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Barraca y tangana

Era demasiado importante, por Enrique Ballester

Ahora escribiría artículos mejores si el Mundial me importara tanto como en la época de las redacciones escolares, cuando pedía a De la Peña y a Lardín y criticaba a Clemente.

Carlos Espí celebra un gol ante el Villarreal.

Carlos Espí celebra un gol ante el Villarreal. / Manuel Bruque / EFE

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Enrique Ballester

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Carlos Espí está metiendo goles. Hay quien lo pide para el Mundial. A mí me gusta llamarlo Carlos Es3,1416 por el número pi, y por despejar dudas sobre mi idiotez, por si alguien todavía no lo tiene claro. Además de meter goles, Espí sabe tocar el oboe. Lo contó su padre en un reportaje.

El futbolista oboísta, Carlos Espí: lo más parecido a un héroe. Sobre todo para los aficionados del Levante. A diferencia del fútbol, en la música clásica hay menos rotaciones. No soy un experto, pero diría que es más fácil que veamos a un nuevo futbolista entrar en la lista del Mundial que a un nuevo instrumento en una orquesta filarmónica.

Se habla poco de esto. Por lo visto un día ya no admitieron más instrumentos en las orquestas filarmónicas. Un día alguien dijo ‘hasta aquí’. Se acabó el inventar. Ni carrileros ni extremos a pie cambiado ni falsos nueves. Por suerte, entró a tiempo el oboe.

El oboe estuvo en el lugar idóneo en el momento adecuado, como cualquier delantero excelente.

Italia-90 y USA-94

Me da un poco igual quien vaya al próximo Mundial. No sé si es un síntoma de madurez o todo lo contrario. Para mí, Italia-90 fue el Mundial del descubrimiento y USA-94, después, el del enamoramiento. En ambos casos, por edad, yo ni siquiera me planteaba polémica alguna con los seleccionados. Mi lógica infantil daba por hecho lo básico: si en las selecciones juegan los mejores de cada país, con España juegan los mejores de España. Obviamente.

Por ello, durante aquellos Mundiales, mi pasión fue pura, plena e inocente. También mi pena con cada eliminación, que conste. Pero apenas un par de años después, en la Eurocopa de 1996, mi relación con España era totalmente diferente. Apenas dos años después ya estaba intoxicado por eso que llaman debate. Tenía mis filias, mis fobias, y me faltaban o me sobraban jugadores

Tenía algo peor: opiniones. Las escribía incluso en la libreta de Lengua en las redacciones escolares. Y pasaba algo aún peor: me importaba. El fútbol no podía quedarse en la superficie. Era demasiado importante.

Un punto de gracia

Ahora, y no sé muy bien por qué, estoy en ese punto inicial de los 90. No tan inocente, pero igual de ligero, y me vale. Es curioso, también: estar de vuelta se parece mucho a estar llegando. Supongo que ayuda que este Mundial sea para mi hijo Teo lo que fue para mí el de 1994. Aprecio el amor en cada página del álbum de Panini. Y no voy a ser yo quien le amargue.

Todo me va a parecer bien, advierto. Al menos, no me va a parecer mal, que ya es bastante. Si va uno, si va otro, si son campeones o si caen en la primera fase. No voy a quejarme si convocan a alguien que pienso que no lo merece, o al revés, porque ni siquiera voy a pensar quién lo merece.

Tiene un punto de gracia: ahora escribiría artículos mejores si el Mundial me importara tanto como en la época de las redacciones escolares, cuando pedía a De la Peña y a Lardín y criticaba a Clemente. Si no mejores, seguro que más leídos y virales. Es una lástima, porque ahora solo me encojo de hombros y digo ‘no lo sé’ o ‘me da igual’ y entonces estaba convencido de saberlo todo, como buen adolescente. Qué columnista se perdió España. Quizá un poco imbécil, pero oye: verdades como puños, escándalos y conspiraciones, lo que no se atreve a decir nadie.

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