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Barcelona y el Tour (2)

Un millón de barceloneses recibió a Pérez Francés en 1965

El ciclista cántabro de nacimiento, catalán de adopción y vecino del Poble Sec todavía posee la tercera mejor marca de fuga en solitario en la historia de la ronda francesa.

José Pérez Francés, en 2014.

José Pérez Francés, en 2014. / JORDI COTRINA

Sergi López-Egea

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¿Se imaginan a más de un millón de personas en la calle aclamando al Tour? ¿Se lo imaginan, repito? Pues, sí, ocurrió en 1965, un 2 de julio, la segunda vez que la carrera llegó a Barcelona; viernes caluroso, de los que derriten el asfalto y de los que calentaban las vías del tranvía que atravesaba un Paral.lel que, por aquella época, férrea dictadura, se denominada avenida del Marqués del Duero, un militar que falleció durante la Tercera Guerra Carlista.

Una tarde de enero de 2014, Pepe Pérez Francés (1936-2021) esperaba solo, con una taza en la mesa, como un cliente desconocido, en el café Espanyol del Paral.lel. Era el mismo ciclista que levantó masas de aficionados en su Barcelona de adopción, que enloqueció a una ciudad, que pasó por la misma calle donde vivía acompañado de un ruido y de gritos ensordecedores y el que firmó una gesta para recordar en el Tour. 49 años después nadie le decía nada.

Ninguno de los clientes del bar -y estaba bastante lleno- sabía que aquel señor con el pelo canoso; delgado, serio, inicialmente de pocas palabras, pero que cuando se le descubría tenía una conversación afable, interesante y sobria, había sido una leyenda. Tenía 77 años y sólo pensaba en dos cosas: que no lloviese para salir en bici y que hiciera buen tiempo para pedalear entre Barcelona y Tarragona y así visitar a su nieto.

En el Paral.lel se puso melancólico y citaba el fervor de Barcelona, la ciudad a la que llegó por un acto de rebeldía cuando tenía 17 años. Se peleó con su padre, que le dijo que si no estaba contento tenía la puerta de casa abierta. Apareció en Catalunya, se hizo ciclista y se instaló en el Poble Sec. Pasó, encabezando el Tour, frente a su casa. El 2 de julio de 1965 se hizo en fuga y en solitario 223 de los 240,5 kilómetros de etapa programados entre Ax les Thermes y Barcelona. Sigue siendo, décadas después, la tercera escapada en solitario más larga en la historia del Tour.

Siempre contaba que había perdido siete kilos por la deshidratación, que la bici de acero pesaba otros 14 y que sólo llevaba cinco piñones. Días después, Pepe enseñaba su bicicleta de última generación. “Lo que habría hecho en mi época con una como esta” y mostraba el cuadro de carbono y las ruedas cuando todavía no se habían inventado los frenos de disco.

La anédota de la Volta

Temía en 1965 que la cadena humana que se iba abriendo a su paso por el Paral.lel le hiciera encallar la rueda en los raíles del tranvía; ruedas de 21 milímetros por los 30 de ahora, un mundo al revés. Era el mismo Pepe Pérez Francés que con 40 años se fue a L’Ordal porque sabía que por allí entrenaban todos los ciclistas de la Volta. Se calentó y ni uno de los profesionales pudo seguirlo. Cada domingo de la década pasada se le podía ver por la Zona Franca con ciclistas mucho más jóvenes puesto que ningún cicloturista de su generación aguantaba el ritmo de Pepe.

José Pérez Francés, camino de su victoria en Barcelona durante el Tour de 1965

José Pérez Francés, camino de su victoria en Barcelona durante el Tour de 1965 / ARCHIVO / PACO ALGUERSUARI

En 1965 recibió 30.000 pesetas (ahora serían unos 6.000 euros) por la victoria que repartió solidariamente -se sigue haciendo igual- con los compañeros del Ferrys. A Barcelona se presentó con 8 minutos de ventaja. Había que dar tres vueltas a un Montjuïc, la montaña barcelonesa del Tour, donde tiraba con fuerza el Salvarini, el conjunto de Felice Gimondi, ganador en París. Lo pillaron, sí, pero con vuelta ganada. Pérez Francés se puso a rueda, a cola del pelotón, hasta que se desentendió para cruzar la meta agotado y sin fuerzas de levantar los brazos.

Cayetano Ré, Ferran Olivella y los presos de La Modelo

Era la Barcelona que disfrutaba con Cayetano Ré, siete meses antes de que dejara el Barça para fichar por el Espanyol y convertirse en uno de los cinco ‘delfines’ blanquiazules. La Barcelona de Salvador Sadurní, el guapo -casi tanto como Pepe, al que llamaron ‘Rodolfo Valentino’- Ferran Olivella y el inteligente Josep Maria Fusté. Salvo los casi 200 presos políticos encerrados en La Modelo, la ciudad olvidó el balón y disfrutó con la épica de Pérez Francés.

En 2014 se habían apagado las luces del Paral.lel, las que también encendía su amigo Paco Martínez-Soria, y Pepe regresaba a su casa feliz de haber mantenido una conversación de tres horas hablando de ciclismo. Inicialmente había dicho que 10 minutos y basta. Tres horas para recordar su podio de París de 1963 por detrás de los legendarios Jacques Anquetil y Federico Bahamontes, otros cuatro podios de la Vuelta (segundo en 1963 y 1968, tercero en 1961 y 1964) y la segunda plaza de la Volta de 1960 con un quinto lugar en el Giro de 1965. Sí, señor: fue un grande del ciclismo, un genio que anduvo en bici hasta el final de sus días.

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