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Opinión | Mundial 2026

Francisco Cabezas

Francisco Cabezas

Jefe de Deportes de EL PERIÓDICO

España es 'cruyffista'

Dani Olmo trata de escapar de sus rivales.

Dani Olmo trata de escapar de sus rivales. / ARIC BECKER / AFP

Es el fútbol territorio dado a la provocación. Puede ser burda y 'racistoide', pero también estética y moral. Con el ADN táctico hemos topado. Luis de la Fuente, seleccionador español, nunca se ha significado como apóstol de Johan Cruyff por mucho que, durante su etapa como futbolista del Athletic, fuera el genio neerlandés su ídolo –eso sí, junto a Txetxu Rojo–. En tiempos de Qatar ya recibió de lo lindo Luis Enrique, mientras que en el ciclo de Luis Aragonés y Vicente del Bosque, pese al amontonamiento de peloteros y al mal llamado 'tiki taka', se solía dejar a Johan fuera de la ecuación del relato.

Ahora, revisen con detenimiento el histórico partido que mete a la selección española en la final del Mundial después de borrar a esa Francia de Deschamps que pasaba por ser la más temible en ataque, y también la más consistente en defensa. Una Francia repleta de atletas y velocistas de esos que, decían, habían cambiado el paradigma. Mientras todos los halagos se centraban en sus voraces cuatro delanteros titulares –Mbappé, Olise, Dembélé y Barcola– y también en sus dos centrales –el lesionado Saliba y Upamecano–, apenas hubo quien perdiera el tiempo en estudiar la sala de máquinas de Deschamps (Tchouaméni y Rabiot, ejecutado y sustituido por Koné al descanso porque debió antes ser expulsado). Cuando el centro del campo, aunque haya quien todavía reniegue de ello, es donde reside la naturaleza del fútbol. Y es en la ocupación de espacios donde un equipo de verdad se diferencia de un grupo de estrellas.

De la Fuente es un entrenador que ya con la selección sub-21 demostró ser un tipo que confiaba su buenaventura tanto en el balón como en las decisiones firmes. Cruyff sabía de esto. Entendió que Pedri, pese a ser quizá el mejor centrocampista del mundo, no mezclaba con su capitán general y faro, Rodri. Una decisión de esas que marcan la carrera de cualquiera si sale mal. Y también que con el triángulo que completaban Fabián y Dani Olmo –otra exhibición– se apañaría para desquiciar a una Francia que se pasó todo el partido persiguiendo sombras. Buena culpa de ello, porque la estructura depende de la salida, también la tuvieron Cubarsí y Laporte, que cegaron a Mbappé y a Olise simplemente negándoles la pelota en la zona central, y haciéndoles la vida más fácil a Cucurella y Pedro Porro.

Ningún instrumento desafina. Y Lamine no es un solista, por mucho que esté llamado a ganar algún día el Balón de Oro. Hay quien aún no entiende que su gran valor, más allá de burlar a Digne en el episodio que desempolvó el partido, es su capacidad para adaptarse a un plan grupal. En el campo, Lamine jamás va a la suya. No hay nada más 'cruyffista' que ceder el protagonismo al balón, y no al ombligo.

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