otoño austral de 1982. Desde "Muchachos", la canción que se convirtió cuatro años atrás en la banda sonora del triunfo en Qatar, y que llama a "no olvidar" a los "pibes" que cayeron en aquel conflicto bélico, Malvinas irrumpe en los gritos de las gradas como un ritual afirmativo al punto de que son los propios jugadores del seleccionado que lo repiten. La declamación nacionalista tiene un nuevo hit musical "La Cuarta Estrella", cuya letra, otra vez, pide "por Malvinas, por el Diego y por la última de Leo". Después del partido contra Suiza, los ganadores no se cansaron de cantarla, a los saltos y abrazos: ya sabían que iban a chocar con el equipo de Jude Bellingham y Harry Kane.

Los hinchas portan un bombo con la imagen de Messi y Maradona durante el Mundial. / AUSTIN JOHNSON / AFP
Messi espera el encuentro con una expectativa personal. "Jugué contra todos menos contra Inglaterra, y es especial porque es una selección grande". Mientras vistió la casaca del Barcelona anotó contra el Chelsea, Manchester United, Manchester City, Arsenal, Liverpool y Tottenham. Un total de 26 goles, con algunas actuaciones deslumbrantes. El capitán del seleccionado argentino debe haber revivido esos momentos con el anhelo de repetirlos bajo circunstancias completamente diferentes: acaba de cumplir 39 años y lidera un equipo que, a pesar de haberse ubicado como uno de los cuatro mejores del certamen, no termina de convencer. Se sufre demasiado para ganar. El elogió a la garra y el corazón no oculta una certeza compartida: Argentina no juega bien e Inglaterra es mucho más poderosa que Suiza, Egipto y Cabo Verde. El seleccionado, dijo el diario La Nación, es casi irreconocible con respecto a su mejor versión. "Incómoda, vulnerable. Estancada. Prácticamente se le borroneó el estilo, perdió el ADN. Progresa con dificultad. No juega con la pelota ni se defiende con la pelota. Parpadean sus intenciones entre el conjunto que fue, el que no se anima a ser o el que no sabe qué hacer". Eso ocurre curiosamente porque Enzo Fernández y Alexis Mac Allister, hombres del Chelesea y Livepool, tienen un bajo rendimiento.
Ganar o ganar
En cualquier casa o esquina de la capital argentina o cualquier ciudad de este país se escuchará igualmente la misma respuesta: a Inglaterra hay que ganarle como sea. Lo demás no importa porque será una humillación. Y nunca importará en la medida que se ponga en juego tamaño excedente emocional. Así lo aseguran buena parte de los medios. Ese "algo más" viene del Mundial de 1966, cuando Argentina fue eliminada por Inglaterra en los cuartos de final. Para los sudamericanos eso fue posible debido a la escandalosa expulsión del volante Antonio Rattin decidida por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein.
Las finales de la Copa Intercontinental entre Racing Club y el Celtic, primero, en 1967, y luego entre Estudiantes y Manchester City, un año más tarde, estuvieron teñidas de ese encono. A nivel selección hubo un partido en 1977 entre Argentina e Inglaterra en Buenos Aires. Empataron en un gol y eso es en un punto irrelevante. "Mandarina, mandarina, no se hagan los boludos (idiotas) y devuelvan las Malvinas", cantó esa tarde la hinchada en el estadio de Boca Juniors. Argentina vivía bajo una dictadura, pero eso importaba poco. Daniel Bertoni, quien en pocos meses iba a vestir la casaca del Sevilla, se lo tomó demasiado en serio los gritos y le dio un puñetazo a Trevor Cherry. Ambos fueron expulsados. Como el inglés perdió dos dientes, el chovinismo futbolístico cantó victoria. Y así se llega a la guerra de 1982. Argentina se rinde el 13 de junio, un día antes de debutar contra Bélgica en el Mundial de España. La televisión alternaba los comentarios del encuentro con los partes de batalla, que a esas alturas invitaban al pesimismo pese a que, pocas semanas antes, la prensa decía que "estamos ganando". Una revista deportiva había llegado a imaginar una final entre Argentina e Inglaterra, favorable al equipo que dirigía César Luis Menotti.
En 1986, Diego Maradona ofrece a un país el doblete simbólico y futbolístico. Un gol con la mano, para que el "enemigo" sienta lo que es hacer tampa, y otro de antología. Esos momentos se avivam como llamas ante cada inminencia de un choque con los ingleses. Ocurrió en el Mundial de Francia de 1998, cuando David Beckham fue expulsado por la simulación de una dura falta a Diego Simeone que nada tenía que envidiarle al suizo Breel Embolo. Inglaterra se tomó la revancha en 2002, cuando ganó 1-0. La dupla defensiva central estuvo conformada por Roberto Ayala y Walter Samuel, ayudantes de campo de Scaloni.
El deporte no es la guerra
En las vísperas, los argentinos se dividen en señalar entre los que creen que en Atlanta se pone en juego el orgullo nacional porque la guerra perdida continua por otros medios y aquellos que creen que se trata apenas de un partido caliente. Scaloni y la Federación de Veteranos de Guerra se han inclinado por la segunda interpretación. "El deporte no es la guerra. El partido de semifinales es un evento deportivo de alcance mundial, no una revancha armada ni una compensación histórica", señaló ese grupo de hombres, hoy sexagenarios, que pelearon las islas. "La soberanía se defiende en los foros internacionales, con la diplomacia, la verdad histórica y el reclamo pacífico e irrenunciable que dicta nuestra Constitución Nacional". Los excombatientes pidieron no obstante no olvidarse en Atlanta de Malvinas "sin caer en la xenofobia ni en el odio, sino como un ejercicio vivo de memoria y soberanía". El resultado tendrá un impacto emocional innegable. Si la selección celeste y blanca se impone, habrá seguramente fiesta. Si sucede lo contrario, no faltarán los que recuerden que el actual presidente, Javier Milei, es confeso admirador de Margaret Thatcher.
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