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Red sticks

Max Caldas, seleccionador español de hockey hierba: "En Holanda, durante el último año, había dejado de ser quien soy"

Max Caldas, la ilusionante apuesta de los Red Sticks

El seleccionador español de hockey hierba Max Caldas (c) conversa con sus jugadores durante un descanso del partido de cuartos de final entre Bélgica y España celebrado en el marco de los Juegos Olímpicos de París 2024 en Colombes, Francia.

El seleccionador español de hockey hierba Max Caldas (c) conversa con sus jugadores durante un descanso del partido de cuartos de final entre Bélgica y España celebrado en el marco de los Juegos Olímpicos de París 2024 en Colombes, Francia. / Lavandeira Jr / EFE

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Begoña González

Begoña González

Sant Cugat
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Max Caldas (1973, Argentina) llegó a la dirección del equipo español de hockey hierba en un momento de cambio generacional complicado en 2024. Sus años de experiencia al frente de la selección holandesa y su carrera como jugador le permitieron desarrollar un proyecto que cuajó desde el primer día y que promete éxitos en las próximas temporadas. Su método de entrenamiento, más cercano y pasional, le ha hecho ser considerado el mejor entrenador del mundo el año pasado por la FIH. De la mano de IATI seguros, atendió a EL PERIÓDICO para compartir cómo han sido estas primeras temporadas al frente del equipo nacional.

¿Cómo se produjo su llegada a España?

Entrené a las selecciones de Holanda, tanto femenina como masculina, durante once años seguidos, pero llegó un momento en el que me dije que, pasara lo que pasara en el siguiente ciclo olímpico, no quería seguir. Sobre todo, por mí. Tomé esa decisión un año antes de los Juegos Olímpicos de Tokio. Lo hice como padre y marido y también profesionalmente. Cuando surgió la posibilidad de venir a España, mi mujer y mis hijos eligieron por mí.

¿Qué le atrajo del proyecto español?

Por mi forma de trabajar, conocía bastante bien las selecciones inferiores españolas. Cuando competía con Holanda contra España, en Europeos y otros torneos, yo iba viendo lo que había aquí. Tenía una buena idea de lo que venía. Además, con mi psicóloga en Holanda había entendido que necesitaba escapar un poco de ese europeo frío del norte y encontrar un contexto que encajara mejor con mis herramientas: gente más parecida a mí, más pasional, más de contacto.

¿Había una preocupación especial por el relevo generacional?

Sí, pero yo lo veía desde el principio como algo positivo. Había cierta sensación de pesadez, casi de velatorio. Iba por los clubes, hablaba con la gente y algunos me decían: “Hostia, la que se viene, porque se retiran este, este y este...”. Y yo tenía la sensación de que conocía mejor a sus jóvenes que ellos mismos. Les decía: “No se preocupen, vamos a estar bien”.

¿Le costó adaptarse a la selección española?

España es un país donde la bandera y el concepto de país se viven de una manera diferente a otros sitios. Cuando yo era jugador y nos enfrentábamos a España con Argentina, había quince catalanes y uno de fuera de Catalunya. Eso ya te hacía ver que aquí se vivía otra cosa. Desde el principio tuve claro que había que tomar contacto con los jugadores, conocerlos bien, llegarles, escucharlos y hacerlos parte del proceso. Esa parte a mí me gusta y creo que a veces me sale bien.

Max Caldas en 2021 entrenando a Holanda.

Max Caldas en 2021 entrenando a Holanda. / Gerrit van Keulen / Europa Press

Por su forma de ser y por su carácter más latino, ¿le resultó más fácil conectar con los jugadores españoles?

Sí, creo que sí. En Holanda, durante el último año, había dejado de ser quien soy. Me había engañado un poco. Había aceptado la rutina, cosas con las que no estaba de acuerdo, y había dejado de escuchar mi intuición, lo que me decían las sensaciones y lo que yo percibía que pasaba. Siempre les digo a los chicos de España, y se lo he repetido varias veces, que ellos me devolvieron el amor por lo que hago. Para mí eso es muy fuerte. Aquí, gracias a los jugadores, me redescubrí y volví a descubrir lo que realmente me gustaba. Desde ese punto de vista, estoy feliz.

En ese proceso de redescubrirse, fue nombrado mejor entrenador. ¿Qué significó para usted?

Esas cosas dicen mucho más de los jugadores que de mí. En realidad, dicen todo de los jugadores. Ellos son las estrellas del día. Cuando empecé mi carrera como entrenador era de los que preparaban 47 PowerPoints para estar tranquilo, como si desde el banquillo pudiera manejarlo todo con un joystick. Con los años, los errores y las cagadas, te das cuenta un poco mejor de por dónde van los tiros. La juventud también ha cambiado mucho. Sus intereses, sus impulsos, todo lo que reciben de todos lados... Todo tiene que ser inmediato y rápido. Ese joystick ya no es congruente con lo que ellos son hoy. Creo que hay que potenciarlos y no confundirlos.

¿La parte estrictamente deportiva es la más sencilla?

La parte de hockey es la más fácil de todas, porque todos saben jugar. Como seleccionador, a diferencia de un club, eliges a los mejores. La clave está en no elegir demasiado mal. Por suerte tengo un staff que me ayuda a hacerlo. Lo más complicado durante los primeros doce meses fue cien por cien entender España: quiénes somos y cómo lo hacemos. En España, la bandera puede costar, la clave de la conexión está en la gente. Catalanes, madrileños, vascos, cántabros... Estos chicos han crecido juntos, jugando unos contra otros desde pequeños. Se conocen los padres, los hermanos y las novias. Ahí estaba la conexión. La conexión nunca iba a ser solo la camiseta. Eso lo entendimos todos muy rápido: directiva, staff y jugadores. Ganar es una consecuencia de eso.

Esa libertad para cambiar la filosofía del equipo ha dado resultados. ¿A qué aspira España en los próximos años?

Llegaremos hasta donde queramos. Creo que tenemos herramientas para atacar el top mundial y estamos muy cerca de ello. Para mí, eso significa ser buenos de manera consecuente, no solo a veces. No jugar un buen partido en un torneo, sino ser capaces de jugar seis partidos de alto nivel en un mismo campeonato. Eso requiere maduración de los jugadores, y cada uno lo hace a su tiempo. Ahora tenemos un grupo de 26 jugadores que optan al Mundial, de los cuales irán 20. Y ya hemos dejado fuera a casi diez chicos, por diferentes razones, que también están en muy alto nivel. Hemos creado un grupo muy potente de competencia interna, muy sano y muy divertido. A veces necesitas un golpe de suerte para que la bola de nieve empiece a correr hacia el otro lado, pero estamos bien colocados para poder imaginarnos —y por qué no soñarnos— en un podio mundial o en un podio olímpico.

¿Dónde has sido más feliz: jugando o entrenando?

Jugar es muy divertido. Lo que pasa es que soy consciente de que ahora no estaría dispuesto a hacer lo que hay que hacer para jugar bien. Porque jugar y jugar bien son cosas muy diferentes. Jugar fue una gran experiencia, definitoria en mi vida como hombre y como persona. Pero para ser entrenador tienes que dejar al jugador de lado. Cuando yo jugaba decía cosas que ahora, como entrenador, entiendo de otra manera. Me encantó ser jugador y me encanta lo que hago ahora. Sé separar las dos cosas.

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