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Opinión | Apunte

No rompas más mi pobre corazón

Leo Messi, abrazado por el portero Juan Musso, tras vencer a Egipto.

Leo Messi, abrazado por el portero Juan Musso, tras vencer a Egipto. / DPA vía Europa Press

Ni Coyote Dax ni el jefe de deportes de este diario, Francisco (Paco) Cabezas, tienen ni idea que un estribillo y una reflexión en X repiquetean en mi cabeza desde hace 48 horas. Las mismas que han pasado desde que una selección argentina desbocada, entusiasmada y atrapada por su capitán logró lo increíble en unos cuartos de final de este Mundial atípico.

La coreografía de este campeonato no parece hecha para los que siguen el paso de la canción del cantante venezolano. Todo va por libre y se resuelve en los últimos compases, cuando la fuerza y la estrategia ya casi no valen y lo que te empuja a seguir ampliado el álbum de los recuerdos de Paco -difícil pero no imposible- te lo inyecta Messi. 39 años. Lo sabemos todos, que llevamos celebrándole media o toda una vida. El que sabe estar, liderar, arropar, empujar, atrapar, arrollar, arrastrar y leer los partidos desde esa calma que, después y tras años de profesión, ya se permite que explote en lágrimas. Su particular ‘para lo que me queda en el convento, me cago dentro’ es una lectura tan positiva de la vida que debería estar en los manuales de pedagogía. Enseñemos a nuestros niños y niñas a no dar nada por perdido aunque pinten bastos. Aunque te queme la piel. Aunque, de repente, parezca que te explotan las carencias y que éstas quieran ganar. Aunque nadie te crea. Aunque llueva siempre y te cale en los huesos la adversidad. Aunque parezca que todo está escrito. Porque puedes corregir las faltas sobre la marcha. Y, como este artículo, entregarlo feliz y extenuada.

“Ya no caben más recuerdos de Messi”, escribía Cabezas al término del Argentina-Egipto. Una maravillosa sobredosis, le respondía yo, con la melancolía vestida con la camiseta del Barça. Lo que no pudo ser. Lo que fue. Lo que este futbolista ha sumado a un club del que siempre se ha sentido parte. Y arte, no digamos. La pena de perderle. La alegría de haberle tenido. Cuando ya llama a su puerta la retirada -aunque los extraordinarios maman de otros pechos, comprobado está- es inevitable que el corazón se rompa. Pero menudo último baile, querido.

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