BALONCESTO
Recuerdos de 1999, la última vez que los Knicks más "pendencieros" rozaron el título de la NBA
El equipo neoyorquino afronta su primera final ante los San Antonio Spurs, al igual que aquel grupo liderado por un entrenador sin ningún glamour llamado Jeff van Gundy y con jugadores como Pat Ewing y Allan Houston en una temporada anómala

Patrick Ewing, con la camiseta de los New York Knicks. / Archivo

Al lado del Madison Square Garden, al cruzar la calle, los aficionados al deporte y en particular los fans de los New York Knicks tenían en el Cafe 31 un bar con una barra a la que clavar los codos frente a múltiples pantallas. No era inusual que tras los partidos el carismático Charles Oakley entrara con un traje de mil dólares, un sombrero que le dotaba de una elegancia aristocrática y se acomodara para cenar en unas de las mesas del fondo. O que apareciera John Starks y su caminar saltarín para recuperar calorías en alguna otra.
En otoño de 1998 las pantallas quedaron apagadas. Las negociaciones por un convenio colectivo se atascaron y paralizaron el inicio de la temporada de la NBA. Ni rastro durante meses de ningún jugador de los Knicks en su bar de cabecera. Oakley y Starks, además, habían sido traspasados en verano contra el criterio del entrenador, de Jeff Van Gundy. El llamado ‘lockout’ permaneció hasta febrero de 1999. Cuando se alcanzó el acuerdo, empezó una temporada corta, de apenas 50 partidos, la primera sin los Chicago Bulls de Michael Jordan, recién culminado el último baile.
Identificación popular
De los Knicks no se esperaba mucho y a medida que pasaban las jornadas esas impresiones se fueron cumpliendo. Concluyeron la temporada regular con 29 victorias y 26 derrotas. Se clasificaron para los play off por los pelos, como octavo y último de la conferencia Este. Y, sin embargo, emprendieron entonces una trayectoria vibrante e histórica en la postemporada, con eliminatorias decididas por partidos ajustados, batallas intensas, con múltiples subtramas que calaron y generaron una identificación popular raramente vista en el Madison. El equipo se plantó a la final, la primera vez que lo conseguía un octavo clasificado, y al igual que en el presente, lo hizo contra los San Antonio Spurs.

El entrenador Jeff Van Gundy. / AARON M. SPRECHER / EFE
En primera ronda se enfrentaron a los Miami Heat de Pat Riley. Rivalidad volcánica. Riley había tenido a Van Gundy como asistente en Nueva York en el equipo de 1993 que aventajó por 2-0 a los Bulls de Jordan en la final del Este antes de encajar una dolorosa remontada.
El tándem continuó al año siguiente, llegó a la final absoluta y se quedó a una victoria del primer título de los Knicks desde 1973, el último en la historia neoyorquina. Los Houston Rockets impidieron la fiesta. También una horrorosa serie de tiros de John Starks. En el libro ‘Los Knicks de los 90: los pendencieros que casi lo ganan todo’, de Paul Knepper, se rememora la escena de los dos entrenadores acodados en una barra de bar, tras la derrota del séptimo partido, en completo silencio, con la mirada perdida sobre sus vasos durante horas, sin energía, mentando de vez en cuando el nombre de Starks. Elogios no se oyeron.
Un tipo corriente
Riley empaquetó sus trajes y su gomina hacia el sol de Miami -ahí sigue- y, tras un breve periodo de Don Nelson, Van Gundy fue aupado a su puesto. Un tipo corriente, bajito, con poco pelo y tendiente al desaliño, que celebró la firma de su contrato conduciendo un humilde Honda Civic hacia un McDonald’s. Esa imagen salió en grande al día siguiente en el New York Post. "Siempre se decía que Nueva York era un buen lugar para entrenar solo si eras una estrella o una celebridad, y la verdad es que nunca sentí eso”, diría Van Gundy.
Los Knicks derrotaron a los Heat gracias a un tiro de Allan Houston en el último segundo que entró con suspense y enmudeció el pabellón de Miami. Nadie lo esperaba. En segunda ronda pasaron por encima de los Atlanta Hawks, un 4-0 en la serie. En el segundo encuentro el Madison coreó el nombre de Van Gundy y sacó cartelitos a su favor. ¿La razón? La dirección de la franquicia se había reunido con Phil Jackson para que intentara con los Knicks lo conseguido con los Bulls. A la gente no le gustó. La emprendió contra la propiedad y los responsables deportivos. "Nunca olvidaré esos cánticos. No creo que esos aficionados entendieran lo que significó para mí y mi familia ese apoyo en ese momento", diría el técnico años después.
La franquicia neoyorquina, como aún hoy día, es propiedad de James Dolan, dueño a su vez de los Rangers de la liga profesional de hockey, del mismísimo Madison Square Garden y de un imperio mediático que heredó de su padre. Una figura controvertida este Dolan, señalado frecuentemente como uno de los peores dirigentes del deporte estadounidense, por la facilidad que ha tenido durante años para tomar decisiones equivocadas que han deshilachado a sus equipos.
Chispas ante Indiana
El caso es que entonces llegó la final del Este contra los Indiana Pacers de Reggie Miller. Pasión y chispas en el Madison. Hasta Spike Lee participó del duelo desde primera fila, chinchando al temperamental francotirador. La secuencia más memorable de la eliminatoria fue protagonizada por Larry Johnson en los segundos finales del tercer partido, una jugada de cuatro puntos (triple y tiro libre) que el hombre ha rememorado en infinidad de ocasiones.
New York se plantó a la final sin Patrick Ewing, lesionado en el tendón de aquiles en el segundo duelo ante Indiana. Ewing sumaba ya 36 años, su cuerpo estaba magullado por todas partes y los neoyorquinos daban muestras de sentir cansancio hacia él. El pívot había respaldado públicamente a Van Gundy y colaboró a que la operación Phil Jackson se abortara. Este acabó dirigiendo a Los Angeles Lakers.
En la final, ante los Spurs, los Knicks comparecieron cojos. Sus mejores bazas eran Allan Houston y Latrell Sprewell, un eléctrico escolta que llegó a Nueva York después de cumplir la suspensión más larga de la historia de la NBA por agredir con un puñetazo a su entrenador en los Golden State Warriors, a PJ Carlesimo, durante un entrenamiento. Ewing estaba KO, Larry Johnson iba renqueante y, sobre todo, San Antonio empezaba a despuntar, con Tim Duncan, David Robinson y Gregg Popovich. Se merendaron a los Knicks por 4-1.
De esa época hay una foto del pívot Marcus Camby con un niño de dos años, el hijo de su compañero Rick Brunson, un suplente sin protagonismo. Ese niño era Jalen Brunson, la estrella indiscutible de los Knicks actuales. En sus manos se deposita, a partir de la madrugada del miércoles al jueves, la revancha de toda una generación. Nadie lo verá en el Cafe 31, cerrado desde hace tiempo.
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