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PSG-ARSENAL (1-1, 4-3 PP)

Luis Enrique mantiene el reinado del PSG en una dramática tanda de penaltis

Dembélé había igualado de penalti el gol inicial de Havertz y el tiro decisivo de la tanda recayó en Gabriel, el defensa central del Arsenal que chutó a la grada

Marquinhos, al frente de sus compañeros del PSG, levanta el trofeo de campeón de la Champions.

Marquinhos, al frente de sus compañeros del PSG, levanta el trofeo de campeón de la Champions. / ODD ANDERSEN / AFP

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Joan Domènech

Joan Domènech

Barcelona
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Continúa el reinado del París Saint Germain. El segundo título del equipo francés desde que lo dirige Luis Enrique, que celebró su tercer triunfo desde que estrenara su palmarés con el Barça, y desde que se marchó Kylian Mbappé. Una Champions mucho más sufrida que la anterior: aquel 5-0 del año pasado sobre el Inter fue un accidente. El trofeo suele costar un drama como el vivido ante el Arsenal, que se adelantó en el marcador y le condujo hasta la prórroga y los penaltis. La agonía máxima.

Los mejores jugadores habían sido sustituidos, derrengados por el esfuerzo, y ya no quedaba ni un especialista en la suerte decisiva. Eze y Nuno Mendes fallaron sus tiros consecutivamente, y el décimo penalti llegó a los pies del central Gabriel Magalhaes, extraordinario defendiendo, impecable en el juego aéreo. Mandó el balón a la grada y condenó a un Arsenal que seguirá con la espina clavada desde hace 20 años, perdida su segunda final de la Champions.

Dos equipos sin fuerzas

Un gol de Kai Havertz complicó la vida al PSG una barbaridad porque se enfrentaba a la mejor defensa del mundo. La menos batida del torneo (6 tantos en 14 encuentros) que no la derribó sino desde el punto de penalti, maravillosamente ejecutado por Ousmane Dembélé en su único acierto.

El partido había quedado compartimentado hasta entonces, y a continuación la final derivó en un vibrante toma y daca que pudo decantarse hacia cualquier lado. Supeditado a un rapto de inspiración de cualquiera que tuviera la cabeza fresca. Había pocas, con jugadores cojeando, enrampados de piernas, denunciando claramente la dureza del calendario de la élite. A finales de mayo no aguantan la saturación, y para muchos de ellos empezará el Mundial en menos de dos semanas.

Mikel Arteta pasa al lado del trofeo  en el reparto de medallas tras la final.

Mikel Arteta pasa al lado del trofeo en el reparto de medallas tras la final. / ODD ANDERSEN / AFP

La misma alineación

El campeón saltó al campo con la misma alineación de la final anterior. Con una excepción. Sólo cambiaba el portero. Matvei Safonov ocupó el lugar de Gianluigi Donnarumma, a quien el entrenador dejó marchar al Manchester City. No se notó diferencia alguna. El italiano no tuvo que parar nada en Múnich y el ruso no paró nada en Budapest. Ni un penalti.

Con los mismos, nada salió igual. El PSG se enfrentó a tres Arsenals englobados en uno: el "Boring Arsenal" (un cántico acuñado en los años 90 cuando ganaba aburriendo), el Invincible Arsenal (como el de Arsène Wenger, que ganó una Liga sin perder, éste estaba invicto en la Champions) y el Unforgettable Arsenal -el "Inolvidable Arsenal" en palabras de su leyenda Thierry Henry- que sería si se proclamaba campeón. Pero fue un finalista miserable -se escribe igual en inglés- aunque se comportara ejemplarmente desde la óptica resultadista. Después de 22 años sin haber celebrado la Premier y 20 sin final de Champions, el grupo de Arteta se sentía imbuido por una fuerza sobrenatural para ligar el doblete ahora, simultáneamente, en la brevedad de 11 días.

Más regular que el City en casa, más rocoso que el PSG en Europa, incomodó al campeón desde el minuto cinco por una fatalidad que aprovechó Havertz. El rechace de Marquinhos que dio en Trossard en la divisoria no merece ser calificado de fallo en sí mismo; en todo caso, una responsabilidad compartida con Pacho, que iba frenando su carrera al final y un Safonov medio agachado al que el obús de Havertz le dejó un zumbido en el oído derecho que no se lo quitó de encima en toda la tarde.

Marquinhos trata de consolar a  Gabriel Magalhaes, ambos brasileños, tras el fatal error del defensa del Arsenal.

Marquinhos trata de consolar a Gabriel Magalhaes, ambos brasileños, tras el fatal error del defensa del Arsenal. / ANNA SZILAGYI / EFE

El cambio con el 1-1

Quedaban más de 90 minutos por delante con los añadidos subsiguientes y el PSG se expresó incapaz de mover todos los autobuses que desplazó Arteta hasta Budapest. Saliba y Gabriel, los dos imponentes centrales, lo sacaron todo por arriba y por abajo. Se sintieron muy acompañados por los demás en el área. Estuvieron tanto rato allí dentro que Mosquera facilitó el empate al provocar un penalti en un forcejeo con Kvaratskhelia, al que estaba conteniendo estupendamente. Arteta le retiró ante el peligro de que viera una segunda amarilla. La primera la había visto por perder tiempo. Dos minutos después del descanso. Así de grosera y evidente era la actitud del Arsenal para conservar la ventaja.

Cambió radicalmente con el empate, todo hay que decirlo. La tacañería es signo de pobreza. Con esa mentalidad no iba a lanzar ni un córner, la generosa fuente de la que brotan sus goles. Los dos primeros llegaron al inicio de la prórroga, después de los 11 del PSG que acabó con un 75% de posesión. El Arsenal se expandió por el campo y dejó huecos que no fueron aprovechados por el PSG, cuyo desacierto le condenó a la tortura de jugarse el trono en los penaltis. Lo conservó.

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