RUGBY
El ‘Apóstol del caos’ conquistó San Mamés con su “espontaneidad estructurada”
El irlandés Noel McNamara, técnico de ataque del UBB francés, volvió a deslumbrar con su propuesta de ataque ante sus ex de Leinster en la final de la Champions

Hugo Keenan, de Leinster, intenta placar a Salesi Rayasi, de Union Bordeaux Bègles, en la final de la Champions Cup en San Mamés / Javier Zorrilla / EFE

Para lo que van a leer seguidamente recomiendo que se despojen de todos sus prejuicios. Especialmente de los rugbísticos. Ya saben, esos lugares comunes en los que nos movemos habitualmente… los franceses no saben defender, el rugby irlandés es hijo del sudafricano, nadie defiende como Leinster, Bielle-Biarrey es el mejor jugador del mundo… Empecemos por lo mollar. ¿Se puede frenar un tsunami? Quizás surfearlo. ¿Cómo se atrapa a un fantasma? Probablemente esperando a encontrártelo. De lo ocurrido ayer en San Mamés hay un gran culpable. Para sorpresa de pocos es irlandés y para sorpresa de muchos no es Leo Cullen, el técnico que encadena, con mucho mérito, cinco finales perdidas con los dublineses. La idiotez esa de que las finales se ganan la dejamos para el fútbol. A las finales hay que llegar y si no que se lo pregunten a Stade Toulousain este año. Regresemos a lo importante. El tipo en cuestión se llama Noel McNamara y es un antiguo profesor de matemáticas que nunca jugó al rugby y del que un día se enamoró Yannick Bru cuando le conoció en Durban, mientras trabajaba-asimilaba el juego sudafricano.
A McNamara lo bautizaremos como el ‘Apóstol del caos’. El hombre que ha cultivado el desorden estructurado en las filas del conjunto galo. Nadie se mueve mejor en el caos ni desordena un partido con más éxito. El técnico de ataque de UBB fue casualmente entrenador en Leinster, ese equipo tan abrasivo como previsible que tiñe de azul a la selección irlandesa bajo sus camisetas. Entrenó a la muchachada de Leinster, fue gerente de su academia y terminó, como era previsible, dirigiendo a Irlanda Sub-20 entre 2017 y 2021, con la que ganó un Grand Slam del Seis Naciones en 2021. De allí se fue a Nueva Zelanda para seguir alimentando su pizarra y luego marchó a Sudáfrica para tropezar en Durban con Bru.
McNamara creó la Structured spontaneity (“espontaneidad estructurada”), la corriente táctica más sofisticada del rugby ofensivo moderno. La misma que ha llevado a Burdeos a ganar dos Champions seguidas y llenar el estadio en el que no hace tanto los bordeleses disfrutaban de la elegancia de Zidane con el balón en los pies. El irlandés ha enseñado a sus pupilos a pescar en río revuelto, ese arte tan viejo como eficaz. Por eso Bielle-Biarrey pareció ayer sacado de Matrix cuando paró el tiempo para lanzar dos contrapiés tras localizar una fisura en la descontrolada defensa irlandesa. El técnico tiene una idea matriz: el rugby genera microespacios y para aprovecharlos crea estructuras repetibles que ofrecen respuestas diferentes según el contexto.
Patrones cognitivos
El jugador activa un sistema de patrones cognitivos que le permiten activar diferentes soluciones dependiendo de lo que reconoce frente a él. El entrenador no ordena “hacer esto”, les equipa de un catálogo de recursos para resolver cada situación. El jugador aprende a reconocer imágenes, a identificar defensas y a localizar puntos de debilidad en ellas: edge defenders desconectados, pilares lentos con espacios alrededor, spacing roto. Es entonces cuando activa automáticamente esas soluciones. Les enseña a localizar entornos de juego favorables.
En esa “espontaneidad estructurada” hay una serie de principios entre los que se incluyen la “anchura permanente en ataque” para evitar que las defensas rivales puedan comprimir el despliegue de UBB. La final ante Leinster fue un ejemplo perfecto, ante ellos se desplegó una defensa hiperagresiva que subía rápido para colapsar el ataque francés y que se vio desbordada tanto por la profundidad, Jalibert se alejó del intervalo, como por el ancho del ataque provocando varios ensayos por fuera.
La vía clásica vía 9-10 se rompe para generar más receptores, con delanteros que reciben y distribuyen o descargan tras contacto para implicar a más defensas cerca y aislar a los de fuera. La figura del delantero distribuidor se ha normalizado en UBB y la toma de decisiones está generalizada en la primera cortina de ataque de los franceses. Otra de las claves del sistema y que el propio McNamara ya dejó implementado en Leinster es el llamado ‘layered attack’, el ataque por capas. No hay cortinas estáticas en ataque, se carga por oleadas y todos los jugadores son útiles recolocándose en distintos roles, lo que genera una continuidad brutal. Así Woki era capaz de limpiar en un ruck y de aparecer como portador en la siguiente fase porque además Lucu lee el juego a ambos lados del ruck cambiando el sentido sin problema.

