El Tourmalet
36 años cautivado por el Tour

Tourmalet por Sergi López Egea / REDACCIÓN

Hace 36 años el Tour salió de Lyon, quizás una de las ciudades francesas que más se asemeja a Barcelona. Este periodista iniciaba su particular relación casi amorosa con la carrera. Era un novato que iba a Francia con unos cuantos francos franceses en el bolsillo y una maleta de las que todavía no se arrastraban con ruedas.
Ni había móviles, ni se pagaba con tarjeta, hacer una llamada internacional desde la habitación del hotel costaba un ojo de la cara por lo que lo mejor era evitarlas. El mundo giraba en color y las bicis, ahora tan anticuadas, parecían una reliquia, sobre todo si sobre una de ellas iban montados ciclistas como Miguel Induráin y Pedro Delgado.
A la estela de Miguel
De este modo se iniciaba un ciclo a rueda de Induráin que parecía infinito. En el Tour nunca se ponía el sol navarro. Hasta que en un monte alpino llamado Les Arcs el mundo se vino abajo. Sucedió en 1996 y todos descubrimos que Induráin no era aquel ‘extraterrestre’, como lo bautizó el diario ‘L’Équipe’ en 1992, sino un ser humano que como todos podía tener días peores que otros.
Por horroroso que fuese el Tour de la pesadilla de Miguel, el que cubrió de lágrimas Pamplona, siempre fue mejor que el de 1998 cuando el dopaje pareció que no sólo acababa con la ronda francesa sino con el ciclismo en general. Un castillo de naipes que se hundía por la propia miseria de muchos de los participantes; ciclistas, directores y colaboradores de los equipos.
Por aquel entonces, primero con Induráin y después con la desesperación de estar todo el invierno pendiente de que no se alteraran los resultados, jamás se podía imaginar que ese Tour que nacía en Lyon un día vería la luz en Barcelona.
A rodar en Montjuïc
Por Montjuïc hemos pasado tantas y tantas veces con la bici los que practicamos este deporte en la capital catalana. Estaban asumidos los pasos de la Volta y la Vuelta, pero el Tour, si acaso, podía llegar de visita como hizo en 2009 acompañado de una lluvia amenazante.
Visto el calor que hace tampoco vendría mal unas cuantas nubes en el estreno de este Tour que, como todos, viene en el interior de una cajita con una cinta que habla de espectáculo y que, como tantas veces, debe competir con un fútbol que parece tan caníbal en lo de asumir protagonismo como victorias consiguió Eddy Merckx en el pasado y Tadej Pogacar en la actualidad.
Hubo una época en la que el balón se guardaba en el vestuario a finales de junio y no volvía a rodar hasta septiembre. Julio era el mes del Tour, la prueba deportiva que reconfortaba muchas veces con una siesta apetecible. No había nada más; competencia, cero.
Los carriles bici
Era inimaginable que las calles de Barcelona por las que se circula tan bien en carril bici (otras ciudades españolas deberían tomar ejemplo o por lo menos no eliminarlos) un día se convertirían en el estadio en el que jugarían a ser campeones los mejores corredores del momento.
Barcelona es una ciudad que ha tenido contadas estrellas del ciclismo, pero eso es habitual en otras capitales. El ciclismo cuesta practicarse en núcleos en los que a veces es misión imposible encontrar rutas sin muchos carriles y sin coches al acecho. Y eso que por aquí disponemos de una maravillosa ruta montañosa de Collserola donde la todavía amenaza de la peste porcina ha obligado a anular el paso del Tour por sus laderas.
Pogacar no había nacido
Hace 36 años Induráin llegó por primera vez de amarillo a París, Alberto Contador era un crío y Pogacar aún no había ni nacido. Todavía se veían por la carretera las antiguas matrículas francesas que habían dejado de ser negras para convertirse en amarillas y los faros del mismo color que iluminaban a muchos vehículos franceses.
Barcelona enciende este sábado la luz del Tour y no hay duda de que las calles se llenarán de aficionados que podrán ver a las estrellas mundiales del único deporte que se ofrece gratuito y sin pagar entrada. Eso es oro. Eso es Barcelona y esto es el Tour que siempre te sorprende y del que sigues cautivado.
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