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Opinión | Apunte

Francisco Cabezas

Francisco Cabezas

Jefe de Deportes de EL PERIÓDICO

Y Olmo bordó el fútbol

Doku y De Bruyne no pueden detener a Dani Olmo, en los cuartos de final del Mundial.

Doku y De Bruyne no pueden detener a Dani Olmo, en los cuartos de final del Mundial. / PATRICK T. FALLON / AFP

Hubo un tiempo en que salvar la frontera de los cuartos de un Mundial era un imposible para España, encerrada entre miedos y demonios, codazos o 'tangazos'. Época de mucha furia y pocas luces. En Johannesburgo, tras un partido infernal contra Paraguay, aquel martirio llegó a su fin. Y 16 años después, en Los Ángeles, la selección enterró otro de sus traumas, aquel de México 86 en que Bélgica la dejó en la cuneta por el penalti fallado de Eloy Olaya. Cada vez se mira menos atrás –sólo lo hacemos los periodistas–y los complejos han dejado paso a la seguridad de que con orden y calma –sí, también como en 2010–, se avanza. Pese a que la temible Francia asoma en la próxima frontera, parece capaz de todo esta España en que Merino es quien mastica el hielo cuando ya te has acabado el cóctel.

Quedará la tentación de preguntarse cuánto más hubiera podido resistir Bélgica si los músculos de Courtois no hubieran reventado aún con 0-0. Su sustituto, Senne Lammens, puso cara al drama de su selección siendo incapaz de retener un chut de Cubarsí. Aunque poco se le puede reprochar al combinado de Rudi García, que hizo lo que pudo perdiendo en el calentamiento a Tielemans, el capitán y quien debía mover los hilos de los burócratas belgas, y con el crepuscular De Bruyne trotando a la pata coja.

Cada uno puede poner el foco donde más convenga. En el intervencionista De la Fuente, que se atrevió a sentar a Pedri y obtuvo un gol de Fabián como recompensa. En Lamine, al que le siguen dando premios MVP con razón. O en la retaguardia en pleno, con Pedro Porro, Cubarsí, Laporte y Cucurella rayando la excelencia. Pero permítanme que me detenga en Dani Olmo uno de los futbolistas con los que es fácil malacostumbrarse a ser injusto.

Olmo tiene que hacer más que sus compañeros para que le tengan en cuenta. Le pasa en el Barça, donde se le apuntan los goles y las asistencias para ver si da el nivel, y le pasa en la selección, donde juega como los ángeles, aunque siempre después de que le dejen a un lado.

Antes de que Luis de la Fuente volviera a sustituirlo pensando en replicar el milagro de Merino, Olmo nos obligó a estar más pendientes de su arte que de su color de pelo. Fue un placer. Desplegó una alfombra entre las líneas belgas por donde frenó y aceleró a su antojo, escondiendo el balón bajo su botín sin que hubiera manera de que los rivales supieran qué estaría imaginando. Siempre es bonito ver a un futbolista bordar el fútbol.

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