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Un minuto de silencio por Aqueduct

El fervor en Nueva York por el Mundial de fútbol deja en el olvido el cierre de este histórico hipódromo, uno de los tesoros más valiosos de las carreras hípicas, con 132 años y un sinfín de recuerdos imborrables

Hipódromo de Nueva York Aqueduct

Hipódromo de Nueva York Aqueduct / RRSS

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José Ignacio Castelló

José Ignacio Castelló

Barcelona
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Pasará por alto a miles de hinchas en los estadios. A millones de espectadores en sus televisores. Y también a cientos de futbolistas en sus partidos. Pero todos los que siguen y juegan el Mundial deberían saberlo: el deporte está de luto. El hipódromo de Aqueduct, en el barrio neoyorquino de Queens, cerró este pasado domingo sus puertas tras 132 años de historia. Aquí, en este nostálgico recinto, se ha respirado el ambiente más genuino de las carreras de caballos, han galopado los purasangres más icónicos de este deporte, se han rodado producciones de cine y hasta el Papa ha abierto miles de corazones.

Estos días a los Messi, Cristiano, Yamal, Vinicius o a cualquier otro crack habría que hablarles de este templo hípico. Aqueduct, conocido cariñosamente por generaciones de aficionados como 'The Big A', fue de esas instalaciones legendarias que uno siempre imagina en blanco y negro y que todo deporte venera por su personalidad y espíritu pionero.

Urbanita y funcional, sin lujos, en sus años dorados fue punto de encuentro de actores, gánsteres y banqueros, pero, especialmente, de esa clase trabajadora neoyorquina, amante de la gorra de beisbol antes que de la chistera, que forjó en sus gradas el estereotipo del aficionado hípico: voz ronca, habano en la boca, apuestas en la mano y el programa doblado en la chaqueta. “Era un público diferente al de cualquier otro hipódromo. Un tipo de aficionado de gustos variados y muy apasionado por las carreras”, afirma Linda Rice, la entrenadora con más victorias en esta pista neoyorquina.

Rienda suelta al recuerdo

Aqueduct, inaugurado en 1894¸ debe su nombre a un antiguo acueducto que atravesaba la propiedad y que llevaba agua potable desde Long Island hasta Nueva York. En sus instalaciones, reformadas en 1959, galoparon caballos de la fama de Secretariat, Cigar, Seabiscuito ManO’War. También pasaron las cámaras para rodar producciones como la película Una historia del Bronx, dirigida por Robert de Niro, o el famoso episodio Pie-O-My, de la serie Los Soprano. Hasta se puso el altar para que el Papa Juan Pablo II oficiase una misa a 80.000 feligreses en su viaje a Estados Unidos en octubre de 1995, tratando el Vaticano que en sus rezos por la paz no se viesen los letreros de “caballo colocado”, “gemela” o “ganador”.

Tampoco hay que olvidar al jockey Richard Migliore, que aunque a muchos no les suene, tiene el honor de estar en el libro de los récords del hipódromo al lograr entre 1980 y 2010 un total de 2.238 victorias. “Me entristece su desaparición. Este lugar ha formado parte esencial de mi vida. En 1975 acudí por primera vez y le dije a mi padre que iba a ser jinete”, ha recordado Migliore.

Dura competencia

Ahora, los días de gloria han quedado atrás. El final de Aqueduct se produce en medio de una creciente competencia por el dinero destinado al juego y porque la industria de las carreras de caballos ha decidido modernizar e impulsar los otros dos hipódromos de Nueva York, Belmont y Saratoga, para convertirlos en los epicentros de la actividad hípica de la ciudad, sobre todo ahora que bulle el deporte en esta metrópoli con el título de la NBA de los Knicks y la final del Mundial de fútbol en el MetLife Stadium, sede de los New York Giants y los Jets de la NFL.

“Este hipódromo ha desempeñado un papel importante en la historia. Pero esta es una oportunidad para celebrar lo que está por venir y para decir adiós a unas instalaciones que han significado mucho para todos”, ha declarado Pat McKenna, vicepresidente de comunicaciones de la NYRA, la sociedad que organiza la competición en Nueva York y que ante 6.800 espectadores bajó el telón del hipódromo de Aqueduct el pasado domingo. Lo hicieron con una última carrera que bautizaron para homenajear la historia del recinto con el título “It Was a Good Run” (“Fue una buena carrera”). Y, visto lo visto, desde luego que lo ha sido.

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