El Tourmalet
Hace 55 años Ocaña cayó en Menté y un libro lo recuerda

Tourmalet por Sergi López Egea / REDACCIÓN

El 13 de julio de 1971, este lunes hace 55 años, Eddy Merckx se negó a llevar el jersey amarillo, pese a ser el líder del Tour, e hizo toda la etapa pirenaica con la camiseta propia de su equipo, el famoso Molteni. Hace 55 años llovía en el Tour y cuando los corredores se adentraban por los Pirineos corrían el riesgo irse al suelo por culpa de la niebla, la lluvia que les golpeaba la cara y unos frenos de pastilla que daban total inseguridad colocados en unas bicis de finas ruedas. Hace 55 años se produjo el drama de Luis Ocaña en el Col de Menté. Una placa recuerda en el monte la caída del ciclista español que dominaba el Tour, que había puesto a Merckx contra las cuerdas y que si no se cae gana en París. Tan cierto como que logró la victoria dos años más tarde.
Este año hace un calor endemoniado. Para situarse en la cuneta, al menos sin una gorra o una sombrilla, hay que pensárselo dos veces y son casi más valientes los espectadores que se lanzan a por el Tour en la carretera que los propios corredores que se refrescan más que nunca, más bidones de lo posible, etapas que se recortan por el calor y la preocupación de qué pasará dentro de unos años si esto sigue así.
Sin frenos de disco
En 1971, las bicis no llevaban frenos de disco y las ruedas eran mínimas en diámetro comparadas con las que se utilizan ahora. Seguramente, de montar entonces una máquina del futuro, Ocaña no se habría caído, habría frenado sin problema, no le habría golpeado Joop Zoetemelk y la etapa habría acabado sin mayores contratiempos para el jersey amarillo.
Lo ocurrido el 12 de julio de 1971 fue un drama, una tragedia que conmocionó a un país. Hace 55 años no había las diversiones y entretenimientos de la actualidad. España vivía bajo una dictadura y sólo una televisión, en blanco y negro, daba fe con imágenes casi opacas de lo que ocurría en el Tour. La conexión, que llegó poco después de mediodía pareció un parte de defunción. Ocaña se ha caído, ha abandonado el Tour, su vida no corre peligro, pero no ha podido proseguir en la pelea por el triunfo.
Merckx consiguió gracias al accidente el jersey amarillo que, de hecho, correspondía a Ocaña. Al considerar que no lo merecía, al no haberlo logrado por los honores deportivos, decidió correr el 13 de julio sin la prenda puesta y al final acabó el Tour con victoria, la tercera de las cinco que logró en París.
Un ciclista impulsivo
Merckx fue un afortunado y Ocaña un ciclista impulsivo, que tomaba en ocasiones decisiones extrañas y que se caía muchísimo hasta yendo con el jersey amarillo. Convertirse en admirador suyo era como ser protagonista de una tragicomedia, pero pocos ciclistas han impulsado tanto como ningún otro, la literatura ciclista. El periodista Carlos Arribas escribió una maravillosa biografía de un corredor que nació en la provincia de Cuenca, vivió en el Val d’Aran y emigró a Francia con su familia, que huía más del hambre que de la dictadura.
El 19 de mayo de 1994, con 47 años, se pegó un tiro en la cabeza y acabó con su vida. Fue, aparte de ciclista, bodeguero de Armagnac. Pero el negocio como viticultor no le dio los frutos económicos que deseaba. Desempeñó también el oficio de director deportivo, pero no encontró nunca un corredor que tuviera su calidad y acabó como comentarista radiofónico. Pocos días antes de su muerte había participado en las ondas de la Vuelta.
Libros de ciclismo
Y pocos escritores hay como Christian Laborde, prosa y poesía desde Pau, medalla de oro del Tour, una distinción que llena de orgullo a los que tenemos la suerte de poseerla, y que como pocos goza escribiendo de ciclismo. Lo ha hecho de Charly Gaul, de Federico Martín Bahamontes, de Jacques Anquetil, de Raymond Poulidor, de Miguel Induráin y de Lance Armstrong al que sigue admirando, a pesar de las sanciones por dopaje.
Acaba de publicar en castellano, la versión original salió en francés esta primavera, ‘La caída de Luis Ocaña en el col de Menté’, que ha lanzado la editorial Sr. Scott. De hecho, el libro es un poema dedicado a Ocaña, donde se evocan los sentimientos de un escritor, por aquel entonces adolescente, que ya amaba el ciclismo, desde que su abuelo le contaba la épica de los héroes de los años 50 en la cocina de su casa.
A Laborde se le debe una cita hermosa, la que dice que Dios no levantó los Pirineos para separar Francia de España sino para distinguir a los escaladores de los rodadores. Ama la cordillera y como buen enamorado del Tour puso una corona sobre la cabeza de Induráin. Publicó ‘El Rey Miguel’ en 1996.
Laborde y los que conocieron a Ocaña saben que si el col de Menté no se cruza en el destino del ciclista habría cambiado la historia del ciclismo.
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