Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Carrascazos

Lluís Carrasco

Lluís Carrasco

Publicista

Un Atlético de risa trágica, por Lluís Carrasco

Julián Álvarez, junto a Simeone.

Julián Álvarez, junto a Simeone. / Juanjo Martín / EFE

Sorprendió la reacción de mofa del Atlético como respuesta al interés del Barça por hacerse con los servicios de Julián Álvarez. Publicaciones coñonas con aire de superioridad que, en realidad, escondían comunicativamente que quien insiste demasiado en que está tranquilo, realmente está hecho un flan y no pierde de vista su propia puerta de salida. Hay un detalle incómodo, y ellos lo conocen: ni Julián ni Fernando Hidalgo, su representante, han disimulado jamás su sonrisa ante lo blaugrana. Y cuando han hablado del club catalán, siempre ha merodeado el mismo nombre en la conversación: Leo Messi.

¡Qué sorpresa! Un futbolista argentino, que creció flipando con Leo podría sentirse atraído por el club donde el mejor jugador de la historia construyó su leyenda. Tan sorprendente como descubrir que un joven de Brooklyn admiraba a Jordan o que un niño en los Alpes soñaba con parecerse a Federer. La realidad es sencilla: para muchos argentinos, el Barça no era un club extranjero, era el escenario teatral donde actuaba cada semana su principal referente nacional: Un mago de ensueño.

Estrategia descabellada

Y luego está el fútbol. Ese implacable detalle que algunos parecen olvidar. Julián Álvarez es velocidad, presión, movilidad, agresividad ofensiva y gol. Un delantero diseñado para jugar enloquecidamente al ataque, y sin complejos. Un chaval nacido para un estilo rápido, vertical y ofensivo que pueda potenciar mucho más sus virtudes que un sistema donde, por exigencias tácticas, los delanteros deben invertir buena parte de sus energías en la destrucción. El Atlético conoce ya su deseo de marchar y quiere llenar las arcas, muy comprensible, pero burlarse del Barça por intentar hacerse con sus servicios parece, de salida, una estrategia descabellada. En la vida las risas, siempre, y digo bien, siempre, tienen fecha de caducidad.

Sensibilidad, señores. Puede llegar el día en que Julián se harte de esperar y de sentirse bloqueado en su sueño de emular a su ídolo. Y puede que, desesperado, se declare en rebeldía… ¿Habrá también burlas entonces?

Suscríbete para seguir leyendo