Joe McCarthy, de Leinster, gana una touch en la final de la Champions ante Union Bordeaux Bègles, en San Mamés / Javier Zorrilla / EFE
En su día, McNamara hizo entrenar a los jóvenes de Leinster jugando al baloncesto para desarrollar su percepción en juego. Es decir, para leer conceptos como la fatiga del rival, la densidad defensiva, el timing, el spacing… Y en este apartado UBB ha dado un paso adelante reconociendo mejor que nadie las situaciones de oportunidad ante desconexiones rivales. Algo que exige una riqueza técnica y táctica extraordinaria en todos los jugadores de campo. Lucu en su ensayo entre palos interpretó la inercia de la defensa barriendo hacia fuera para lanzarse a posar antes de que la cazase Doris. Y LBB hizo lo mismo tirando dos contrapiés dejando pasó a la línea irlandesa que barría hacia afuera.
El "improvisador" Jalibert y el "desestructurador" Penaud
Lucu es el jugador sobre el que pivota todo, como quedó claro en la final de San Mamés donde fue elegido jugador del partido con su toma de decisiones y sus patadas a pie de ruck para alejar a Leinster de su campo. Pero ese aumento de protagonismo del 9 provoca otro efecto colateral: la importancia de la figura de un 10 ultravertical como Jalibert que siempre ha tomado la decisión antes de recibir la pelota por su talento para detectar lo que se denomina weak shoulders, las lagunas a la espalda de la defensa rival. El apertura es lo que el técnico irlandés reconoce como un “improvisador controlado”. Jalibert encaja en ese perfil como anillo al dedo por su carácter intuitivo y creativo. McNamara encuadra ese talento en una estructura de juego que reacciona a sus decisiones ofreciéndole líneas de apoyo para generar superioridades ya construidas con antelación. Por eso Jalibert improvisa optimizando ventajas estructuradas con sus centros, alas y hasta terceras. En San Mamés apareció lanzado rompiendo cortinas, pateó corto poniendo en juego a su gente y soltó ‘coces’ largas a las esquinas buscando a sus alas y algún 50-22.
Sin embargo, cuando preguntaron a McNamara por el jugador más desequilibrante de Burdeos, el irlandés señaló a Damian Penaud. El máximo anotador de ensayos de la historia de Francia, al que su seleccionador ha dejado de convocar, no juega como ala en UBB. Es un arma letal actuando como 13. Es quien saca brillo a esa “desestructuración” rompiendo por dentro los patrones defensivos del rival, apareciendo en segundas jugadas para reciclar ataques ante defensas rotas en las que se convierte en el elemento indescifrable. Según McNamara “Penaud se encarga de generar una incertidumbre brutal que impide a la defensa etiquetarlo en un rol definido”. UBB lo pasó mal en los primeros minutos ante Leinster cuando los irlandeses estaban frescos y llegaban rápido a los puntos de encuentro con placajes ganadores, pero McNamara utilizó a Penaud involucrándolo por dentro para generar un apoyo más y así poder ensanchar el campo provocando que la defensa llegase tarde en el eje y quedase en inferioridad por fuera.
La diferencia entre el Leinster de McNamara y el UBB de McNamara reside en la velocidad de ejecución y en la riqueza de la toma de decisiones. La naturaleza de los jugadores franceses aporta más talento individual y más evasión en la toma de decisiones. Hay más improvisación real y menos soluciones implantadas. Podríamos decir que Leinster es más “imprevisiblemente previsible” que Burdeos.
En este caos calculado hay algo innegociable para el irlandés: “la estructura nunca desaparece”. El portador siempre encuentra cobertura, anchura, apoyos interiores, limpiezas preparadas. El sistema parece desordenado, pero existe una arquitectura obsesiva que obliga a los jugadores a leer lo que está pasando y tomar decisiones sin parar. A diferencia de ataques como el de Sudáfrica, con más dominancia física y estructuras más rígidas, la structured spontaneity no prioriza romper la defensa por lo que denominan physicality. La intención es provocar errores mentales del rival, malas decisiones, fatigarles cognitivamente para sacar a las defensas de su zona de confort. McNamara ha creado unas estructuras invisibles de juego que generan entornos en los que la tradicional genialidad evasiva del rugby francés se convierte en un arma de destrucción masiva. Y con todo este cóctel el Structured spontaneity resulta devastador. El ‘Apóstol de caos’ conquistó San Mamés.
Posdata: McNamara ha renovado con UBB hasta 2029 por más que desde Irlanda han reclamado su regreso a Leinster y a la selección.
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