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Opinión | Barraca y tangana

Un baño de realidad mundialista

Cyle Larin celebra un gol de Canadá en el Mundial.

Cyle Larin celebra un gol de Canadá en el Mundial. / AFP

Hay quien piensa que nunca tuve constancia ni determinación. No tienen ni idea. Antes del Mundial 2002, el de Corea del Sur y Japón, fui tan pesado con mis padres que conseguí que se abonaran a Vía Digital porque así podría ver todos los partidos. No fue tarea sencilla por varios motivos: porque a mis padres les daba igual el Mundial, porque ya pagaban otras dos plataformas televisivas y porque en teoría a la hora de los partidos yo debería estar haciendo los exámenes de mi primer curso universitario. Debería.

Sin embargo, gracias a mi coraje y a mi determinación, lo logré. Mi argumento definitivo, el que terminó de convencer a mi madre, aseguraba que ese sería el último Mundial que yo podría ver, porque en los siguientes estaría demasiado ocupado con mi trabajo (fuera lo que fuera mi trabajo) y con las responsabilidades propias de la vida adulta. Bien: ahora puedo decir, 24 años después, que ha llegado ese momento. La hecatombe.

No mentí a mi madre, solo me equivoqué con el cálculo. 2026 está siendo lo que 2006 debería haber sido. Apenas llego 20 años tarde a la vida adulta, ni tan mal, y puedo apuntar que no le pongo un 10 a la vida adulta. Está siendo un Mundial complicado, a pesar de mi famosa determinación. Empezó la Copa del Mundo e intenté seguirle el ritmo, pero no he aguantado más que un par de noches.

Admito que ya me he rendido. Lo siento por los ciudadanos de Uzbekistán, Haití y Jordania, pero no he visto sus partidos. Lo siento muchísimo. He fallado como ser humano, como hincha y como exjugador de Football Manager. Lo siento de veras, pero más me duele a mí. Os lo aseguro.

El golpe más duro lo recibí en el Argentina-Argelia. Me quedé a verlo de madrugada, como en tantas fases de clasificación, tantas finales NBA y tantas Copas América. Me obligué a un esfuerzo en teoría protocolario y sencillo y, en un abrir y cerrar de ojos, Argentina marcó tres goles. En concreto, los cerré con los himnos (lo último que recuerdo antes de quedarme dormido en el sofá) y los abrí con 3-0, en el minuto 84. Durísimo.

Este baño de realidad mundialista no se refleja solo en el cansancio, en las incompatibilidades varias o en sacrificar un par de horas de sueño y luego no poder con mi vida durante media semana. El 'viejazo' que más duele es comprobar que estás fuerísima. Veo la tele y no entiendo apenas nada: ni las publicitarias pausas de hidratación ni las nuevas normas arbitrales ni los himnos con todos los jugadores. No entiendo nada y a la vez lo entiendo todo: el Mundial es para los chavales y me he convertido en mi padre.

Ahora sé lo que sentirían los padres en el Mundial de USA ’94. Ahora sé lo que sentirá mi hijo en el Mundial de 2058. Lo inevitable.

El caso es que intento no molestar y no quejarme, porque si protesto me siento como el meme del señor que discute con las nubes porque llueve. Lo mejor es rendirse, me temo, apartarse a un rincón y que otros señalen los errores. Por ejemplo, yo no, porque soy un adulto ocupado en cosas importantes, pero alguien debería decir que si la entrada de Messi la hace un jugador de otro equipo lo expulsan seguro. Más que nada porque si es de otro equipo sería alineación indebida y lo echarían enseguida entonces. 

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