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Merlier logra en el Tour una victoria de narices en Bergerac

Magnífico esprint del corredor belga que se apunta un segundo triunfo consecutivo después de una remontada espectacular en la llegada masiva.

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Merlier se anota el triunfo en Bergerac.

Merlier se anota el triunfo en Bergerac. / ASO

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Sergi López-Egea

Sergi López-Egea

Bergerac (enviado especial)
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Fue un triunfo de narices. Y nunca mejor dicho cuando se consiguió en una ciudad llamada Bergerac tan famosa por la medio ficción y realidad de Cyrano como por la gesta recordada de Miguel Induráin al que llamaron ‘El Tirano’ por allá 1994. Ganó el belga Tim Merlier gracias a un esprint fantástico; segunda victoria consecutiva en un Tour que rodó sin alteraciones en cuanto a la lucha por la general que domina a placer Tadej Pogacar.

Fue una de las etapas más bellas en cuanto a paisajes, que circuló por los pueblos de la Dordoña y que partió al igual que en 1994 de Périgueux, cuando Induráin sometió a todos los rivales bajo la tiranía de la contrarreloj. El tirano del esprint, en esta ocasión fue un belga llamado Merlier que al menos quitó un poco el disgusto a sus compatriotas por la eliminación de Bélgica en el Mundial de fútbol a manos de España.

El belga Liam Slock, en fuga.

El belga Liam Slock, en fuga. / ASO / THOMAS MAHEUX

Iba el Tour decidido a convertirse en un día de exhibición belga, porque salvo las excepciones de Eddy Merckx o Lucien van Impe, por citar un par de estrellas, o del apogeo de Remco Evenepoel en la actualidad, siempre ha destacado más como un país de rodadores; es decir, los que se mueven a placer por el llano, que de escaladores. Al no estar acostumbrados a la alta montaña, los mejores ciclistas del país de los belgas se atrabancan en las cuestas.

Y, entre largas rectas y pocos repechos anduvo escapado el belga Liam Slock, que casi logra la gesta casi siempre imposible de fructificar la escapada, de levantar los brazos y conseguir una victoria épica en Bergerac. Hasta hizo sufrir en los últimos kilómetros cuando resistía más de la cuenta, cuando no se acobardaba por el ruido que le llegaba desde atrás, más de un centenar de corredores lanzados a 57 por hora y que poco a poco se lo comían con patatas.

Combativo del día

Aguantó fugado hasta las mismas calles de Bergerac, pero a 1.300 metros de la meta cayó en su empeño después de 176 kilómetros escapado. Es cruel, y mucho, que te pillen cuando ya ves la pancarta con el triángulo rojo que indica que quedan sólo mil metros. No sirve de nada, épica a hacer puñetas, aunque llegue la recompensa de ser elegido por el jurado del Tour como el combativo del día, que da derecho a subir al podio, a pisar la misma pasarela por la que Pogacar pasea cada día.

Pogacar, con el jersey amarillo, en medio del pelotón.

Pogacar, con el jersey amarillo, en medio del pelotón. / ASO

El Tour avanza poco a poco hacia el Macizo Central con la sensación de que los líderes, con el fenómeno esloveno a la cabeza, se toman una tregua, bromas de los corredores franceses como Kévin Vauquelin hacia belgas como Evenepoel por temas futbolísticos, o los noruegos del Uno X que suben al podio de salida con la camiseta de su selección de fútbol y obsequian con cánticos vikingos.

Pero Merlier no estaba para treguas. Si hay pocos esprints previstos en un Tour con cara de montaña quiere anotarse el máximo de éxitos, aunque llegue mal situado a los últimos 400 metros para efectuar una remontada sensacional y dejar al ciclista de Andrés Iniesta, el eritreo Bini Girmay, sin la opción de anotarse el triunfo.

Fue Merlier más obús que ciclista, fuerza descomunal en las piernas, imposible que ningún rival lo sobrepasase ni siquiera para que pudiera responder Jasper Philipsen al perfecto compás de Mathieu van der Poel al que se vio mucho más activo que en días precedentes.

Agotado por el esfuerzo

Slock llegó agotado por el esfuerzo de rodar en solitario y encima en otro día de tórrido calor. Ni le sirvió el plan que habían previsto desde el coche del Lotto. Ordenaron a los compañeros colocarse delante en las últimas curvas para hacer de tapón y frenar al resto de corredores, una estrategia de pillines que sólo funciona cuando el equipo se muestra con la suficiente fuerza para colocarse los primeros del grupo. No es fácil. Y en los últimos kilómetros de Bergerac ni siquiera lo pudieron probar.

Merlier ganó por fuerza y por narices y sin necesidad de dictar a nadie sus planes, de estar escondido mientras recita versos. Lo suyo fue pasar a la acción y obsequiar una etapa sin demasiada historia con uno de los mejores esprints vistos últimamente.

No hubo ninguna variación en la tabla de honor del Tour, siempre con Pogacar al frente, precavido al final para entrar en el puesto 49, en la zona central, allí donde hay menos riesgos de darse un tortazo en los metros finales. Juan Ayuso, en un plan similar al de Pogacar, también se mantuvo con un perfil bajo y conserva sin problema alguno la quinta plaza de la general a sólo siete segundos del podio de la carrera.

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