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Opinión | Apunte

Marta Corredera

Marta Corredera

Exjugadora de la selección española

Las consecuencias de la cuarta Champions del Barça: del éxtasis al vértigo

Joan Laporta besa a Alexia Putellas, junto a Rafa Yuste y Xavi Puig, tras ganar la Champions en Oslo.

Joan Laporta besa a Alexia Putellas, junto a Rafa Yuste y Xavi Puig, tras ganar la Champions en Oslo. / Alexandra Fechete / Zuma Press

Hay noches en las que el fútbol deja de ser un juego táctico para convertirse en una obra de arte contemporánea; noches en las que el césped no retiene el sudor, sino la tinta con la que se escribe la historia. Lo que tuve la suerte de vivir el sábado en el Ullevaal Stadion de Oslo no fue solo una final de UEFA Women’s Champions League, fue la enésima exhibición de un equipo que ha devorado el presente, que ha domesticado la gloria y que, tras un partido de infarto, levanta su cuarta corona continental sellando otra temporada histórica con la conquista del póker de títulos y consolidando así la dinastía más implacable del deporte moderno.

Sin embargo, cuando la última tira de confeti cayó sobre el verde y después de que el estadio quedase en completo silencio tras las celebraciones con familiares y amigos, una pregunta me flotó en el aire con la sutil gravedad de la nostalgia: ¿Y ahora qué?

Lo del sábado en Oslo no es un hecho aislado ni el fruto de la improvisación; es la cúspide de un proyecto institucional e identitario que lleva un lustro tiranizando el fútbol mundial. He estado ahí, he luchado por la evolución del fútbol femenino, sé de buena mano lo que ha costado llegar hasta aquí y ahora tengo la gran suerte de poder vivir estos hechos históricos desde bien cerca. Sufriendo, sí, pero también disfrutando y viendo llegar a lo más alto a las que un día fueron compañeras.

El éxito del FC Barcelona femenino radica en haber sabido profesionalizar una estructura, blindar un modelo de juego innegociable (el famoso ADN Barça) y sostener un nivel de exigencia donde el segundo puesto se etiqueta como fracaso. Hablamos de un grupo, de un equipo que ha hecho de la excelencia su rutina, acumulando ligas invictas, copas y seis finales continentales consecutivas y nosotros, que hemos normalizado lo extraordinario, debemos dar el valor y el reconocimiento que tal hazaña supone.

Aitana Bonmatí celebra la cuarta Champions del Barça en Oslo.

Aitana Bonmatí celebra la cuarta Champions del Barça en Oslo. / Alexandra Fechete / Zuma Press

Este dominio colectivo ha venido acompañado de una hegemonía individual sin precedentes para un equipo. El Balón de Oro se ha convertido en una propiedad casi exclusiva del vestuario culé. Primero fue el doble Balón de Oro de Alexia Putellas, 'la reina' que puso los cimientos mediáticos y futbolísticos del proyecto. Después, el relevo natural de Aitana Bonmatí, pero el Barça no solo gana, sino que moldea a las mejores futbolistas del planeta porque el sistema potencia el talento y el talento retroalimenta el sistema.

Y precisamente es aquí, hoy, en la cima de la montaña donde el vértigo se hace más real. La victoria del sábado tuvo un regusto agridulce, ese aroma nostálgico de las épocas que intuyen su propio fin. El fútbol, implacable en su paso del tiempo, nos asoma a un inevitable cambio generacional.

Es imposible mirar el brazalete de Alexia Putellas sin sentir que, posiblemente, estamos ante los últimos compases de una era muy difícil de repetir. La capitana, la jugadora que ayudó a cambiar el paradigma de este deporte en España, representa a la perfección la transición romántica de un equipo que jugaba ante unos pocos cientos de fieles, convirtiéndose hoy en día en un monstruo competitivo que es capaz de llenar estadios.

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