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Opinión | Apunte

Francisco Cabezas

Francisco Cabezas

Jefe de Deportes de EL PERIÓDICO

Las manos de la diosa Cata

Cata Coll celebrando una parada durante la final de 'Champìons' contra el OL Lyonnes

Cata Coll celebrando una parada durante la final de 'Champìons' contra el OL Lyonnes / Jonathan Nackstrand / AFP

Los focos apuntaban a la alegría desbordante de Ewa Pajor. La delantera polaca, la mejor de Europa en ese estimulante oficio de rematadora del área, había perdido cinco finales de Champions. Hasta que este sábado en Oslo y después de que el pie le traicionara dos veces, mandó a la porra a sus demonios (los que trajo del Wolfsburgo para traérselos al Barça en la final de Lisboa) con un par de goles que le dieron por fin la paz. Luego, ya podía hartarse a llorar. Pero también había que detenerse en el éxtasis de Salma Paralluelo, azotada sin piedad durante meses porque había quien pensaba que nunca sería la misma tras su lesión. Pere Romeu confió cuando nadie lo hacía, le ofreció la titularidad sin importarle la incertidumbre del primer acto, y Salma tuvo su epifanía. Arrebatadora con sus dos zapatazos en un epílogo de ensueño, demostró que el fútbol puede ser muy puñetero, pero también justo.

Entendiendo que el gol y sus responsables predominan en un deporte que acostumbra a dar la espalda a quienes sostienen el invento, la cuarta conquista continental del Barça debería dejar clavada en el imaginario azulgrana la actuación de Cata Coll. El trabajo de un portero es siempre desagradecido. Se les relega siempre a categorías especiales cuando se trata de repartir los premios individuales, como si hicieran una labor inferior a la de sus compañeros, cuando, en realidad, son quienes peor lo pasan. La soledad en un juego colectivo, siempre en la frontera entre el elogio y el escarnio.

Cata Coll es una mallorquina orgullosa. No le importa admitir que lleva años trabajando su salud mental para aprender a gestionar tanto las fatalidades del fútbol como las cotidianas que vienen de serie con la vida. En los Juegos Olímpicos de París, en la semifinal frente a Brasil, cometió uno de aquellos errores que marcan carreras. Ella, siempre valiente y descarada –se la ha visto tirar caños en el área–, golpeó el balón contra su compañera Irene Paredes, viendo cómo la pelota entraba en su portería. La brasileña Priscila se le acercó para reírse en su cara enmascarada. Venía de que le dieran un trompazo y veía de aquella manera. Con el ojo morado, aguantó el chaparrón como pudo.

Portera a los 12 años

Hace unos días, en una entrevista que le concedió a Aleix Parisé y Clara Rodergas en Rac-1, Cata Coll demostraba de qué pasta está hecha: «Yo no suelo tener errores». Y lo dijo asumiendo lo que le había pasado en los Juegos, pero también convencida de que cuando le rogaba a su padre que la ayudara a ser portera –jugaba de 'seis' y hasta los 12 años no la dejaron ponerse bajo los palos– era porque confiaba en sus manos de diosa. Si la final contra el Olympique de Lyon pudo resolverse con tanta contundencia en el segundo tiempo fue también gracias a que Cata, antes, levantó un muro frente al averno.

La portera del Barça sacó goles a la eterna Wendie Renard antes del tanto anulado a Heaps, Selma Bacha, Ada Hegerberg y Chawinga. Metió manos, lanzó puños y hasta puso la rodilla ante el precipicio. Un festival de intervenciones que bien pudo recordar a la hinchada azulgrana a aquellas paradas de Víctor Valdés en la final de la Champions de París, de la que se acaban de cumplir 20 años. Aún hoy, el vitoreado héroe continúa siendo Belletti, mientras Valdés sigue en su mundo.

A Cata, que cuando compite en la Liga F tiene que pasarse largos tramos sin olisquear el balón, le gusta ponerse a cantar cuando no tiene nada que hacer. Es otra manera de concentrarse. Y también de templar un genio del que ella no tiene ninguna duda. Es la mejor del mundo en lo suyo. Y es portera. No le queda otra.

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