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Opinión | Golpe franco

Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

Lamine abraza a Cristiano, por Juan Cruz Ruiz

El talismán Merino mete a España en cuartos en el último baile de Cristiano

Cristiano Ronaldo y Lamine se abrazan tras finalizar el partido de este martes en Dallas.

Cristiano Ronaldo y Lamine se abrazan tras finalizar el partido de este martes en Dallas. / Kenneth Fernández / EFE

Este partido nació para que Cristiano Ronaldo terminara su era como el Di Stéfano del siglo XXI y para que él mismo ungiera, sin quererlo, naturalmente, al más importante de los que vienen a hacerle la sombra que anoche tardó tanto en llegar.

Lamine Yamal lo fue a abrazar, como si la despedida fuera organizada para esta leyenda, y aunque Cristiano (que no hizo nada de particular, la verdad) mostró su rabia como su penúltimo talismán, se dio por sentado que ya ese abrazo es más que nada un símbolo del pasado y del futuro del fútbol.

La sensación que dio el partido, desde el principio, era que ninguno de los dos equipos ignoraba qué les iban a deparar las jugadas, las indecisiones o el porvenir. Era un partido en el aire, quieto al principio, y siempre dubitativo, hasta que resultó evidente que ninguno ganaría hasta que Lamine, por ejemplo, o Cristiano, se hicieran eco de la rabia que llevaban dentro.

Y ni uno ni otro eran capaces de mostrar el final de su rabia, más evidente en el caso del muchacho, tan diluida como triste la del que ahora empezará su porvenir de despedidas.

Entre los hechos propios de este partido de todos modos inolvidable está el instante en que el líder portugués simuló una caída que no había sido. Que Cristiano Ronaldo fuera capaz de hacerse el muerto en un escenario tan emblemático lo convirtió por unos segundos en un jugador cualquiera, alguien que no se esperaba luciéndose a sí mismo como el que, siendo aun el primero (o de los primeros), resultó incapaz de darle a la jornada un abrazo de caballero.

Un partido de caballeros

Porque fue, me parece, un partido de caballeros, en los que descolló, y es una desgracia, que Cristiano no se pusiera a la altura de sus emblemas. El saludo de Lamine al maestro fue un hecho inolvidable, mientras que la despedida sin brillo del mejor de los portugueses del fútbol es ahora un instrumento sin música, una señal de despedida que ya no tiene otro remedio que ser doblemente inolvidable: por lo que fue y por lo que no pudo ser.

Estuvieron juntos, pues, la leyenda y el futuro. El partido, casualmente, empezó como si no se estuviera jugando. Anoté, en el minuto quince, me parece, que aun no habían empezado a jugar. Esa broma me duró poco tiempo, pero la realidad fue que cuando el partido se iba del todo apareciera Merino y deshiciera el encierro yo mismo sentí que el partido empezaba de nuevo y que el que sacara de centro no era otro que Lamine Yamal, el Cristiano, el Messi, quizá el Kubala, de los tiempos futuros.

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